Contra el sentimentalismo

Sobre la perplejidad y los temores de quienes se mantienen en Cataluña en “tierra de nadie”

 

¿Qué hace una cuando el mundo, es decir, su entorno, empieza a resquebrajarse? Yo, lo mismo que siempre: leer; no porque sea un alma bella sino tan sólo porque ése es mi trabajo remunerado y a fuerza de especializarme ya no sé hacer otra cosa. Y buscando algo que leer para descansar de la prensa volví a dar con Mi último suspiro, las memorias de Buñuel, y encontré varios pasajes sobre los últimos años de la República española que ya me habían llamado la atención en su momento y cobraron, cómo decirlo, un color nuevo, más vivo. Me temo, a juzgar por lo que puede leerse en la literatura histórica de la primera mitad del siglo XX y en el testimonio de escritores europeos que vivieron esos años, que los albores de todos los conflictos son así, pasan desapercibidos hasta que es demasiado tarde. Pero los signos son cada vez más claros: yo misma ando por la calle preguntándome qué pensará éste o aquélla, las personas con las que me cruzo, así que Puigdemont ha conseguido que su delirio sea ya una pesadilla para todos.

 

Como no se me ocurre nada mejor, sigo leyendo. Pero esta vez, para descansar de los libros, me bajo el correo y encuentro un e-mail de una de las pocas personas con las que aún me atrevo a hablar con franqueza. Me cuenta cómo prevé que será el inevitable encuentro con unos conocidos: “Estoy segura —leo— de que pasaré un mal rato porque, como ya te puedes imaginar, darán su opinión sobre los acontecimientos recientes, y yo tendré que morderme la lengua hasta que me sangre, seguro”. Por lo visto se ha vuelto una actitud bastante común entre quienes no comulgamos con el independentismo mordernos la lengua para evitar importunar a nuestros conocidos, para no parecer irrespetuosos o tan sólo para evitar que nos tachen definitivamente de enemigos. Pero a la luz de los hechos me parece que estas consideraciones sólo han servido para que a cualquiera le parezca que estamos encantados con lo que está pasando. Digo yo que quizá convendría empezar a dejar de morderse la lengua, aunque sólo sea para variar.

 

Nunca he pensado que las definiciones identitarias fueran relevantes desde el punto de vista político, ni siquiera desde cualquier otro punto de vista. A menudo, cuando oigo a alguien plantearse si uno se considera esto o lo otro (español o catalán, vaya) me suena tan fuera de lugar en el ámbito político como si, al ir a buscar una copia de mi partida de nacimiento, el funcionario de turno me preguntara si quiero más a mi padre o a mi madre: desde el punto de vista administrativo poco importa a cuál de mis progenitores quiera más, ambos son mis progenitores, y algo parecido creo que ocurre con la condición de catalana y española. En cualquier caso, para mí ser española y catalana no es un sentimiento —como no lo son mis genes— sino tan sólo una circunstancia, como lo es ser vecina del distrito de Sant Antoni de Barcelona, donde vivo muy feliz desde hace cinco años (y donde espero poder seguir viviendo unos cuantos más, si las diversas administraciones de nuestro país procuran hacer lo necesario para evitar que los alquileres alcancen precios completamente insensatos en relación con los salarios, como viene ocurriendo desde hace años). Y puesto que pienso así, me cuesta entender que realidades administrativas como Cataluña o España estén asociadas para muchas personas a un sentimiento de orgullo. Mi grado de satisfacción o insatisfacción con mi condición de española y catalana está directamente relacionado con cuestiones más reales y tangibles, como por ejemplo la buena o mala administración de los recursos públicos, es decir, de mis impuestos y los del resto de contribuyentes. Es evidente que no todo el mundo es tan pragmático, porque si así fuera difícilmente habríamos llegado a la situación actual. De hecho, si muchos de mis conciudadanos autonómicos valoraran la administración que la Generalitat ha hecho de los recursos públicos con la misma severidad con que valoran la administración del Gobierno de España dudo mucho que pensaran que la independencia puede salirles a cuenta. La verdad es que ni Convergència (ahora PDeCat: el mismo perro con distinto collar) ni el PP son precisamente ejemplares en lo que se refiere a la buena administración de los recursos ni del poder, y a los actuales hechos me remito.

 

ahora mismo, las decisiones del Gobierno autonómico son tan totalitarias como temibles, desesperadas y desafortunadas las del Gobierno central

 

