Francia, Macron: oxímoron y gatopardismo

En su toma de posesión ayer como presidente de Francia, Emmanuel Macron tomó distancia de las actitudes rupturistas que mantuvo como candidato y prometió a sus gobernados una suerte de renacimiento nacional por medio del continuismo, ofreció recuperar la grandeza de Francia y su confianza en sí misma por la vía de la desregulación y el libertinaje de mercado, y ensayó una extraña fusión del patrioterismo de la ultraderechista Marine Le Pen, su rival derrotada en la segunda vuelta electoral del pasado 7 de mayo, con la fe globalizadora que el propio Macron ha pregonado desde siempre.

A primera vista podría parecer que el recién ungido jefe de Estado formulaba una ambiciosa síntesis de posturas tradicionales de derecha y de izquierda en la política francesa y el discurso correspondía plenamente al centrismo extremo que le sirvió al ahora presidente como principal coartada electoral. Más aún, podría pensarse que las contradicciones discursivas de Macron fueron un intento por construir una actitud incluyente de presidente de todos.

Pero si se cotejan las palabras del nuevo mandatario con los hechos de su antecesor en el cargo, François Hollande, resulta inevitable concluir que, más que una proyección de futuro, el gobierno esbozado ayer por Macron parece más bien una reseña de la labor presidencial del periodo inmediatamente anterior: en efecto, aunque Hollande sea nominalmente socialdemócrata, su administración se caracterizó por una política económica neoliberal; el defensor de los principios de libertad, igualdad y fraternidad se empantanó en una política belicista y neocolonialista que generó, a su vez, un rosario de atentados terroristas en el territorio francés.

Por lo demás, resulta difícil imaginar cómo se podría alentar la vocación europeísta de Francia a partir de un patrioterismo ramplón que no se inspira en la Marianne republicana sino en la Juana de Arco del conservadurismo más rancio.

Entre el gatopardismo y el oxímoron, el discurso de Macron parece augurar para su país una mala época de simulaciones y palabras huecas. El nuevo presidente francés no es europeísta sino trasnacional, no es centrista sino de derecha, no le preocupa la población sino el mercado, no es nacionalista sino impulsor de la recuperación del estatuto de Francia como potencia militar y colonial. No es moderno y novedoso, sino convencional. Y, a juzgar por lo que él mismo dijo, no llegó al poder para transformarlo y menos para democratizarlo, sino para recuperar el vigor de un presidencialismo que sufrió los desgastes sucesivos causados por el cinismo de Nicolas Sarkozy y la falta de brillo de François Hollande.

En suma, las probabilidades de un renacimiento económico, político y social de Francia bajo la conducción de Emmanuel Macron parecen ser sumamente reducidas.

La Jornada

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