Asturies: para dejar de ser colonia

Quiero dar unas pinceladas sobre la situación económico-política de la Nación Asturiana, que tengo que caracterizar como colonia del Estado Español. El concepto de “colonia” lo voy a desarrollar tomándolo rigurosamente como una categoría económica y política. Colonia es un país (lo cual incluye un territorio, un pueblo y una cultura, elementos todos ellos claramente diferenciados de los de sus vecinos) que no es soberano en sus decisiones fundamentales. Este país, tras procesos violentos o pacíficos (esto es irrelevante en cuanto a los resultados) es objeto de un uso instrumentalizado por parte de un estado, que vamos a llamar estado “metrópoli”.

 El estado “metrópoli”, esto es, el instrumentalizador de la colonia, no necesita ser una potencia lejana que se sirve de territorios ultramarinos, tal y como muchos críticos superficiales suponen. Por ejemplo, es canónica la situación de Cuba como colonia del Reino de España hasta 1898. Hoy en día, solamente Canarias podría entenderse en términos de colonia bajo un criterio geográfico tan externo y superficial: una distancia geográfica considerable y una barrera oceánica de por medio. Es evidente que con los progresos en el transporte, tal criterio canónico de lo ultramarino deja de servir.

Los tratadistas del Imperialismo suelen remarcar que hay también colonias y anexiones intracontinentales, de países vecinos. Desde Lenin, también se suele admitir que los países que devienen víctimas de tales metrópolis no tienen por qué ser necesariamente regiones atrasadas, usadas como meras fuentes de materias primas y fuerza de trabajo barata. A veces, los países colonizados son regiones altamente industrializadas y desarrolladas las cuales caen bajo el poder de un estado metropolitano más rezagado, pero más fuerte en lo militar, en lo demográfico, etc., que se encarga de usurpar su plusvalía en la medida en que pueda. Es evidente que en el presente, Cataluña y Euskalherria son colonias de una España rezagada, y como países soberanos dentro de una unión de países libres europeos, serían unidades relativamente autosuficentes. El grado de atonía económica, arcaísmo institucional, despoblamiento demográfico, etc. , en Asturies es tal, que su situación le aleja de los casos catalán y vasco. Es colonia del estado español, igualmente, pero su autosuficiencia relativa es más bien algo a recuperar, no algo de que se disfrute hoy de facto. El por qué de estas diferencias hay que buscarlo en la historia económica diferente de todos estos países, más que en rasgos etnológicos o esencias ancestrales diferentes.

Hace cien, pongamos por caso, años Asturies también estuvo en vanguardia en procesos de industrialización, experiencia en la lucha de clases, etc., como Cataluña y Euskalherria, pero se suele invocar la debilidad o escasez de la burguesía nativa asturiana en comparación con la euskalduna y la catalana como factor diferencial. Como región minera e industrial, Asturies fue colonia desde el principio, y lo fue estrictamente en cuanto a recepción de capitales extranjeros. Capital extranjero y español que entró en el País a explotar proletariado asturiano. La lucha de clases en el país asturiano fue y es, desde hace tiempo, lucha entre centros y periferias, lucha entre un país sometido y un imperialismo que, por definición, nunca consiste solo en explotación económica: por esencia es también dominación política.

Este ensayo lo ofrezco como texto combativo anti-imperialista. Que un país sea colonia es un efecto del fenómeno más general del Imperialismo, o lo que viene a ser su equivalente, el Capitalismo en su fase monopolista. Dicho capital monopolista encuentra en los viejos y abortados estados (caso del Reino de España) un instrumento para el sojuzgamiento de los pueblos y su aprovechamiento estratégico, aprovechamiento que los estados imperialistas llevan a cabo para poder encontrar mercados, hallar dianas en la exportación de capitales sobrantes, y, en suma, contrarrestar las continuas caídas en las tasas de ganancia acaecidas en los centros de poder.

