Asturies, patria de los experimentos

Política faraónica y con inyección de capital público, Asturies perdió su paisaje y su sabor tradicional; un proletariado artificial se formó en torno a los dinosaurios industriales y ahora parece el Museo del Proletariado


Asturbulla

Probablemente Asturies sea la tierra de los experimentos. Lo fue en la ominosa década de los 80, con el cierre generalizado de empresas. Lo siguió siendo después, que a pesar de todo el paro que se generó con los cierres y reconversiones no pararon de abrir grandes superficies.

 

Se trataba de un test, generalizable al resto del estado, a saber ¿cuánto aguanta la clase obrera sin orquestar una rebelión coordinada por medio de su única arma, la solidaridad?. La política socialista de palos y zanahorias fue la que “redimensionó” una comunidad como la nuestra dotada de instalaciones industriales excesivas y ajenas a sus necesidades, un país dependiente de energía y de inversiones externas que ni siquiera servía ya para los fines que Franco y sus autócratas habían diseñado, es decir, hacer de Asturies una reserva minero-siderúrgica no rentable pero si estratégica, esto es, un complemento de reserva, un contrapeso, de su potente hermana, la vizcaína.

 

Yo he pensado a menudo en esto: ¿hasta qué punto la planificación económica que el franquismo hizo de Asturies tuvo más que ver con el apartado militar y con las obsesiones autárquicas y defensivas del régimen que con la racionalidad económica?.

 

Esa política económica faraónica ha dejado en el país una herencia terrible. Por medio de una inyección de capital público, inyección muy elevada para los estándares de un Estado tan atrasado como era el español, Asturies perdió a partir de fines de los 50 su paisaje rural y su sabor tradicional en una medida considerable. Un proletariado artificialmente creado se formó en torno a los dinosaurios industriales. El campesino abandonó su casería, y juntó sus esfuerzos al emigrante (al desplazado por el hambre) que nos vino de toda la España central y del sur, más mísera aún. Se fue creando una clase obrera asturiana populosa, nacida o no en el país, que nutrió la región central en detrimento de las más tradicionales alas al oriente y al occidente.

 

Las rentas subieron desde esos finales de los 50, y se alcanzaron unos niveles exageradamente altos, casi comparables a los del País Vasco y Cataluña, a pesar de no contar Asturies, a diferencia de estas otras zonas, con un capital autóctono propio de alguna relevancia ni, en general, con un tejido socio-económico fuerte. Las reconversiones felipistas de los 80, es cierto, así como todo el rosario que les siguió hasta hoy (los cierres del sector Naval de Xixón, son el enésimo episodio) suponían para Asturies una especie de “vuelta a la realidad”. Pero se hizo con toda esa dosis de injusticia, totalitarismo, y falta de gratitud histórica para con el país asturiano que de sobra conocemos, y que nos dejará para siempre un sabor amargo. Ésta Asturies perdió mucho de su identidad, de su paisaje, de posibilidades de desarrollo por sus raíles propios con el fin de que un Estado fascista y una economía autárquica como la española completaran sus ciclos de acumulación. La Transición (años 70) anunciaba ya cierres inexorables y ajustes durísimos. Asturies a nivel industrial se “sacrificó” en el sentido de perder posibilidades económicas autóctonas. Esa red de numerosas pymes que complementen a la casería y hagan de ella, a su vez, una pyme agroindustrial digna, sostenible y creadora de autoempleo, esa red, digo, no pudo crearse.

 

En su lugar, como ya dije en el libro “Casería y Socialismo”, nos tuvimos que convertir en una enorme masa asalariada en mitad de un agro progresivamente mutilado y en estado de “hibernación” económica (un agro desaprovechado). La masa asalariada, con todas sus “conquistas” (como le gusta repetir a la elite sindical oficial) era extremadamente débil en lo que respectaba a las decisiones fundamentales de su existencia. Cuando los Altos Mandarines de Madrid decidieron matar la vaca sagrada (la vaca sagrada era la Gran Industria Pública), toda una sociedad acostumbrada a chupar de sus tetas tuvo que quitarse de en medio, desaparecer, pre-jubilarse.

 

Hoy en día, después de todo esto, Asturies va a la deriva. Por un lado, da la impresión de que el rosario de cierres y “reajustes” no ha terminado aún. Por otro lado, viene la Crisis Mundial que se aparece como una masa de nubarrones que se cierne sobre nosotros. Todo un panorama, el asturiano, que nunca se viera despejado del todo. Se juntan las hambres con las ganas de comer.

 

Hambre, paro y postergación oficial de Asturies como colectividad. Porque los experimentos de los que hablábamos al comienzo parece que van a seguir. La supuesta “Región Industrial” de quita y pon en que nos hemos convertido dentro del tinglado de España va a tener que seguir sufriendo esos reajustes de los Mandarines. A la parte de león de nuestro proletariado la han mandado a paseo (paro, pre-jubilación y emigración), pero los Mandarines por desgracia siguen. Siguen dándoselas de necesarios, con aires de elite imprescindible. La masa de millones de euros que no son suyos, los mueven para sus macro-proyectos, de nuevo altamente dañinos para el medio. Los Mandarines socialistas, en su poder de destrucción, se creen cercanos al poder divino. En realidad, la FSA es una gigantesca agencia detractora de dinero. Después de haber sido ejecutores de lejanas órdenes felipistas, después de haber ofrecido (como don Pedro de Silva) la espalda hasta donde pierde su nombre, a los planes de “re-estructuración” de Asturies, ahora esta clase político-sindical y sus satélites pseudo-patronales, no saben hacer otra cosa que una gestión de fondos tipo “hambre-para-mañana”. Pero tampoco nos está quedando el “pan para hoy”.

 

Un Muselón sin barcos, un suelo industrial para uso especulativo y residencial (Bahía de Xixón), una sucursal de las grandes superficies, un monumento al consumo sin producción, y un homenaje al trapicheo clientelar. Asturies ya parece el Museo del Proletariado (q.e.p.d.)


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