Destrucción y saqueo en Asturies

El felipismo, un abogadillo andaluz analfabeto entonces y Alfonso Guerra, impusieron el estrangulamiento planificado de Asturies, con la ayuda de la derecha auténtica (Boyer, Solchaga, Solbes) dejando al país asturiano en cuadros Asturbulla

Los estados, en la fase actual que experimenta el Capitalismo, son más que nunca “un comité de empleados al servicio del Capital”. Si ya Marx en el siglo XIX supo dar con esta verdad, ¿qué no habremos de decir hoy, salvo que sus palabras fueron proféticas y que esa realidad no ha hecho sino volverse más cruda? El estado español es un comité y un tinglado montado sobre bases tan precarias que, a diferencia de las potencias capitalistas clásicas (USA, Alemania, Francia…) se puede ver muy bien a través de las rendijas de un edificio ruinoso y con los andamios tan mal puestos. Los marxistas han estudiado en el último siglo el sinfín de pantallas y obstáculos que el Capital, a través de su agente, la clase burguesa, crea ad hoc con el fin de perpetuar su dominación. El Estado es el principal instrumento para conseguir esto. Y si es verdad que la complejidad de una maquinaria como la estatal, en sí misma, es impresionante, la manera en que ésta ha ido creándose y subordinándose al dictado del Capital es relativamente fácil de captar.


El estado Español, como muchos autores sabios han sabido reconocer, es una especie de “Estado abortado” desde sus inicios en el siglo XIX. El profesor Álvarez Junco en su espléndido libro Mater Dolorosa, nos expone cómo el viejo Reino (o colección de territorios) plurinacional de los Austrias y, después, de los Borbones, fracasó a la hora de constituirse en un estado-nación perfectamente homogéneo y centralizado según los cánones de la Europa de Occidente, especialmente según el canon francés. A fecha de hoy, nuestros partidos de la II Restauración (con aspiración a una nueva mascarada de “alternancia” parlamentaria), esto es, PSOE y PP, disimulan este problema del “estado-abortado” bajo un lenguaje eufemístico que en modo alguno se sostiene por sus pies: “problema territorial”, “solidaridad entre regiones”, “descentralización”, “cohesión territorial”. Todas esas expresiones, creo yo, son tontadas. Se trata de no reconocer la manera altamente diferenciada en que la creación de plusvalía y la explotación del hombre y del ambiente se da. Una manera diferenciada que, grosso modo, coincide con hechos nacionales y regionales bien claros y nítidos.


La industrialización con capitales “indígenas”, caso de Euskalherria y Catalunya, está detrás de su despertar nacional en el último siglo. Primero un despertar regionalista (vale decir, conservador) y solo después, como reacción a él, un despertar de izquierda nacional. La industrialización con capital foráneo está detrás de una mayor colonización cultural de su propia identidad nacional en el caso de Asturies. Y a su vez, las regiones que han permanecido adormecidas en una siesta agraria (Castilla, Extremadura…) se han quedado sin participar en muchos de los resortes de la modernización que incluyó el “progreso industrial” y, por ello son hoy los mayores reclamantes de “solidaridad”, palabra hueca que está significando cada vez más, centralismo unitario puro y duro.


Entre tanto se dieron estos desiguales desarrollos ideológicos y culturales, vimos cómo en las últimas décadas de democracia formal esta cuestión territorial-nacional se agudizaba, y estamos dejando pasar de largo un punto clave en la gestión que los gobiernos felipistas, aznaristas y zapaterianos han realizado con su tingladillo, el Reino de España. El punto clave consiste en la consolidación generalizada del trabajo precario, la apoteosis del sector servicios y turístico (gran fuente de precariedad), la creación de un empresariado lumpem (es decir, negrero, canallesco), la reconversión loca, casi diríamos feroz, de la empresa industrial pública, la transformación del Estado de España en una periferia estratégicamente cómoda para los “socios europeos” (Alemania y Francia). En esta colonia que llamamos Asturies (y que los más sublimes monárquicos llaman “Principado”), hemos podido asistir al triste espectáculo de la disolución de una de las clases obreras más disciplinadas (tanto para el trabajo como para la resistencia sindical) y formadas del Reino. Hemos podido asistir al espectáculo del cierre manu militari de instalaciones industriales a las que se dejó envejecer deliberadamente (cortando las inversiones, no modernizando su tecnología) para así justificar su cierre y posterior regalo en subasta.


¿Cuáles fueron los planes de estos probos empleados al servicio del Capital, es decir, los políticos socialistas? Muy sencillo. Ellos obedecieron fanáticamente las órdenes que ya en la época de Suárez, pero muy especialmente en el felipismo, se dictaban desde Madrid. Un felipismo que, dicho sea de paso y a modo de recordatorio, había recibido importantes inyecciones de millones de marcos para reponer un caudillo estable en la Piel de Toro. Y lo encontraron en un abogadillo andaluz, prácticamente analfabeto entonces que, en compañía de Alfonso Guerra, líder de los “descamisaos”, impuso con sus ministros neoliberales un programa de estrangulamiento planificado de Asturies. Estrangulamiento que afectó también a muchas otras comarcas de industria “pesada” en el Estado (Vizcaya, Sagunto, etc.). La música se nos impuso desde fuera, quizá con los acordes wagnerianos de la Socialdemocracia germana, pero la voz, el acento y la letra tuvo el sabor “salao” de una izquierda que, con ayuda de fanáticos reconversores de derecha auténtica (Boyer, Solchaga, Solbes) dejaron al país asturiano y al Estado en general, en cuadros.