 Para ello, los “centros” o “metrópolis” capitalistas hacen un uso claramente instrumental de sus “periferias”. Bajo las excusas y coartadas de una “mayor integración” en los conciertos mundiales y en los “esfuerzos comunes” del Estado central, las periferias, cuando llevan largo tiempo sometidas a un proceso de alienación, alienación a un tiempo cultural y económica, dejan de lado su autosuficiencia y toman el camino de la subordinación a intereses supuestamente “más generales” (el “progreso” de España, la “convergencia” con Europa, etc.). Pero esta es la falsa conciencia en su estado más puro: el interés y el sacrificio que se hace por España o por cualquier ente pseudonacional superior no es tal. Representa única y exclusivamente un abandono de las prioridades de las comunidades populares inmediatas. Si nos vale una analogía biológica, sería algo así: imagínense un organismo unicelular y autosuficiente (una nación “histórica”), autárquica al menos inicialmente. Pues bien, al cabo de varias generaciones éste organismo pasa a ser incorporado a un cuerpo multicelular el cual somete con el tiempo a sus unidades integrantes a una progresiva especialización y diferenciación de funciones, haciendo de la célula un ser dependiente en todo respecto de la unidad a la que se ha anexionado.

Así, Asturies pasó a ser en el siglo XIX de país agropecuario a convertirse en una región carbonífera al servicio del desarrollo industrial de otras dentro del estado español. Igualmente, hoy, cuando la era del carbón ha pasado, quiere hacerse de ella una “pila sucia”, esto es, un parque de extracción energética, un vertedero, etc. Quizá mañana la conviertan en un burdel gigante o en un cementerio nuclear. Todo depende de lo que los asturianos estén dispuestos a soportar.

La situación de Asturies es una situación de colonia “interna” dentro del Estado Español. Se subraya lo de “interna” teniendo en cuenta que no es un país ultramarino respecto a España y que hace varios siglos que la Corona castellana y después, por tanto, la española, ha incorporado este país en la nómina de sus dominios y detrás de sus fronteras. En 1388 se crea el “Principado” como dominio del rey castellano que, literalmente, “se lo reserva” para él y para su primogénito. Con este acto, sólo estabilizado a lo largo del siglo XV, y como preludio de otras anexiones (Navarra, Granada…), el reino castellano inicia una incesante política imperialista en la fase pre-industrial, aquella que se corresponde con el capitalismo mercantil. A la altura del reinado de Isabel y Fernando, sin embargo, Asturies era de hecho un “Principado” políticamente independiente, con una Xunta Xeneral que gozaba de extensísima soberanía sobre todos los asuntos concernientes al País, y los vínculos que mantenía con la Corona eran todavía de raigambre feudal y patrimonial, sin merma alguna para su soberanía milenaria como nación y antiguo reino, una vinculación sin merma de soberanía como sucedía en la misma época en otros territorios formalmente soberanos, pero “protegidos” o “patrimonializados” por una casa dinástica. Ejemplos abundantes los había en los estados numerosos alemanes bajo la Corona –a veces meramente testimonial- del Emperador del Sacro Imperio Germánico. Asturies era, no obstante, un País pobre, ajeno a la dinámica capitalista-comercial que se daba en Castilla, y fue perdiendo gradual y casi imperceptiblemente sus viejos fueros, privilegios y franquicias, que no se correspondían a su galopante proceso de aculturación y sometimiento. La economía productiva asturiana fue, a lo largo de toda la etapa de los Austrias, de un arcaísmo mayúsculo. La gran densidad de población, su minifundismo, la falta de acceso a la propiedad de las caserías por parte de los colonos, etc. , eran todas ellas trabas muy perjudiciales, junto con el escaso desarrollo del urbanismo, la lejanía (y hasta incompatibilidad) de sus métodos de autosuficiencia con respecto a las prioridades comerciales castellanistas del llamado “siglo de oro”.

Periferia en Asturies significó marginalidad, más que preservación de privilegios y orgullo de identidad. Sin embargo esta identidad, expresada en la lealtad lingüística de su pueblo y en la conservación indemne de no pocas de sus tradiciones, ha sido sordamente acallada por la Corona y sus funcionarios, de manera mucho más despótica e ilegítima por parte de los Borbones que por los Austrias. La llegada de un estado liberal, marcadamente corrupto, elitista y centralizador, a partir de 1812, y especialmente a partir del reinado de Isabel II, supuso el fin de las antiguas instituciones soberanas de Asturies (el fin de la Xunta Xeneral en 1835) y su reducción a la condición de “provincia”. Las propias élites asturianas, en la medida en que fueron colaboracionistas del impulso españolista y centralizador (Caveda y Nava), tuvieron no poca responsabilidad en este proceso de sometimiento. La floja adhesión del campesinado y la hidalguía a la causa carlista impidió la gestación de un frente de resistencia regionalista, foralista e incluso identitaria al modo vasco-navarro.

