La honra de la deshonra, esta es la moda: Vicente Álvarez Areces, medalla de oro de Asturias

El Gobierno de Asturias ha concedido, a título póstumo, la medalla de oro al  que fuera alcalde de Gijón durante tres legislaturas (1987 a 1999), doce años,  y otras tantas legislaturas y años presidente de Asturias (1999 a 2011). Y, a continuación, Senador de 2011 hasta 2016.

Diríamos que la verdadera vida política, por lo menos la del éxito, comienza cuando en 1978 abandona el PCE en la Conferencia de Perlora, saliéndose del partido por la izquierda, junto con más de un ciento de camaradas, dicho esto más en broma que en serio, a juzgar por la posterior trayectoria política, más neoliberal que socialdemócrata.

Es posible que sea una gran honra recibir una medalla de oro, digo posible porque todo depende de cómo se consiga, de quién te la otorgue y para qué y por qué te la otorgan. Y este es el problema y la trampa. Unos legalizan y honran a otros y éstos autentifican y dignifican a aquellos. Es decir, que partiendo de un fraude en el que todos están metidos hasta las trancas resulta que brota una manantial de transparentes y cristalinas aguas.

Corría el año 1987, nueve años después de abandonar el PCE de Asturias por la izquierda y acompañado de parte de los viejos camaradas de Perlora, el Sr. Areces, se presenta para liderar la cabeza de lista para alcalde de Gijón por el PSOE, en disputa con José Manuel Palacio. Gana por un escaso margen, tan escaso como grande resultó ser el pucherazo. La buena fe y la confianza de José Manuel Palacio fueron sorprendidos alevosamente. Recurrida la asonada ante los tribunales de justicia, la sentencia fue clara, sí hubo fraude en la elección del candidato. Pero la sentencia ni fue recurrida ni tampoco, no sé por qué, se ejecutó. El Sr. Areces siguió de alcalde, sus camaradas cómplices siguieron como guardia pretoriana del fraudulento alcalde y aquí paz y después gloria.

Sirva de acreditación que tal sentencia está en los archivos del juzgado, en los de D. Minervino de la Rasilla, el abogado que llevó la denuncia del Sr. Palacio y, sobre todo, en la conciencia de quiénes participaron de la fraudulenta votación de la que sin duda sacaron buen provecho, político al menos.

A partir de aquí, con estos mimbres, construimos la postrer democracia. Y también, cómo no, con estos comienzos, se hace necesario un buen lavado de pies a cabeza, medallas, oro, incienso y lo que haga falta para honrar la deshonra, para que todo siga igual y nada cambie y mantener así la acuñada frase del Sr. Areces, cuando se escudaba en que la huida de los jóvenes de Asturias no era más que una “leyenda urbana”. Profética y perenne frase la que resultó de su ocurrencia, puede que lo más original de su largo liderazgo y de la decrepitud y corrupción regional.

Para no repetirse, no queda otra que remitirse a lo ya dicho a propósito del tema y del ilustre personaje y de los que lo rodearon y que ahora continúan agasajándolo, para así, y sobre todo, para salvarse ellos mismos. (1)

 

(1) El precio de la dignidad 

El poder político y el económico van de la mano cuando los cargos elegidos, -los alcaldes- comparten mesa y mantel para repartir los manjares, como cuando unos y otros tienen intereses comunes. Enfrentarse a este modelo en el que no se diferencia la política de los intereses económicos, se hace tan difícil gobernar como intentar ir a contracorriente.

Pero la dignidad y la ética, además de tener un alto precio, no parece que sea contagiosa. Y, desde luego, no lo fue en el Ayuntamiento de Gijón, ni tampoco dentro de las entrañas de la Federación Socialista de Asturias y, en particular, de la Federación de Gijón.

En 1987 algo más de la mitad de los socialistas de Gijón derrotan a José Manuel Palacio en las elecciones locales para designar candidato a la alcaldía. Esto sólo fue posible gracias a la fraudulenta manipulación de las listas con las que se consumó el pucherazo electoral. Así es como Vicente Álvarez Areces sale elegido candidato con la interesada complicidad del voto fraudulento de quienes sabían que no tenían derecho a voto y votaron, con la venia también del resto que callaron y otorgaron.

Obviamente estos favores se pagaron en el momento, y también después, con la ascensión meteórica de oscuros militantes cómplices del golpe. Este es el inicio ignominioso de una carrera política que ahora cumple 24 años, los mismos que cumplen quienes entonces también pisaron el fango y ahora comparten la gloria de tantos años en el poder y de sus privilegios, al servicio propio, de los afines y de los amigos.

Dos años más tarde el juzgado confirmó la asonada. La sentencia tardó en llegar pero, si en su momento no hubo dignidad ni ética, tampoco iban a tenerla ni dos años más tarde ni tampoco ahora, casi cinco lustros después. La desvergüenza cicatriza, echa callo y, ahora, todo aquello se ha convertido en la moneda habitual.

Cuando la política se ha convertido en una carrera millonaria tanto para el gobierno como para la oposición en la que unos y otros no tiran de la manta para que nadie se destape, no sea que dejen al aire sus vergüenzas y sus trapicheos, resulta irrisorio recordar ahora a José Manuel Palacio como una persona honrada, desinteresada y austera, entre otras muchas cualidades.

Aquél pucherazo no fue algo accidental, no fue casual, José Manuel les estorbaba, era un escollo a eliminar como fuera. Necesitaban tener las manos libres para poner en marcha el modelo neoliberal que entonces se inició y ahora se consuma junto con una crisis institucional sin precedentes. Crisis económica, consecuencia inmediata del modelo de descarado gobierno plutocrático.

Extracto del artículo El precio de la dignidad,  publicado el 20-02 2013

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