Resaca de facturas en el Niemeyer

La cúpula del Centro Niemeyer.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El centro cultural afronta 1,6 millones de deudas por una gestión económica que los patronos de la Fundación nunca se interesaron en conocer, fascinados por el «glamour» de las actividades.

En el viejo cuento de la lechera, una mujer fantasiosa prevé un futuro próspero construido en supuestos excesivamente ventajosos: el cántaro de leche que la mujer lleva en la cabeza inicia una cadena de trueque en la que crecen los beneficios multiplicándose exponencialmente. Sin embargo, un tropiezo la lleva a la cruda realidad: el cántaro se ha roto, con lo que todos los sueños, al igual que la leche, acaban desparramados por el suelo.



Las cuentas del Niemeyer han sido, en cierto modo, como las cuentas de la lechera. El presupuesto de la Fundación para 2011 incumplió las previsiones en aquellas partidas que ya podían aventurarse como excesivamente optimistas. Y por contra, los gastos aumentaron en aquellas poco ajustadas a la realidad. El balance es el de una deuda solo en ese año de más de 1,35 millones de euros, a la que hay que sumar 276.645 euros de balance negativo del ejercicio del año anterior, 2010.


El presupuesto de 2011 se elaboró cuando los gestores de la Fundación no vislumbraban ninguno de los nubarrones políticos que ese mismo año se asentaron en el centro cultural. El clima de entusiasmo que mantenía el Ejecutivo de Areces hacia la gestión de Natalio Grueso invitaba al optimismo. Los gestores aventuraban que el Niemeyer recibiría tantas visitas como el Guggenheim, se convertiría en un motor económico de producción artística y sería un negocio boyante. Sin embargo, ya había entonces suficientes indicios como para sospechar que el centro cultural necesitaba una visión más realista y, sobretodo, una gestión más ordenada.


El afán político de Areces por exhibir el Niemeyer como algo ligado a él mismo y el enfrentamiento con Foro Asturias pusieron la puntilla a una Fundación que ahora retoma su andadura con un concurso de acreedores para tratar de pasar página.


Ahora, los patronos deben afrontar 1,6 millones de deuda de los cuales 1,1 millones son a proveedores. Así, la Fundación del Niemeyer debe 250.000 a una agencia de viajes, 150.000 a una empresa de limpieza, 90.000 a una academia de música y una larga lista de facturas de hasta 45.000 euros a empresas de hostelería u organización de actos. Además, la entidad adeuda 500.000 euros a Liberbank por un crédito. Esa cuantía era de 800.000 euros en 2011, pero la entidad bancaria entregó los 300.000 euros de aportación como socio que le correspondían ese año para organizar actividades e inmediatamente se lo ingresó de vuelta como pago por lo que le debía la Fundación.


La mala gestión económica ha acabado convirtiendo a la sociedad en un saco de deudas. Algunas permanecen camufladas aún en los balances, sostienen miembros del patronato, porque constan como activos inmovilizados de costes de las exposiciones «La Luz» de Saura y del espectáculo «Utopía» de María Pagés, que produjo el Niemeyer.


Las previsiones optimistas del primer año de funcionamiento del Niemeyer se incumplieron: el presupuesto de 2011 preveía 600.000 euros de ingresos por mecenazgos y aportaciones privadas. Sólo hubo 38.000 procedentes del grupo Daniel Alonso. Las ventas de entradas reportaron 450.000 euros de los 600.000 euros previstos. Y los 250.000 euros presupuestados como ingresos bajo el epígrafe de «Otros» sólo llegaron a 21.552 euros. Por contra, se cubrieron casi todos los gastos y algunos ampliamente: El presupuesto de 2011 reservaba 440.000 euros para el mantenimiento de los edificios, que finalmente acabó costando 807.000 euros.


Operativamente, la sociedad gestora del Niemeyer nunca actuó como una fundación al uso. Era básicamente, el ropaje administrativo para su director: Natalio Grueso. «Es un genio que no está para las cosas mundanas como las cuentas», dicen ex colaboradores y quienes le respaldan. «Es un embaucador que se aprovechó de nuestra fe en el proyecto para dejarnos deudas», asegura uno de los proveedores del Centro que ahora espera a cobrar lo que la Fundación le debe.


El tándem de colaboración entre Natalio Grueso y el ex presidente socialista Vicente Álvarez Areces fue el eje básico de la gestión del centro. Areces autorizaba o intermediaba para que Grueso consiguiese lo que necesitaba el Niemeyer y el director de la Fundación hacía y deshacía con las cuentas. Grueso en exclusiva se encargó de firmar los contratos de todos sus colaboradores, con sueldos de entre 5.000 y 7.500 euros brutos al mes. También rubricó los tres contratos vigentes con el despacho de abogados de José Luis Rebollo (secretario de la entidad) por cantidades de entre 4.000 y 6.000 euros al mes cada uno, según datos facilitados por miembros del Patronato.


Así como existía sintonía entre Areces y Grueso, las relaciones entre el entonces director general del Niemeyer y la consejería de Cultura siempre fueron complicadas. Ya lo eran con sus superiores en la Fundación Príncipe de Asturias, reconocen medios de esa entidad. Con el Niemeyer aún en obras, convertido en un alud de ilusión desparramado por la ciudad y una poderosa máquina de propaganda, las tensiones entre la Fundación y Cultura afloraron en varias ocasiones.