Los dos hitos que me quedan por recordar de la manera más breve posible son los siguientes: la intensa industrialización del país desde 1850, con su consiguiente aculturación y castellanización, y la Revolución Asturiana de 1934.

El primer proceso es largo de revisar, pero déjenme que traiga a colación la llegada masiva de gentes foráneas a Asturies, como vehículo de aculturación acelerada, el surgimiento de los movimientos obreros y la agudización de la lucha de clases. La presunta “Arcadia feliz” que era la Asturies de la casería, la aldea y la paz social, se vuelve un hervidero de los más álgidos en cuanto a lucha de clases. De otra parte, esa lucha de clases y ese rosario de huelgas y rebeliones, culmina con el Octubre de 1934, revolución específicamente asturiana, revolución de verdad en este país, pero reducida a pantomima y mascarada en otras partes del Estado. Un Estado que para entonces era “República”, la II República Española que algunos parecen añorar tanto, pero en cuyo nombre se sofocó una de las revoluciones europeas más importantes después de la rusa de 1917 y se ahogó en sangre al pueblo trabajador d´Asturies.

La gran tragedia de 1934 supuso, a mi entender, una lección de insolidaridad por parte de las organizaciones obreras españolas con respecto al mucho más pujante y disciplinado movimiento revolucionario asturiano. Solos los obreros de Asturies frente a un ejército profesional afro-español, curtido en guerras coloniales, y bien suministrado por el estado, solos frente a una oligarquía pre-fascista que trataba de dinamitar desde dentro la II República, los asturianos derramaron sangre y sufrieron lo indecible para poner freno al fascismo. La insolidaridad para con la Comuna Asturiana hubo de ser pagada muy cara después por los trabajadores españoles, y los obreros de España y de Europa deberían hoy maldecir eternamente el haber dejado a Asturies sola, pues el fascio no dejó de crecer ante la necedad de sus líderes.

Pero es preciso aclarar de inmediato que la Revolución Asturiana no fue una revolución nacionalista y que incluso se convirtió en un lastre para el resurgir de la conciencia nacional asturiana y su emancipación como país. La izquierda española y la asturiana mitificaron ad nauseam esa revolución, como si fuera una nueva batalla de Covadonga, en la que supuestamente los asturianos pusieron de su parte sangre y sufrimiento para que otras cosas se salvaran, pero Asturies… a Asturies que la partiera en dos un rayo. En Covadonga, se supone, se habría salvado el cristianismo, o España, o ambas cosas a la vez. En el 34, análogamente, Asturies se fue al infierno por salvar al proletariado internacional.

Ya es tiempo para superar estos mitos, y trabajar para que Asturies se salve a sí misma. Ningún país en el mundo tiene que ser un mártir. La liberación nacional del país asturiano debe abandonar el martirologio y avanzar por la senda de su autosuficiencia. Fueron mentecatos los líderes obreros que condujeron al proletariado astur a ese suicidio. Siguen siendo necios o malintencionados (colonizadores) los líderes de la presunta “izquierda plural” cuando insisten en que Asturies tiene “que abrirse al mundo”, y “cerrarse a las cuestiones identitarias”. Es insultante: PSOE e IU hablan de Asturies como si fuera un bicho metido en una cueva. Allá se coman su “internacionalismo”, por supuesto mal entendido, con patatas. En realidad, leyendo entre líneas, significa realmente “españolismo”. Muchas cosas nos estropearon el 34. Resaltemos siempre el heroísmo de nuestro pueblo en aquella Revolución que fue también guerra e invasión (invasión afro-española, recuérdese). Como mínimo, la invasión afro-española de 1934 y, después, la de 1937, significaron un retraso de un siglo en nuestro renacimiento nacional.

