Montoro y la intimidad

Tras catorce años de pesquisas, el ministerio de Hacienda ha descubierto al fin que Pujol no jugaba limpio, sino que tenía un calcetín alternativo en Andorra donde iba acumulando los dineros de la familia

 

Lo ha dicho Montoro quien, para clavar esta magna lección de hipocresía, podía haber salido al parlamento con el quepis de gendarme de Claude Rains en Casablanca: “Qué escándalo, qué escandalo, he descubierto que aquí se defrauda”. La intervención del ministro hacendoso ha tenido lugar a plena luz del día, aunque cada vez que aparece en el hemiciclo una gigantesca sombra chepuda recorre las augustas paredes, como en Nosferatu. El vampiro de Murnau se deshacía ante la caricia del primer rayo de luz, pero Montoro es inmune al sol, a los hechos y a los ajos: “Los ciudadanos pueden estar tranquilos”.

No hay que preocuparse, en efecto. Si hemos necesitado catorce años para descubrir a uno de los 600 defraudores de la lista Falciani, y vamos a seguir a este ritmo, uno a uno, para el año 10.014 ya conoceremos los nombres de todos, siempre y cuando siga habiendo deslices en los bancos de Andorra, siga habiendo bancos en Andorra y siga habiendo Andorra. Tal vez en esa época Catalunya no sólo se haya separado de España, sino también de Europa siguiendo la deriva continental a través de la línea del Ebro. Ya que hablamos de películas de misterio, de intriga y de terror, es muy posible que lo único que quede de Pujol en ese futuro remoto es la célebre escena de Desafío total en que sale braceando del vientre de uno de los mutantes marcianos mientras susurra: “Señor Quaid, salve a Catalunya”.

La amnistía fiscal de Montoro, esa carta blanca para delinquir, le ha llegado tarde a Pujol y familia. El cual sólo cometió un único error en su largo coqueteo con el nacionalismo, el catalanismo y el españolismo: no afiliarse al PP, las únicas siglas que aguantan incólumes la lenta erosión de la Justicia. Quién iba a decirnos que en aquellos bucólicos días en que José Mari hablaba catalán en la intimidad, la intimidad llegaba hasta una caja fuerte en Andorra. A Pujol le ha ocurrido lo mismo que a Jennifer Lawrence, Kirsten Dunst y todas esas actrices famosas que habían colgado sus fotos en pelotas en las nubes informáticas: que, efectivamente, estaban en las nubes y en pelotas. Pujol es lo que comúnmente se llama un chivo expiatorio y con él matan no dos, sino tres o cuatro pájaros de un tiro. El Honorable no podía suponer que había un hacker al frente del ministerio de Hacienda decidiendo mostrar determinadas vergüenzas mientras sigue ocultando pudorosamente otras vergüenzas. Es como en aquella novela de Pérez-Reverte en la que el hacker era la abuela. “Que se publiquen los nombres de los 600 delincuentes, queremos ver todas las vergüenzas”, claman algunos diputados en un rapto de furor igualitario, pero no lo dicen en serio porque entonces se acabó la película. Al final Montoro va a tener razón: podemos dormir tranquilos.

Público.es

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