Y ¿qué Estado tuvimos desde entonces? Un Estado resignado ahora, con el “cambio” socialista, a ser 1) una playa para alemanes, ingleses, un asilo para nórdicos con sol, pescaito frito, paella, burdeles, 2) un exportador de cítricos, de vino y aceite a granel al que se le pondrán etiquetas extranjeras siendo de origen español, 3) una colonia de consumo, esto es, un excelente mercado para productos franceses y, en general comunitarios, haciendo polvo cualquier tipo de producción autóctona (vide: la situación sangrante de la producción láctea asturiana).


Quiero detenerme un poco en estos tres puntos, ejes de la situación económica del Estado desde los tiempos felipistas, que exigen cierta adaptación al caso asturiano. Asturies no era precisamente Torremolinos en cuanto a horas de sol y potencia receptora de turismo de masas. Sin embargo el “Principado”, ya desde los tiempos del ínclito (perdón, quiero decir “inclinado”) Pedro de Silva quiso hacer frente al vacío provocado por las Reconversiones Industriales a través del sector turístico.


Se nos dijo que, sin HUNOSA, sin ENSIDESA, Asturies podría subsistir abriendo casas rurales, abriendo hoteles, construyendo adosados a pie de playa (como Llanes, la “Marbella del Norte”), etc. Pasaron los años y de todo esto tenemos como resultado una saturación y unas cuotas de criminalidad medioambiental que no se pueden resumir en cuatro palabras. Ahí están los informes de los grupos ecologistas, que saben hacer bien su trabajo de investigación y denuncia. Por mi parte solo quiero hacer el experimento de poner al lado de las feroces reconversiones la obsesión por hacer del “Principado” una Marbella del Norte. Lejos de ser esto del turismo la solución para la desertización industrial del país, el nuevo futuro para nuestra economía, más bien se ha convertido en un problema añadido, otra desertizaciòn: otro cúmulo de atentados, esta vez no contra el proletariado ástur sino contra su paisaje y su naturaleza. Es el del turismo un sector que siempre ha de aparecer como complementario de otras actividades económicas. Su masificación no supone otra cosa que la destrucción de una comunidad humana entera. Ya tenemos el ejemplo tristísimo del Levante y del Sur: allí, en pocos años, los años del Fraga ministro de “Información y Turismo”, muchos habitantes de la zona de costa pasaron de ser propietarios de sus pueblos, sus casas y tierras, a simples criados de los turistas extranjeros. La autosuficiencia de aquellos pueblos de costa se ha perdido para siempre, y en ellos ha acontecido una verdadera desposesión. Son asalariados en bares, restaurantes, hoteles, dentro de un sector que alcanza los índices mayores de precariedad. La tierra de sus padres ya no es suya, pues la mayor parte del capital invertido es forastero.


Asturies, con esa experiencia conocida y cercana, esta a punto de caer en la misma espiral. En conceyos de costa, especialmente, se les compran fincas y casas a los habitantes naturales, que luego son revendidas varias veces, dentro de una cadena especulativa de aumento del valor de la propiedad. Al final, son personas forasteras de alto nivel adquisitivo las que se quedan con ese patrimonio que, por el camino, y de la mano de los constructores, ya ha desnaturalizado el paisaje y la identidad cultural. Donde antes había caserías y hórreos, tenemos ahora los malditos adosados y los campos de golf.


Creo que Xixón mismo es el ejemplo perfecto de este proceso de des-patrimonialización. La ciudad más grande de Asturies contaba con una sólida tradición industrial. Los astilleros ocupan (ocupaban) buena parte de su fachada marítima. Con la estrategia que los socialistas han ejecutado fría y calculadamente en los últimos años, nunca pararán hasta lanzarse al saqueo de ese suelo tan goloso. La cultura de la productividad (fabril, industrial) había que sustituirla por la cultura del saqueo del suelo, la cultura del pelotazo a través del ladrillo. La vida real de los ciudadanos de Asturies y de Xixón, basada en el trabajo digno a cambio de un salario, se vio sustituida por la vida dichosa del especulador, a cuyos intereses todo está siendo subordinado. En Asturies vivimos un millón de subordinados a esa red de especulación de suelo y subordinados de la red mafiosa de las recalificaciones, pelotazos y puestos bien pagados por concesión “digital”, es decir, a dedo. Todo el país de Asturies está siendo saqueado y desmantelado por esta cúpula. La cúpula se hace llamar “de izquierda y progreso”, incluso se ha atrevido a llamarse a sí misma “izquierda plural”. Yo no he visto más que una izquierda carcelera que en realidad ejecuta una política derechista. Una política que consiste en echar al pueblo de su tierra (de su “suelo”, literalmente hablando), forzándola a la emigración y al desarraigo.


Sueño con una unión de fuerzas asturianas que logre romper esta red que nos tiene atrapados. Se está acabando con un país y con un pueblo. Defiendo la tesis de que el Estado Español, desde que experimentara un “cambio” parcial, y digo bien, parcial, de sus elites con la llegada de los socialistas al Poder (y con un aznarato como intervalo poco relevante para nuestros propósitos), ningún proyecto serio ha habido para esta Comunidad. Una comunidad autónoma cada vez más insignificante e irrelevante, que parece existir en el exterior nada más que el día en que se celebra la mascarada neo-feudal de los “Premios Príncipe”. Es preciso desalojar a estos administradores coloniales, con contestación permanente en la calle, para que así Asturies pueda gozar de vida propia.

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