Un redescubrimiento de la tradición y de la lengua, un incipiente regionalismo que, conservador y hasta reaccionario en sus orígenes, bien hubiera podido acabar infiltrándose entre las masas obreras y las clases medias progresistas, eso se frenó en el 34. El proyecto de estatuto de autonomía, la pujanza por las ideas republicano-federales (de las que Asturies antes del 1934 había sido abanderada), la secularización ordenada y firme de la sociedad… Todo esto quedó ahogado en sangre, por una parte, dentro del contexto de fascismo creciente en toda Europa y en España, y por otra, dentro del radicalismo ciego de unas masas obreras que siguieron consignas inapropiadas de unos líderes que mandaban a la muerte a los suyos desde sus refugios bien guardados.

En Asturies no se levantó cabeza desde ese 1934. Represión, sometimiento, silenciamiento. Una vez ocupado el País por las tropas afro-españolas en 1934, y después, en 1937, y tras de numerosas violaciones a mujeres, niños y niñas, cometidas por españoles y moros, después de torturas y campos de concentración, deportaciones y ejecuciones sin garantías, Asturies volvió a sufrir por segunda vez en poco tiempo lo que significaba ser un país sometido.

El franquismo trajo, además, la militarización de las minas y las fábricas, lo que equivale a un trabajo esclavo, a modo de sanción colectiva impuesta a toda la clase obrera asturiana. Aunque los historiadores oficialistas apenas lo mencionan, la montaña y buena parte del campo astures no se habían rendido a Franco, y los guerrilleros tuvieron en jaque al dictador hasta finales de los cincuenta del pasado siglo.

Con plomo y sangre, el aprovechamiento del país como colonia minera y reserva industrial estratégica eran hechos consumados y alimentados por la dictadura. Asturies, como castigo a su roja rebeldía, hubo de suministrar la clase obrera, las materias primas y su base infraestructural previa para que la autarquía saliera adelante. La política de inversiones públicas del régimen supeditó totalmente las posibilidades intrínsecas del país asturiano a las necesidades del estado: un estado que disponía de masas móviles de mano de obra emigrante al sur, y que colocó sin cesar en barracones o dentro de tuberías, en Asturies, alojándolos peor que a las bestias. La emigración de la mano de obra foránea sirvió para hacer descender forzosamente el nivel de los salarios asturianos y romper, por lo menos a corto plazo, las solidaridades de clase proletarias que tan sólidamente ligaban a los asturianos. Justamente igual que acontece hoy con la introducción de mano de obra extranjera en todo el estado español, se busca romper el nivel de salarios y conseguir una ultra-explotación, jerarquizando a la clase obrera.

Hoy en día, después de las brutales reconversiones hechas desde los tiempos felipistas, el País Asturiano no ha dejado de verse “redimensionado” por decreto. Gobierna un régimen clientelar compuesto por funcionarios de partido único (es decir, personal del PSOE-FSA e IU) que no saben hacer otra cosa que vivir de la política. Inseparable de tal Régimen, están los funcionarios de sindicato (SOMA-UGT-CCOO), de los que todo el mundo conoce su proceder en todo idéntico al de los viejos funcionarios del Sindicato Vertical de la dictadura. Ellos son los que dicen “negociar” para la clase obrera las condiciones más ventajosas dentro de una derrota asumida desde el principio y sin lucha. En realidad, son gestores de fondos ajenos, que despilfarran sin cuento en cursillos, folletos, museos, cargos. Partido único y sindicato vertical: en eso ha quedado la “izquierda obrera y dinamitera” que un día hizo famoso a nuestro país.

Un país que, realmente, tiene cortados sus miembros y ramas de regeneración. La productividad del mismo está fuertemente dirigida y los brotes de pequeñas empresas y granjas son cortados drásticamente. El capital constante -grande y viejo- de las ciclópeas instalaciones industriales que un día se conocieron en Asturies, ha sido progresivamente adelgazado por medio de cierres y privatizaciones. La unidad de la clase obrera asturiana ha sido rota nuevamente, pero ya no por medio de la introducción de extremeños, andaluces, etc., como en la posguerra franquista, sino por medio de una escisión entre obreros de lujo (sindicalizados, funcionarizados, prejubilados) y un sub-proletariado formado por personas ultra-explotadas, que son carne de la economía sumergida e “informal” que la patronal ha importado desde España (y en general de toda la órbita mediterránea): las mujeres, los jóvenes, los extranjeros “ilegales”, etc., suelen ser las principales víctimas de ese plus de explotación, por encima de lo “normal” y que, juntamente con los parados crónicos, no aparecen como representados en ninguna central sindical oficialista, ni son visibles ni existentes.