Así que en los últimos días la situación se ha puesto complicadísima para mí, porque en la medida en que no dispongo de un sentimiento catalán ni español para decidir si tengo que salir a la calle a enarbolar la estelada (como querría Puigdemont) o la bandera de España (como querría Albiol, según acabo de saber), sólo me queda atenerme a los hechos, y los hechos son pasmosos: ahora mismo, las decisiones del Gobierno autonómico son tan totalitarias como temibles, desesperadas y desafortunadas las del Gobierno central. Yo no tengo ninguna duda de que convocar un referéndum y aprobar una ley de desconexión con tan sólo 72 votos del Parlament es una decisión indefendible desde el punto de vista democrático: dado nuestro magnífico sistema electoral, los partidarios de la independencia saben que hay un buen número de ciudadanos catalanes (por lo menos el 50% del censo) a los que no representa la mayoría del Parlament. Ni siquiera me explico cómo es posible que el Govern y los 72 parlamentarios se hayan planteado (y les hayan planteado a sus votantes) que gobernar la inminente República Independiente de Catalunya con la mitad de la población en contra de la nueva realidad administrativa –y quién sabe si movilizándose para protestar por el atropello– va a permitir la gloriosa fundación nacional incruenta que cacarean. Simplemente no creo que los parlamentarios catalanes sean tan ignorantes como para no saber que todas las fundaciones nacionales han sido siempre sangrientas (en cuanto acabe de escribir me pongo a leer sobre las independencias de los países de América Latina, que también en su momento, cómo no, parecían perfectamente legítimas a sus partidarios e ilegítimas a sus detractores, y costaron años de guerra y miles de vidas a los dos bandos). Simplemente deben de querer ahorrarse recordárselo a los votantes por bondad y porque “hay un tiempo para cada cosa”: ¿qué sentido tiene aguarles la fiesta ahora a los fervorosos defensores de la independencia, si están entusiasmados con todo lo que son capaces de hacer? Ya habrá tiempo de reclutar a los jóvenes que hoy se manifiestan por las calles para que defiendan la nueva república cuando, previsiblemente, lleguen las fuerzas de la monarquía “a poner orden”.

 

Pero también me parece increíble que el Gobierno de España piense que el problema puede resolverse obviando el hecho de que hay un número muy importante de personas en Cataluña que son partidarias de la independencia, aunque por desgracia aún no sabemos bien cuántas son (ni cuántas son las que no la desean). Suponiendo que el reciente mensaje del rey signifique que el Gobierno ya sabe qué hacer para derrotar al independentismo y evitar la declaración unilateral de independencia (DUI) y que, por poner algo, en un mes habrá quedado abolido el gobierno catalán y abortadas las aspiraciones independentistas, ¿de veras creen que se recobrará la normalidad sin más? ¿De veras creen que los votantes de la CUP y JxSí aceptarán la situación? ¡Pero si no la aceptaron tras las elecciones autonómicas del 2015! ¡Si les parece fabuloso declarar la independencia con 72 votos en el Parlament! Y se lo parece, en buena medida, porque en su eufórica desobediencia salen a la calle y se reúnen con cientos de personas, y cada vez que hay una convocatoria son multitud: cientos, miles, millones, dicen. Lo cierto es que son muchos, eso no es un sueño, no es una ficción, no es un engaño ni una manipulación: es un hecho. Lo que no sabemos aún es cuántos son realmente, ni si son mayoría en Cataluña. Curiosamente, sin embargo, ni el Govern ni el Gobierno quieren saber cuántos son: en eso sí están de acuerdo. Sin duda, a los independentistas les interesa ignorarlo porque temen que si pudiéramos contar votos reales tal vez se evidenciaría que carecen de la presunta legitimidad democrática que ahora aducen a pesar de su precaria mayoría en el Parlament. Y en cuanto al PP, que actúa como si supiera que los separatistas no son mayoría (¿cómo lo saben?, ¡si a estas alturas no lo sabe nadie en Cataluña!), exhibe su característica negación maníaca de la realidad: la misma que llevó al partido a negar que los atentados del 11-M fueron obra de Al-Qaeda, a destruir las pruebas de la corrupción de su partido horas antes de que se produjera un registro policial o a pretender que Rajoy nada sabía de la imaginativa contabilidad de Bárcenas… A grandes males, grandes remedios, claro.

 

En cualquier caso, a medida que avanza el Procés, los que vamos quedando más indefensos e impotentes somos los que vivimos en Cataluña y no comulgamos con el Gobierno autonómico. Y estamos indefensos por la simple razón de que no parece haber, ni en Cataluña ni en España, representación para la opción que consiste en evitar que los independentistas impongan su opción por la fuerza sin incurrir en imponer por la fuerza el orden constitucional. Si no tuviera la impresión de ver cada día más signos de que la actual situación en Cataluña parece condenada a desembocar en violencia no me plantearía la opción de celebrar un referéndum con garantías como un medio para evitar males mayores. Pero resulta que hace dos meses pensaba yo que el referéndum no se convocaría nunca, y se convocó; y el viernes pasado pensaba yo que ni la policía ni los votantes se golpearían, y el domingo vi en los medios escenas de una violencia impensable tan sólo hace semanas. Ahora, las manifestaciones de odio son cada vez más francas, menos veladas, ya es posible maldecir al enemigo en su cara, aunque sea un vecino.

 

Vuelvo a Buñuel: “En este ambiente de huelgas incesantes, siempre acompañadas de violentas escaramuzas, de furiosos atentados, de uno y otro bando, de incendios en iglesias (el pueblo, por instinto, se revolvía contra su muy antiguo enemigo), propuse a Jean Grémillon que viniera a rodar en Madrid. […] Durante el rodaje la situación se deterioraba rápidamente. En los meses que precedieron a la guerra el ambiente era irrespirable. […] Mientras hacíamos el montaje había tiroteos por todas partes”. Por lo visto también él, en pleno caos, siguió haciendo lo que sabía hacer.

 

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Imagen: La Boca del Logo

 

Elisenda Julibert es licenciada en Filosofía, editora y traductora.

http://ctxt.es/es/20171004/Firmas/15452/catalunya-identidad-independentismo-sentimentalismo.htm

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