Las causas profundas del ataque en Las Vegas

Violencia, guerrerismo y racismo en los tiempos de Trump

 

En EEUU no existe un problema de armas en general, existe un problema con quienes poseen las armas y a quiénes atacan:

principalmente se trata de varones blancos que atentan contra grupos oprimidos, en su mayoría mujeres, negros, latinos y personas de la comunidad LGBT.

Los ataques indiscriminados, como en Las Vegas, son casos excepcionales.

 

El ataque en Las Vegas durante un concierto, la noche de este domingo, dejó al menos 59 muertos y unos 527 heridos y se transformó en el más mortífero en suelo estadounidense desde el atentado a las Torres Gemelas en 2001.

 

Las autoridades locales y nacionales descartaron que se tratara de un atentado terrorista, ante el intento del Estado Islámico de adjudicárselo, y confirmaron que el atacante fue una sola persona que disparó desde el piso 32 de un hotel. Stephen Paddock, un hombre blanco de 64 años jubilado y sin antecedentes policiales, perpetró la mayor masacre llevada a cabo por un tirador solitario en Estados Unidos.

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US mass shootings.

Las Vegas, 2017: 50+ killed

Orlando, 2016: 50 killed

Virginia Tech, 2007: 32 killed

Sandy Hook, 2012: 27 killed

San Ysirdo, 1984: 21 killed

San Bernadino, 2015: 14 killed

Edmond, 1986: 14 killed

Fort Hood, 2009: 13 killed

Columbine, 1999: 13 killed

 

Luego del tiroteo masivo en Las Vegas las acciones de los gigantes de la industria de armas, como Sturm Ruger o American Outdoor Brands (antiguo Smith & Wesson), subieron entre un 4 % y un 5 % según informa la CNBC. El motivo, según analistas de mercado, sería que se prevé un aumento en la demanda de armas ante un potencial endurecimiento de las regulaciones y que los compradores quieran aumentar su “arsenal” personal para defenderse ante nuevos atentados.

 

Aunque el presidente estadounidense, Donald Trump, intentó condenar el hecho reduciéndolo a “un acto de pura maldad”, el ataque volvió a poner el foco en la cuestión de las portación de armas en una sociedad cruzada por la violencia del Estado, el racismo y la desigualdad, exacerbados por el guerrerismo y racismo del actual presidente.

 

Violencia, guerrerismo y racismo en los tiempos de Trump

 

Trump buscó explicar el ataque en Las Vegas como un hecho de “pura maldad”, reduciendo la cuestión al estado mental del atacante. Así el presidente estadounidense resuelve el problema planteado cuando el atacante es un hombre blanco mayor y no responde a algunos de los “grupos enemigos”, según él, del estilo de vida estadounidense.

 

Para otros sectores, incluido reconocidos líderes del Partido Demócrata, la cuestión se reduce al debate sobre el control del derecho individual a portar armas y aumentar las restricciones para la compra de las mismas.

 

Al reducirse la cuestión a esta dicotomía, a favor o en contra de un mayor control de armas, se dejan de lado las raíces de la violencia en un país cuyo Estado se funda en el racismo y la guerra imperialista. Estados Unidos es una sociedad profundamente polarizada donde una minoría detenta el poder económico y político, concentrado en un puñado de empresas y grandes bancos, y la polarización social y política sólo se ha profundizado con la recesión económica iniciada en 2008. El nuevo gobierno sólo ha contribuido a aumentar esa polarización.

 

Trump ha dirigido sus ataques racistas contra las comunidades latinas y musulmanas, catalogando a unos de responsables de la falta de trabajo para los obreros estadounidenses y a otros de posibles “terroristas” a punto de atacar al país.

 

En la última semana del mes pasado, el gobierno deportó a 498 inmigrantes en una ofensiva de ICE contra las Ciudades Santuario, mientras continúa la amenaza de la construcción del muro fronterizo con México. A esto se suma que Trump vetó la entrada de refugiados e impide la concesión de visa para ingresar a Estados Unidos a países de origen musulmán.

 

 

Al mismo tiempo, Trump ha exacerbado el discurso supremacista blanco, favoreciendo la acción de grupos como el Ku Klux Klan y Oath Keepers, también de grupos antimusulmanes y de un sinfín de organizaciones de la derecha religiosa que impulsa medidas regresivas contra los derechos de las mujeres (especialmente el derecho al aborto) y la comunidad LGBT en todo el país. La respuesta del presidente a la acción de estos grupos en Charlottesville es un ejemplo.

 

 

Esto también ha aumentado el racismo institucional y la impunidad policial, se reproducen los prejuicios islamófobos y antinmigrantes mediante detenciones, persecución y deportaciones que recaen contra la comunidad latina y musulmana. Sumado a que Estados Unidos cuenta con un sistema de vigilancia monstruoso de su propia población, amparado en la suposición de una amenaza a la seguridad nacional, heredado de la larga “guerra contra el terrorismo” iniciada por George W. Bush y continuada por Barack Obama.

 

El racismo, la brutalidad policial, la homofobia y los crímenes de odio, guardan una profunda relación con la violencia armada. La llegada de Trump a la presidencia, con su discurso racista y guerrerista sólo ha echado más combustible al fuego. ¿O acaso sus discurso antinmigrantes, su retórica militarista amenazando con “destruir” Corea del Norte y su racismo no exacerban la violencia social, alimentada por la forma en la que Estados Unidos impone su voluntad con guerras e invasiones?

 

¿Más control de armas es la solución?

 

Como respuesta al ataque en Las Vegas sectores del progresismo y el Partido Demócrata volvieron a poner en primer plano el debate sobre el control de armas. La excandidata presidencial, Hillary Clinton, atacó directamente a la derechista Asociación Nacional del Rifle. “Nuestra pena no es suficiente. Podemos y debemos poner la política a un lado, hacer frente a la NRA y trabajar juntos para tratar de impedir que esto suceda de nuevo”, escribió en su cuenta de Twitter.

 

A diferencia de lo que plantea el discurso demócrata, en Estados Unidos no existe un problema de armas en general, existe un problema con quienes poseen las armas y a quiénes atacan: principalmente se trata de varones blancos que atentan contra grupos oprimidos, en su mayoría mujeres, negros, latinos y personas de la comunidad LGBT. Los ataques indiscriminados, como en Las Vegas, son casos excepcionales.

 

Así, mientras la respuesta demócrata vuelve a insistir sobre un pedido recurrente en la administración de Obama, el de mayores controles para la portación de armas, continua sin cuestionar los factores que alimentan el círculo de violencia estatal, racismo, militarización y más violencia.

 

La ausencia de ese cuestionamiento termina dejando indemne al actual discurso de Trump y su cruzada en defensa de los “valores americanos”, que fortalece a los sectores reaccionarios y a la derecha conservadora (incluyendo a sectores de élite como los que financian la Asociación Nacional del Rifle pero también a sectores medios y bajos sin perspectiva). Y a contramano del relato de Trump, el enemigo no llega de tierras lejanas o influenciado por alguna creencia foránea, hace tiempo que está en casa y está armado hasta los dientes.

 

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