Las primeras discrepancias surgieron con la consejera Encarna Sánchez y prosiguieron con Mercedes Álvarez. Grueso predicaba en privado la necesidad de «sacar al Niemeyer del control de los políticos», aunque acataba los planteamientos de Areces. Su tesis era que la Fundación debería ser una entidad independiente: el problema residía en que los fondos provenían plenamente de las administraciones públicas, que acabarán siendo ahora las que paguen los desajustes. Y si Grueso aseguraba que los políticos intentaban controlarle, los patronos reconocían en privado que el director de la Fundación «iba por libre». Buena parte de las decisiones del Niemeyer pasaban directamente por Presidencia, antes que por el área de Cultura. Tampoco la relación con el Ayuntamiento era un camino de rosas: en numerosas ocasiones surgieron las chispas entre Grueso y los responsables municipales.


Al tiempo, Avilés se convertía en una ciudad de alfombra roja, crecía el entusiasmo hacia el proyecto y las críticas -que en su día lanzaba principalmente el Partido Popular- eran acalladas por los socialistas con el ruido del aplauso. Pero ¿cuánto costaban las actividades de la Fundación? La verdad permanecía bajo siete llaves. Ni siquiera los patronos tenían detalle de las cuentas o de los sueldos de los trabajadores de la entidad. Las reuniones del patronato se convertían en una unánime fascinación por la lista de actividades y contactos que Grueso desplegaba. El Niemeyer era un éxito a cuya foto todos querían apuntarse.


¿Alguno de los patronos preguntó en algún momento el coste de las actividades o, siquiera, los sueldos de los gestores? «No», admite alguno de los asistentes. «Nunca supimos los sueldos de ninguno de los trabajadores ni las cuentas. No comenzó a intuirse algo del trasfondo económico de la Fundación hasta finales de 2010. Grueso llegaba de la mano de Areces: el resto asentíamos», reconocen integrantes de aquellos patronatos.


Hasta que comenzaron las aportaciones del Ayuntamiento y el Puerto, el coste de las actividades de la Fundación (con el edificio construyéndose) únicamente se conocía en Presidencia. El contrato de Natalio Grueso había sido firmado por la entonces consejera Ana Rosa Migoya y no fue presentado a los patronos. Su cuantía, que superaba los 7.000 euros brutos al mes, acabó sorprendiendo a los responsables municipales cuando por fin tuvieron conocimiento de él.


Sin embargo, el primer toque de atención de sospechas sobre la gestión económica se produjo en el seno de la Fundación. Habría podido encender alguna alarma, pero simplemente se acalló. La Fundación Cristina Masaveu se había incorporado en junio de 2008 a la entidad con el compromiso de colaborar con un proyecto cuyas bondades predicaba Natalio Grueso con entusiasmo, desplegando una agenda de «amigos» entre los que se encontraban Brad Pitt, Kevin Spacey o Woody Allen. Pero la Fundación Masaveu mantuvo distancias. Primero, se negó a aprobar las cuentas de 2008 aduciendo que no había estado presente en la totalidad del ejercicio; después rechazó acudir al patronato que debía aprobar las de 2009, que ya conocía con antelación. Tampoco Cajastur aprobó aquellos balances.


Medios próximos a la Fundación del Niemeyer reconocen que los Masaveu se negaron a aportar dinero a la entidad como a un saco sin fondo. Ofrecieron, eso sí, el patrocinio de actividades e incluso la Fundación María Cristina Masaveu llegó a proponer gestionar directamente algunas actividades y correr íntegramente con los gastos, pero rechazó conceder una cuantía fija al año cuyo destino verdadero no conociese. Las relaciones entre Fernando Masaveu y Natalio Grueso se volvieron gélidas, aunque las diferencias se mantuvieron en silencio. En abril de 2011 la Fundación Masaveu anunció que abandonaba el patronato del Niemeyer. Fuentes próximas a la Fundación Cristina Masaveu señalan que la abundancia de gastos en viajes y los elevados sueldos despertaron las cautelas.


Con el centro listo para inaugurar, las cuentas ya no cuadraban. La Fundación fue incapaz de costear con sus fondos algunas de las actividades y tuvo que recurrir a la ayuda camuflada de los patronos. Así, Presidencia abonó facturas de los actos preinaugurales del centro cultural y el Ayuntamiento tuvo que afrontar 237.000 euros de aquellas actividades. Muchas de las facturas eran viajes en avión y noches de hotel en la ciudad para los invitados.


El 27 de febrero de 2011, LA NUEVA ESPAÑA desveló el contenido de la auditoría interna de la Fundación referida a las cuentas de 2009. En ella se decía textualmente que el Niemeyer destinó a viajes de promoción casi el 70 por ciento de su presupuesto. La dirección del centro exigió una rectificación al afirmar que buena parte de esa cantidad se refería al caché y el desplazamiento de los artistas que participaron en los actos del Niemeyer. La Fundación se esmeró entonces en destacar que no existían reparos a las cuentas.


Tanta supuesta normalidad contable chocaba con el rechazo del gobierno de Areces a que la Sindicatura de Cuentas auditase al Niemeyer. La Sindicatura lo pidió en repetidas ocasiones, argumentando que la mayoría del dinero de la Fundación era público. El gobierno de Areces negó el acceso varias veces.


En aquella época, el runrún de que el Niemeyer era un agujero de gastos poco justificados y un juguete en manos de Areces se extendía en los medios políticos asturianos. La dirección regional de la FSA, en manos del hoy presidente autonómico Javier Fernández, guardaba distancia de cualquier polémica que tuviese que ver con el centro cultural avilesino. Asumía el mensaje, incuestionable, de que el Niemeyer era un elemento de ilusión y oportunidad para Avilés, pero esquivaba la letra pequeña.

Foto. La cúpula del Centro Niemeyer. mara villamuza

Lne

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