Huelga feminista del 8 de marzo, o cómo hacer que los esclavos amen sus cadenas

 

 

 

"El arte de la guerra consiste en vencer sin combatir" (Sun Tzu, El Arte de la Guerra)



Como toda reivindicación burguesa, las demandas obreristas sólo han servido hasta la fecha para salvaguardar al actual sistema de dominación (el capitalismo), pues, al buscar sólo su reforma, en ningún momento cuestionan la continuidad del orden establecido. En lugar de exigir la cabeza del tirano, se dedican a pedirle limosnas. De este modo, este moderno sistema social esclavista, donde la mayoría es explotada por una minoría, permanece intacto, pues el obrerismo, al no pedir su abolición, sino tan sólo su caridad, apacigua a las masas y bloquea una peligrosa subversión contra el poder. Las demandas obreristas se podrían resumir en pocas palabras del siguiente modo: "Pagadnos un poco más y seguiremos siendo vuestros fieles esclavos".  Todo esto hace que el obrero asuma de un modo inconscientemente voluntario el papel de esclavo, y es precisamente este grado de voluntariedad lo que hace de este tipo de esclavismo un sistema mucho más difícil de ser abolido que los anteriores.

Si los planteamientos del obrerismo eran burgueses, los del feminismo lo son aún más, pues éstos ya no sólo dejan de cuestionarse el orden establecido (tal y como hace el obrerismo), sino que además se dedican a exigir limosnas exclusivamente para el 50% de los explotados (las mujeres). Esto sólo sirve para dividir y desmovilizar al conjunto de la clase obrera y, por consiguiente, hacer más fuerte al sistema. Para el feminismo, el problema ya no es la explotación que una minoría ejerce sobre la mayoría de la humanidad, sino sólo sobre la mujer, y si para ello tiene que aliarse con el Estado, lo hará sin el menor reparo, tal y como podemos ver hoy en día con las mil y una medidas feministas adoptadas por todos los Estados capitalistas.

En este sentido, la huelga feminista convocada a escala internacional para el 8 de marzo, a la que los medios de comunicación de masas capitalistas están dando una publicidad nunca antes vista con ninguna otra huelga -además de un trato exquisito-, forma parte de una estrategia propagandística y de guerra psicológica cuyo fin es vincular aún más a los explotados con sus explotadores.

Esta huelga, y el discurso profundamente victimista, demagógico y casi legendario con el que pretende justificarse, no sólo sirve para animar a que las mujeres se integren con mayor decisión en el sistema de explotación capitalista, sino también para que, una vez integradas, defiendan esta integración con uñas y dientes: "¿Cómo vamos a renunciar al derecho de ser explotadas en las mismas condiciones que los hombres después de lo mucho que nos ha costado alcanzar este derecho?" Además, todo esto sirve también para decirle al hombre que es un privilegiado por haber sido explotado cómo hasta ahora ha venido siendo explotado y, por lo tanto, que no tiene motivos para quejarse, "¿Cómo voy a quejarme por algo que hasta una mujer desea conseguir? Mi hombría estaría en juego". Por si esto fuera poco, la forma en la que las feministas han planteado la huelga, excluyendo de un modo absolutamente sectario al 50% de la población explotada, los hombres, como si fueran apestados, constituye un ninguneo y una humillación sin precedentes en la historia del movimiento obrero. Al potenciar y activar toda una serie de resentimientos, prejuicios y miedos inconscientes en mujeres y hombres se consigue desencadenar una auténtica guerra de sexos que evita la tan temida guerra de clases. Se trata de una jugada maestra que blinda aún con mayor fuerza al sistema: las mujeres tratando de demostrar que son mejores que los hombres y los hombres tratando de no ser menos que las mujeres, igual que si fueran burros dando vueltas atados a una noria.

Alguien podría objetar que, Según todo lo dicho hasta ahora, si la huelga del 8 de marzo es un montaje del capitalismo para manipular a los obreros con el fin de que estos acaben siendo aún más esclavos del sistema, el hecho de que las mayores críticas a la huelga del 8 de marzo provengan del ámbito de la derecha liberal podría hacer pensar a más de uno que mi razonamiento no tiene sentido por ser contradictorio: "¿cómo iban los liberales a tirar piedras contra su propio tejado?" "¿Por qué criticar algo que tanto les beneficia?" Sin embargo, como veremos a continuación, estas críticas en nada perjudican el desarrollo de los planes del  capitalismo, sino más bien todo lo contrario: los refuerzan.

En primer lugar, estas críticas nunca cuestionan el verdadero fondo del discurso de las huelguistas, pues tan sólo dicen que la huelga es innecesaria y que los problemas de los que se quejan las feministas se pueden resolver de una manera menos "radical", es decir, que están de acuerdo en los fines, pero no en los medios; con lo cual, implícitamente, están asumiendo y reproduciendo el mismo planteamiento victimista que las feministas. En segundo lugar, los votantes de la derecha liberal (hombres y mujeres) son liberales convencidos, que piensan que el hombre es un lobo para el hombre y que, por lo tanto, la explotación del hombre por el hombre (de la mujer por la mujer, de la mujer por el hombre o viceversa) es el sistema que más se ajusta a la naturaleza humana; por lo que no es necesario ningún tipo de manipulación emocional para vincularles con el sistema, y mucho menos montar un espectáculo tan dramático como es una huelga; su sadismo y resentimiento vital ya es suficiente para que abracen decididamente el capitalismo. En tercer lugar, el que este tipo de personas "prosistema" se muestren contrarias a la huelga feminista del 8 de marzo carga aún de más razones a los partidarios de la misma, pues, como bien saben los sociólogos, entre las masas, las emociones tienen mucho mayor peso que la razón, y el odio que unos sienten por los otros (totalmente justificado desde mi punto de vista, pues son dos tipos de carácteres humanos totalmente antagónicos), llevará a los izquierdistas a tratar de hacer lo contrario de lo que el derechista piensa, aunque este comportamiento irracional acabe favoreciendo en última instancia a su rival.

En definitiva, este absurdo enfrentamiento dialéctico entre las huelguistas feministas y la derecha liberal ("las mujeres deberían tener más oportunidades en el capitalismo" o "las mujeres ya gozan de esas oportunidades en el capitalismo") es muy útil para que el debate público no traspase unos límites y dé vueltas en círculos, impidiendo el cuestionamiento público de la explotación capitalista, de tal modo que socialmente se naturalice aún más.

Conseguir sacar adelante un tipo de huelga tan egoísta, insolidaria y burguesa como ésta, impensable hace 50 años, donde se ignora sin ningún complejo al 50% de los explotados y, en muchas ocasiones, se les coloca al mismo nivel que a los exploradores (o incluso por encima), sólo ha podido ser posible en un contexto en el que la clase obrera se encuentra totalmente desmovilizada, vencida y sin ideales, en lo cual ha tenido una gran responsabilidad todos aquellos que llevan ya décadas planteando propuestas exclusivamente posibilistas y de mínimos. Y es que el reformismo es la forma más segura de perder una batalla sin combatir, pues su bandera no es otra que la de la rendición y el entreguismo, y quienes la ondean, traidores. Se trata de una cuestión de pura lógica: cuanto más pequeños se hagan los esclavos, más grandes se harán los tiranos... pero no hay que olvidar que esta misma fórmula también funciona a la inversa. “El ser grande no consiste, por cierto, en obrar sólo cuando hay un gran motivo; sino en saber hallar una razón plausible de contienda, por pequeña que sea la causa, cuando está en juego el honor” (W. Shakespeare, Hamlet, Acto IV, Escena IV)

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