La crisis de nunca acabar

 

La palabra crisis está presente en todos lados: prensa, conversaciones y, lo que es más importante, en nuestra cabeza, condicionando e influyendo en nuestra manera de ver las cosas y en nuestras decisiones. Las avalanchas diarias de datos, subidas y bajadas de índices bursátiles, inyecciones de liquidez en el sistema financiero, nacionalizaciones (vergonzantes) de bancos, aseguradoras o entidades de crédito abruman por su magnitud, pudiendo llegar a despistar o desviar la atención sobre lo que más tiene preocupado al ciudadano medio, que no es otra cosa que la situación económica de su realidad más cercana, en nuestro caso, Asturies.

 

Cobra así especial importancia que nos paremos a pensar varias cuestiones que relacionan a Asturies con esta crisis. Es decir, ¿cómo nos afecta?, ¿ya estábamos en ella?, ¿cómo nos estamos preparando para su efecto? Hasta el momento el Gobierno asturiano sólo ha echado balones fuera o, incluso, cuando la realidad se le viene encima, aprovecha la coyuntura para escurrir el bulto y meter la basura debajo de la alfombra.

 

Hubo un primer momento en el que a la crisis se le ponía el apellido de inmobiliaria, intentando de esta manera restringir su efecto al sector de la construcción. En aquella situación pudimos oír al presidente Areces presumir de que Asturies estaba mejor preparada para afrontar esa situación ya que en el Principado no se habían permitido los desmanes y descontrol constructor de sitios como Levante o Madrid. Si bien esto es cierto, también lo es que Asturies también ha quedado fuera del crecimiento económico que generó el «boom» inmobiliario. ¿Quiere decir esto que tuvimos que abrir la puerta a la especulación y la construcción salvaje? Claro que no, pero lo que sí es triste es que desde Asturies no podemos mostrar un modelo de crecimiento económico alternativo, sostenible y de calidad, que de verdad fuera motivo de orgullo en contraposición con el modelo constructor-depredador. Asturies, una vez más, queda como convidada de piedra del paso de tiempo, indiferente para bien y para mal de la evolución de la Europa del siglo XXI, con un presidente orgulloso de ver cómo no nos caemos, aunque esto sea probablemente porque ya estamos sentados en el suelo.

 

Y es que ése es el problema principal. Asturies se encuentra en una situación de parálisis económica desde hace muchos años y, lo que es peor, las recetas que se quieren aplicar para sacarla de esa situación no hacen prever nada bueno. Las consecuencias de la crisis financiera actual ya empiezan a notarse en lo que se llama la economía real, de la que los despidos son las consecuencias más visibles, aunque no por ello más novedosas. Este país pierde población desde los años ochenta, pasando de representar el 3 por ciento de la población del Reino de España a ser el 2,4 por ciento; estamos por debajo de la media en tasa de actividad (en ocho puntos), y en tasa de crecimiento de PIB (en 0,5), además de que ante este panorama desolador no es que Asturies sea receptora de emigración, sino que sufre una sangría demográfica que hace marchar a la generación más preparada de nuestra historia. Y todo esto no lo ha provocado la crisis, ya que estos datos son anteriores. Asturies ya estaba en una situación de parálisis antes de que existieran las hipotecas «subprime», cayera el Dow Jones y el capitalismo neoliberal se pusiera a nacionalizar bancos. Es inadmisible que el Gobierno asturiano y su complaciente oposición aprovechen esta crisis para justificar y esconder una situación económica que viene siendo lamentable desde hace muchos años. Pero lo peor de todo es que la cosa puede empeorar. Hace pocas semanas un informe de la Fundación de Cajas de Ahorros (Funcas) rebajó en dos puntos las previsiones de crecimiento de Asturies (hasta el 0,9 por ciento) y estimó en un 12,3 por ciento la tasa de paro prevista para este año. Es decir, seguimos retrocediendo.

 

La cuestión final es cuáles son las alternativas a esta situación. La respuesta que nos da el Gobierno del Principado es convertir a Asturies en un productor de energía, sembrándola de térmicas de ciclo combinado, regasificadora y líneas de alta tensión, junto con un superpuerto que les dé de comer. Areces y acólitos justifican este proyecto como clave para sacar a Asturies de la situación actual, pero eso es mentira y lo saben. Este proyecto de convertir a Asturies en la pila de España sólo responde a intereses ajenos a los asturianos, a dar energía a otros territorios para que sea allí donde se produzcan elementos de alto valor añadido mientras nosotros nos quedamos con la contaminación. Y es que el modelo que nos proponen no es generador de puestos de trabajo, y una prueba de ello nos la da el propio informe Funcas. En él se puede ver que la producción eléctrica ha disminuido y, sin embargo, el empleo no ha descendido en este sector, con lo que fácilmente se puede deducir que éste no es una actividad intensiva en puestos de trabajo y que, a mayor producción energética, no hay una demanda laboral mayor.

 

Esto no puede seguir así y la solución sólo puede venir desde otra política, desde un paradigma rupturista con el actual modelo de dependencia y desarrollismo que perpetúa una red clientelar garante de mayorías electorales por tiempo indefinido. La solución está en nosotros, en atrevernos a pensar en un proyecto que responda a los intereses de la mayoría social de este país. Recuperar la Asturies productiva, para salir de esta crisis y de las que vengan.

 

Faustino Zapico es portavoz de Unidá Nacionalista Asturiana.

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