Palestina, 69 años de ocupación

 

Glosando una notable observación del llamado posmodernismo francés, el lúcido sociólogo quiteño Alejandro Moreano pondera el certero análisis de Gilles Deleuze (1925-95), quien recurre al lenguaje cinematográfico para tratar el drama de Palestina: la lógica del espacio fuera de campo (espacio off).

Los cineastas conciben el “espacio off” como “con­junto de elementos espaciales y sonoros que forman parte de la escena, pero que no se muestran en la pantalla. El uso del espacio ‘fuera de campo’ permite sugerir sin mostrar, motivando al espectador para que se esfuerce en imaginar lo que no ve, y para que participe en la narración”.

Deleuze dice que la lógica del “espacio off” tiene un punto de reversibilidad en Palestina, pequeñísimo, imperceptible país que (refuerza Moreano) ocupa en el mapa un lugar de no más de 20 mil kilómetros cuadrados, sin recursos naturales, devastado por la ocupación israelí, y que se ha convertido en punto de fusión política, ética e histórica del mundo ( El apocalipsis perpetuo, Ed. Planeta, Ecuador, pp. 92 y 93).

¿Cuán lícito resulta seguir con el cuento de los dos estados, cuando parecería que se está cumpliendo la profecía sionista: dejad que pase el tiempo y el mundo se acostumbrará?

El economista egipcio Samir Amir observa que del lado israelí la propuesta comprende un Estado palestino sin ejército (sólo con una fuerza policial), fronteras exteriores controladas por Israel… una Jerusalén unificada bajo soberanía israelí, sin capacidad para firmar acuerdos con países considerados enemigos de Israel. Es decir: nada. O bien, un simulacro de Estado que convertiría a la Autoridad Palestina en gestora de los intereses israelíes compradores y del capital dominante ( op. cit., p. 94).

Los sionistas continúan aplicando a los palestinos el castigo infinito y, según la ONU, 2016 fue año récord con respecto al número de demoliciones en los últimos siete años: mil 89 propiedades palestinas en el territorio invadido desde la catástrofe, matanza y expulsión del pueblo palestino por los grupos armados del sionismo (Nakba, 1948). Y en enero pasado, tras la llegada de Donald Trump, el gobierno de Bibi Netanyahu anunció la construcción de 2 mil 500 viviendas más en Cisjordania.

A finales de abril, mil 700 presos políticos palestinos en incomunicación y aislamiento se declararon en huelga de hambre, que a inicios del mes tuvo su primera víctima: Mazan al Maghrebi.

En tanto, jóvenes ultraderechistas celebraban una parrillada gigante con brochetas de pollo y los tradicionales kebab (albóndigas de carne especiada), a 50 metros del principal centro penitenciario de Cisjordania. La demostración incluyó ventiladores detrás de la parrilla para asegurar que la dirección del humo y el aroma del asado, llegara a los presos.

 

Por su lado, la cadena Pizza Hut difundió en su cuenta de Facebook una foto de 2004, tomada de un video de seguridad en la celda del preso Marwan Barghouti, líder popular de Al Fatah. Con la imagen superpuesta de una caja de pizza, el mensaje se difundió a la hora de mayor audiencia de la televisión sionista: “Barghouti, si tienes que parar la huelga… ¿lo mejor no sería hacerlo con una pizza?”

 

En solidaridad con los presos políticos palestinos, miles de activistas de toda Europa se están sumando a la huelga de hambre, así como a la promoción del movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones contra el Estado de Israel (BDS). Por lo que en agosto de 2016, el gobierno sionista organizó en Al-Quds (Jerusalén), la conferencia Stop BDS.

 

Allí se reconoció el impacto del BDS. En España, 41 administraciones públicas se adhirieron al BDS; en Islandia, el ayuntamiento de Reikiavik votó en favor de que la ciudad no compre ningún bien fabricado en Israel; en Portugal, el gobierno retiró un proyecto con la policía de Tel Aviv.

 

El BDS sólo tuvo un revés en Sudáfrica, donde el lobby sionista llevó a juicio al Congreso de Sindicatos de Sudáfrica, acusado de antisemita y de incitar al odio. Pero en la conferencia de Al-Quds, el ministro de inteligencia Yisrael Katz, pidió realizar asesinatos selectivos de activistas que apoyan al BDS.

 

Hablar del drama palestino suena a tema menor frente al Holocausto judío y el de, también con mayúsculas, el del Congo, Burundi, y el de 65 millones de refugiados que el mundo civilizado zarandea de un sitio al otro, sin solución de continuidad. De ahí que Moreano acierte al advertir que “…todos los caminos conducen no a Roma o La Meca, sino a Jerusalén”. O cuando dice que Palestina es el “…eje nodal del orbe islámico y, de alguna manera, la de ser encrucijada política, y el crisol de la conciencia moral de la humanidad”.

 

Por consiguiente, y en la óptica de Deleuze, Palestina sería lo opuesto del “espacio off”, encuadrándose como “…imagen cerrada, clausurada al exterior, que en tanto se densifica cada vez más hacia su propio interior, resulta más apta para abrirse a una cuarta dimensión, que es el tiempo, y a una quinta, que es el espíritu”.

 

A no equivocarse, entonces. Judaísmo es humanidad y el sionismo una doctrina nacionalista de extrema derecha. La que Tel Aviv enarbola desde 1948, cuando usurpó neocolonialmente el nombre de Israel.

La Jornada

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