El guapo, el feo y el arquitecto

Yo creía que los Hermanos Calatrava eran una pareja hasta que vi el Palacio de Congresos de Oviedo

En mi niñez, los Hermanos Calatrava eran dos, el Guapo y el Feo, aunque con el tiempo la distancia estética entre ambos fue haciéndose más y más difusa hasta quedar apenas en una raya. La del pelo. Después, a medida que se iban aproximando, hubo quien los llamó el Feo y el Ex Guapo, o también, el Feo y el Menos Feo. En realidad, ni siquiera se apellidaban Calatrava, sino García Lozano (Manolo y Paco, respectivamente) y hubo un tiempo en que no paraban de salir por la tele, junto con una guitarra, e incluso protagonizaron unas cuantas películas, una de las cuales lleva el prodigioso título de El E.T.E y el Oto.

En realidad a quien se parecía Paco era a Mick Jagger —como una gota de Anís del Mono a otra— y en sus actuaciones en vivo nunca faltaba una imitación del famoso saltimbanqui, aunque la verdad es que Paco cantaba mucho mejor que Jagger a poco que se esforzara. El tiempo, que como siempre ha ido haciendo su silenciosa labor de zapa, limando a los dos hermanos hasta convertirlos en mellizos, al final ha terminado por atarlos a la tercera pata del banco, el arquitecto Santiago Calatrava, que no es que se parezca a Mick Jagger ni poco ni mucho, pero que levanta puentes con forma de arpa idénticos unos a otros, como los últimos discos de los Stones, y cuyas construcciones deberían llevar fecha de caducidad, como la nariz de Keith Richards.

Calatrava practica un nuevo tipo de arquitectura, lo que podría llamarse el “suspense arquitectónico”, es decir, que, aparte de la fealdad intrínseca del mamotreto, lo emocionante no es tanto contemplarlo sino saber que a lo mejor se cae a cachos encima de uno en el momento en que lo está contemplando. Hay edificios hechos para durar siglos, unos pocos han resistido incluso terremotos, pero Calatrava prefiere la arquitectura efímera, la que se resquebraja a los dos días de haber cobrado la factura. Y son facturas bien gordas, bien repletas de ceros a la derecha. En una web que creó Esquerra Unida (subtitulada “proyectos ruinosos y facturas sin IVA”) y que le ha costado una indemnización de treinta mil euros, se ve una foto del hacedor saludando a dos de sus principales mecenas, Francisco Camps y Carlos Fabra, mientras más abajo se detallan algunos de los principales logros  del arquitecto valenciano. Tan sólo la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia (en una de cuyas cubiertas ayer mismo se hizo público que han aparecido nuevas grietas y desperfectos) tuvo un sobrecoste de 625 millones sobre una inversión total de 1.100 millones de euros. Calatrava es que lo calcula todo, hasta el precio.

La fama de este artífice ha traspasado fronteras y ha llegado hasta Suecia, donde diseñó un rascacielos a rosca que no se decide entre el tornillo y el buñuelo y que acabó con los contratistas en la cárcel. Incluso le encargaron el primer puente que se ha alzado en Venecia en mucho tiempo, no se sabe bien si porque los venecianos están hartos del sambenito de vivir en la ciudad más bella del mundo y pretenden ahuyentar el turismo, o bien porque quieren acelerar unos cuantos siglos su definitivo hundimiento. Por la cantidad de costaladas que lleva contabilizadas el puente (otra marca de la casa del  genio valenciano) la primera opción parece la más probable. El Ayuntamiento de Venecia ya lo ha demandado por pasarse un poquito del presupuesto, aunque los que deberían pedir una indemnización son los Hermanos Calatrava, por daños y perjuicios a su nombre artístico.

Público.es

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