Con una sociedad altamente envejecida, una pérdida demográfica constante, la liquidación de la industria y emigración forzosa de la juventud más productiva y formada, la Colonia que es Asturies resulta muy fácil de domesticar. Los dos o tres diarios (autodenominados “prensa regional”) distribuyen la información y la opinión idiotizante más apropiada para distraer la atención de las masas, y sublimar el descontento con ideas autoinculpatorias. Periódicos como La Nueva España, El Comercio, profesores y plumillas bien sobornados y galardonados, los economistas ortodoxos a coro, los creadores provincialistas de opinión, toda esta caterva habla de la “falta de impulso emprendedor” de los asturianos, de su “pasividad” y falta de ganas de “comerse el mundo”. Tales diagnósticos culpabilizadores parece como si llevaran implícita la idea misionera de hacer de cada asturiano un empresario o banquero, cuando lo que preocupa al ciudadano asturiano corriente es llegar a fin de mes, no perder el empleo (si lo tiene), evitar el acoso sexual y laboral, etc.

No cabe la menor duda de que lo que yo he llamado en otro lugar “la derrota demográfica” de Asturies, que nos quita tanta fuerza para salir adelante (pero salir adelante no tanto como “patria de patronos” sino como semillero de revolucionarios o como hijos de una nación libre) es una derrota dentro de una guerra latente entre Asturies y España, guerra a su vez que es expresión directa de la lucha de clases. La oligarquía dominante en el Estado Español lleva muchos años haciendo un uso instrumental de Asturies como colonia “suya”. Para ello, desde los tiempos en que, según sostengo, se “inventó” España (1812), si no antes, nunca han dudado en sostener una “clase ociosa”, generalmente rentista, parasitaria, ya indígena ya española, dispuesta a ejercer su labor cuartelera en el territorio que se les tenía asignado: el “Principado”. Con este fin, se desarrolló todo un proceso de ridiculización y ocultamiento de los rasgos identitarios más propios.

Esto ha quedado muy bien estudiado en el caso de la literatura en lengua asturiana, cómo a partir de Caveda y la creación del estado liberal, se va consolidando el estereotipo del “bable” (término generalizado también entonces para ocultar el más genuino de “asturiano”) como lengua rústica, no apta para expresar temas elevados y complejos, sólo idónea para la poesía costumbrista y el retrato degradante de lo que se consideraba el arquetipo del “asturiano”. Sin embargo, como quiera que la lengua es solo un aspecto (aunque el crucial) de una cultura nacional, este mismo proceso de degradación inducida por una élites urbanizadas, castellanizadas, cuando no forasteras de facto, es extensible a muchos otros aspectos de la identidad y de los modos de vida y socialización.

Los estados, en la fase actual del imperialismo y del capitalismo monopolista, son meros instrumentos de los mismos grandes capitales. Estos grandes capitales desean utilizar estos aparatos represivos y narcotizantes, los aparatos del estado, para proseguir sin cesar su proceso de acumulación en las mejores circunstancias posibles. Necesitan manipular la demanda una y otra vez. Para ello, tienen que contar con un tipo de unidades políticas de tamaño y estabilidad manejables, que sean susceptibles de control por medios conocidos y aceptables en el contexto internacional. Es así que todos los inventos institucionales de los últimos tiempos, como la “Unión Europea” misma, sean una unión de estados no una unión de pueblos, de naciones, de regiones. Y ese contexto internacional propende a apoyar a los socios que cuentan con el aparato policial, militar, represivo, suficiente como para hacerse oír. A quien se va oír en el mercado mundial es a España, no a Asturies.

