Soberanía Rural

La inclusión de Asturies en un estado mediterráneo, basado en el vino, olivo y naranja, mal resultó en la incorporación a la UE; la consideración de región industrial en declive, se tradujo en ayudas para imponer la paz social y comprar la resistencia proletaria. No fue tenida en cuenta la Asturies rural, hoy un desierto, pese al color verde predominante

 

 

Nadie se quiere acordar del campo. ¿Por qué será? Me refiero al campo como lugar de vida digna y como escenario natural de la cultura de los pueblos, no a las enormes extensiones aptas para ser explotadas bajo criterios capitalistas. Me refiero al campo como campo de batalla en el que se está desarrollando, con toda su crueldad, la lucha de clases.

El campo no es el mismo en la Europa desarrollada que en el llamado Tercer Mundo. Sin embargo, sólo existe un Mundo por más que queramos jerarquizarlo en Primero, Segundo, Tercero… Hay una conexión –en principio oculta- entre nuestros pueblos abandonados y nuestros montes echados a perder, por un lado, y las grandes regiones del mundo donde los campesinos “tercermundistas” producen para la autosuficiencia o, por el contrario, se supeditan a las multinacionales agroalimentarias.

La política económica de la U.E. en materia agraria no está pensada en términos humanitarios, ni mucho menos. Cada euro de subvención a la producción agrícola de sus países miembros es un euro asesino, que impide el desarrollo económico del mundo pobre, ajeno a la fortaleza proteccionista que se llama U.E. Ojalá muchos africanos gozaran de la protección de que goza la vaca francesa, por ejemplo. Por otra parte, no hay una verdadera política “europea”. Las ayudas, los millones transferidos a las regiones agrícolas están pasados por el “filtro” de los estados.

Pongamos el ejemplo que mejor conozco y que más me afecta. España no es nada en materia láctea y ganadera ante Francia. Asturies, en cambio, lo es todo en materia láctea y ganadera, todo en lo que respecta a la gestión de su campo y en la durabilidad de su territorio. La inclusión de Asturies en un estado mediterráneo, basado en el vino, el olivo, la naranja, no pudo resultar más negativa desde el momento de la incorporación española en la U.E. La economía agropecuaria asturiana era competitiva (y no complementaria) de la predominante economía atlántica y centroeuropea de la U.E. Los franceses tenían mucha más leche, granjas más modernas y diseñadas de forma capitalista, etc. Solución: Asturies, precisamente una de las regiones más “europeas” (en el sentido climático, y en su etnología rural y tradición productiva) del Estado, debía sacrificarse, quitarse de en medio. Demasiado pequeño es Asturies como país como para ser tenido en cuenta en este ámbito de las grandes políticas continentales. Hubo fondos mineros, hubo consideración hacia Asturies como región industrial en declive, una consideración traducida en fondos y ayudas que sirvieron para imponer la paz social y comprar la resistencia proletaria. Pero la Asturies realmente eterna, la menos coyuntural, esto es, la Asturies campesina, no fue tenida en cuenta.

La Asturies rural es hoy un desierto, pese al color verde predominante. Es desierto humano. La despoblación hace mella en muchos conceyos. La gente se va… o mejor dicho, se la obliga a marchar en cuanto que se cierran escuelas rurales a cambio de una concentración y agrupamiento de unidades. No se abren ambulatorios cerca de las aldeas. No se elimina la burocracia para abrir explotaciones y comercializar lo autoproducido.

 La política se hace en las ciudades. Los pequeños consistorios apenas pueden sostenerse y cualquier oferta privada suculenta, incluso la clase de ofertas que cae en el capítulo de la corruptela, será bienvenida. Y eso supone, muchas veces, un adiós al futuro. Un adiós a la belleza paisajística y al equilibrio entre hombre y naturaleza, un adiós definitivo a los modos tradicionales de vivir y producir. Se malvende la aldea para hacer de ella un área residencial o un parque eólico.

No podemos ser nostálgicos de unos tiempos ya pasados y que fueron, sin lugar a dudas, muy duros para el campesinado. Pero sí podemos denunciar la lucha de clases que sigue librando el campesino con una burguesía que todo se lo lleva, que todo se lo roba. Aquí y en el tercer mundo. En Asturies, en España, en todas partes. El aldeano ha sido condenado a la extinción por las instituciones arrogantemente instaladas en la ciudad, al servicio de las grandes empresas, al servicio del Capital. Un porcentaje alto de población que se autoabastece, que no requiere de los súper para consumir, que produce para sí y para su entorno local más inmediato… es algo demasiado ecologista, demasiado revolucionario como para que el sistema imperante lo admita.

 La autosuficiencia del campo, el modo tradicional de producción y consumo, suponía un alto ahorro de costes de transporte (y por tanto de polución y de asfalto). Suponía un alto grado de “desconexión” (o protección contra la Globalización, en el sentido que le da Samir Amin) de la comunidad inmediata respecto a instancias o presiones externas. La Comunidad Campesina era un ente social en sí mismo soberano, que muy poco o nada demandaba al exterior. En su interior se generaban los lazos de solidaridad, las redes de apoyo mutuo (proto-socialismo, que en Asturies recibía los nombres de Andechas, Sestaferias, etc), necesarios para defenderse de la escasez y la adversidad. Con todo, la Comunidad tradicional tampoco caía en los errores del colectivismo rígido y mecánico. La entidad fundamental de esa Comunidad, la Casería, era un pequeño reino soberano en sí mismo, que trascendía incluso a la titularidad de sus propietarios. Era un “solar” que se transmitía con nombre propio generación tras generación, aunque la comprasen otros individuos. La Comunidad campesina tradicional en Asturies (y me consta que de manera similar en otras tierras del norte de la península) era un equilibrio entre el socialismo (sin caer en el colectivismo forzado) y el liberalismo, entendido en el mejor sentido, esto es, asunción personal y familiar de responsabilidades y riesgos.

Nada de todo esto conocen nuestros políticos de la FSA (Federación Socialista Asturiana) y sus fámulos de Izquierda Unida. O nos hablan del “progreso”, sin saber lo que ésta palabra fetiche significa, y miren que puede significar miles de cosas desde el siglo XVIII, o bien, nos hablan de un “proletariado universal” que se supone que guarda en Asturies las mejores de sus esencias. Unas esencias a conservar en formol, o quizás momificadas, como hicieron en Rusia con el cuerpo de Lenin. Asturies es el proletariado momificado, digno de ser expuesto al turista dentro de preciosas vitrinas y rodeado con luces de colores. El Museo de la Minería, el Museo del Jurásico Industrial, el Museo del Proletariado, el Panteón de lo que fue un País y hoy, a lo sumo, se manifiesta nada más que como figura de cera: eso es Asturies. No deja de ser interesante para los turistas este paisaje escatológico y póstumo que han fabricado para nosotros.

La izquierda vulgar ve en el campesino que lucha por salir adelante un “empresario agrícola”, aunque sea modesto y pequeño. Es incapaz de ver en él un pilar de su propia cultura, un gestor del territorio. No entra en sus planes y, en su calidad de depositario de un voto, lo ignora crasamente. Sin embargo no hay futuro en este país asturiano si nosotros mismos no repoblamos el campo, cuidamos de sus habitantes y les devolvemos la dignidad propia de la autosuficiencia. La autosuficiencia del campo es la de todos los asturianos. Nosotros, igual que el resto de los países colonizados del (tercer) mundo sólo tenemos un futuro: garantizar la “soberanía rural” nuestra, como pueblo.

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