«La Antártida es la memoria del planeta y debemos luchar para que lo siga siendo»

Entrevista a Elías Meana Escritor y ex jefe de la misión española en la Antártida

 

 

Elías Meana

 

Elías Meana Díaz (Salamanca, 1946) es marino mercante y oficial radioelectrónico. Fue jefe de la base científica Juan Carlos I de la Antártida durante cinco campañas. Ofrece hoy dos conferencias sobre el sexto continente: la primera en el IES Carreño Miranda y la segunda, a las 19.30 horas, en el Centro de Servicios Universitarios.

-¿Qué mar es el que toca en Salamanca?

-(Risas). Ninguno, ninguno... ¡como no sea el Tormes! Aunque yo nací en Salamanca, mi familia es de aquí, de Asturias, y se dedicaron siempre a esto de la mar. Yo soy el último de la saga. No he tenido hijos, así que nadie sigue la tradición.

-Su bautismo en la mar fue en Avilés, ¿no es eso?

-Sí. El primer barco en el que me subí fue el «Liana», que tenía en Avilés su base. Fue un barco muy emblemático en sus tiempos. Estaba contratado por Ensidesa para transportar tochos o slabs que salían de los hornos altos de Avilés. Éramos todos muy jóvenes y la vida en aquel barco era como estar con la familia; de vez en cuando, todavía, me encuentro con alguno con los que viajé en aquellos años. ¿Sabe? Una vez cargamos la escultura de Pedro Menéndez que Avilés regaló a la ciudad de San Agustín, en los Estados Unidos. La llevamos entre caolín, para que no se rompiera, aprovechando la navegación.

-Otro barco emblemático al que se alistó fue el «Idus de Marzo».

-Lo fletó el Ministerio de Asuntos Exteriores para llevar a la primera expedición española a la Antártida. Fue en 1983, si mal no recuerdo.

-¿Y cómo se enroló en esa aventura?

-Yo no diría aventura, porque sabíamos muy bien qué queríamos y adónde nos dirigíamos. Y, además, estábamos muy preparados. Subí al barco porque vi un anuncio en la prensa. Trabajaba por entonces en el servicio marítimo de Telefónica. Resulta que la navegación iba a ser a vela y no podía perder la oportunidad de ese viaje.

-Viajó con algunos asturianos.

-Uno de los capitanes fue Santiago Martínez Cañedo, que era de aquí, de Avilés. Él se encargó de traer de vuelta el barco a Europa. Otro con el que navegué fue Alberto Vizcaíno (ex director general de Pesca). La gente que viajamos a la Antártida somos verdaderos hermanos.

-¿Cómo llega a ser jefe de la base científica «Juan Carlos I»?

-Poco después de lo del «Idus de Marzo» llegamos a la isla Livingstone (el lugar en que está la base española) a bordo de un buque polaco. Reconocimos el terreno y comenzamos a plantar la que iba a ser nuestra base.

-Algo así como un pionero en el salvaje Oeste.

-Pongamos que sí, pero de forma distinta, porque nuestra estancia en la Antártida era puramente científica.

-Y eso que usted no es científico.

-Fui allí en calidad de técnico de comunicaciones. No había teléfono y teníamos que hablar con radio. Todavía no me habían nombrado jefe de la base; el primer director fue Jaime Rives, un teniente coronel en la reserva.

-Usted relevó a este teniente coronel.

-Había que construir la base y decidieron que yo fuera el jefe. La base está habitada por técnicos y por científicos. Los técnicos siempre son cuatro y los científicos pueden variar: ocho, nueve. En aquel entonces la base tenía unos doscientos y pico metros cuadrados, cien de ellos habitables.

-¿Cómo de habitables?

-Viajamos en el verano austral, cuando no hay noche, así que la única manera de mantenerte es manteniendo las costumbres de España. Y eso es lo que hacíamos: levantarnos a las ocho, comer a las dos y media...

-¿De quién es la Antártida?

-Debe ser Patrimonio de la Humanidad. Hay países que reivindican territorio, por aquello del tratado de Tordesillas, pero hay una moratoria de cuarenta años que la salvaguarda. La Antártida es la memoria del planeta y debemos seguir luchando para que esto siga siendo así, pese a las muchas riquezas que guarda en su interior. El agujero de la capa de ozono sigue ahí y ahora parece que todos lo olvidan.


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