La estabilidad de las fronteras es un bien muy preciado por el capital monopolista, y casi siempre se defiende –dentro o fuera de la legalidad- salvo cuando la alteración de fronteras es indispensable a efectos de acumulación. Esta es la lógica del imperialismo: garantizar la acumulación de capital y la búsqueda de plusvalía y contrarrestar la caída de la tasa de ganancia por medio de la exportación de capitales a territorios políticamente disponibles. La economía capitalista precisa siempre de la creación de entornos políticos sojuzgados o domesticados. Es por ello por lo que hay grandes semejanzas entre el capitalismo en su fase comercial, también monopolista, de los siglos XVI-XVIII, con la sed de colonias que había y su “Acumulación Primitiva”, de una parte, y el Imperialismo propio del capitalismo en su fase más tardía, con su rosario de neocolonias. Pero políticamente, ahora en las neocolonias se suele otorgar y tolerar una mascarada de “autonomía” y hasta de soberanía a los territorios colonizados. Pero son territorios éstos donde realmente se “arreglan” las circunstancias para domesticar la clase obrera, orientar y manipular el voto, comprar voluntades e inteligencias, y así el estado metrópoli puede hacer la labor sucia para que los capitales foráneos entren en el país como Pedro por su casa.

Asturies, en su marginalidad actual, es un ejemplo “de manual”. Sirvió como reserva carbonífera y metalúrgica del Reino de España, y como experimento perfecto de “contención” exitosa de sus raíces identitarias y de su otrora avanzado nivel de reivindicación. Hoy, el arcaísmo de su sociedad, en cambio, es el resultado de manipulaciones concienzudamente hechas desde la órbita económica mediterránea. Como apuntara hace unos años el profesor Loredo Narciandi, “Asturies es un país atlántico dentro de un Estado oficialmente mediterráneo”. Y no es de clima o dietas de lo que estamos hablando. Es de prioridades monopolistas de una Economía Mediterránea “made in Spain”, basada en turismo de sol y playa, en la especulación urbanística, la prostitución y drogadicción generalizadas, la corrupción y la mafia clientelar. Asturies, en la medida en que no cuente con una red tupida de cooperativas autogestionadas, pymes limpias y sostenibles, caserías ecológicas, y un empresariado autóctono con carácter patriótico asturiano, y comprometido socialmente con su entorno, no levantará cabeza, y únicamente va a reproducir los monstruosos ejemplos hispanos de Benidorm, El Egido o Marbella.

Por poner un ejemplo conocido y visible entre los asturianos: el deseo de “municipalizar” Asturies. Una vez rebajada de nación a provincia, los medios de realización de la plusvalía a través de la comercialización a gran escala de mercancías y la prestación de servicios ha de hacerse mejor a través de una gran ciudad, la “Ciudad Astur” que resultaría de una fusión o conurbación de Gijón (Xixón), Oviedo (Uviéu) y Avilés, más otros concejos limítrofes. De esta manera, Asturies pasaría a contar como una mera urbe,  plagada de grandes superficies comerciales y hamburgueserías, una urbe más dentro de la ciudades del tamaño apropiado para el consumo de masas, urbanizado y estandarizado, similar al que se pudiera dar en otras grandes ciudades españolas del rango entre el medio millón y los dos millones de habitantes. Las costas para el turismo “de nubes y playa” y para la especulación urbanística. El centro para la logística, los servicios, la residencia, la poca industria que quede. Las alas y la montaña para seguir siendo pila energética sucia, para los eólicos, para el turismo de masas (turismo “desbrozadora”), para la segunda residencia…

En manos nuestras, manos de asturianos, está el unirnos en un amplio frente que corte el paso a esta “mediterraneización” del País Asturiano. En manos nuestras está detectar los mecanismos por los cuales el Estado Español, agente de dudosa legitimidad desde 1939, si no de antes, y lacayo de los monopolios, carece de proyecto alguno para nosotros. Somos los asturianos los que tenemos que construir ese proyecto de acuerdo con nuestra propia capacidad de decisión. Recuperar la lengua, el paisaje, la identidad y la justicia social y económica son solamente aspectos de un único asunto que no se puede dividir en capítulos: Asturies. Esta ha de ser una lucha conjunta, en la que está implicado todo el pueblo. Quien crea que se pueden arreglar las cosas por parcelas y por medio de “grupitos” separados (“bablistas”, “ecologistas”, “lucha obrera”, etc.) está siendo una marioneta del Régimen. Una colonia lo es en su sentido integral: económico, político, cultural, todo a la vez. Asturies tiene que llegar a ser lo que es, una nación que debe repoblarse y debe reconquistar su puesto en Europa, más allá de sus incompatibilidades con España.

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