Economía española, economía pervertida

“La clase política española se ha convertido una despreciable ramera, una infame prostituta que sólo sirve a los intereses corporativos de codiciosos grupos económicos”

 

“Menos del uno por mil de los empresarios corruptos es descubierto y un porcentaje aún menor es finalmente procesado. Esta pactada impunidad sirve de estímulo para convertir la conducta delictiva en habitual y sistemática”

“Mientras los ilustres magistrados que aplican la justicia en España reciban su parte del botín, no cabe duda de que seguirán haciendo la vista gorda”

En términos comúnmente aceptados, y de una forma resumida, entendemos por economía la forma de administrar los recursos disponibles para satisfacer todo tipo de necesidades. Desde tiempos inmemoriales, el ser humano ha intentado evitar el hambre disponiendo de los recursos que le ofrece su entorno para resolver sus privaciones.

Desde esta concepción histórica, el objetivo de una economía eficaz es garantizar el bienestar general de la comunidad para la que sirve. Hay que dejar claro que, también desde tiempos inmemorables, el objetivo de toda economía era servir a la comunidad entera, no a un grupo específico de ciudadanos privilegiados.

Resulta, pues, aberrante que los dirigentes de cualquier grupo humano no sólo no estimulen una economía destinada a promover el bien común, sino que practiquen otra totalmente diferente: un sistema económico que perjudique a la mayoría para beneficiar tan sólo a una minoría dominante. Más incomprensible aún resulta entregar a esta minoría todos los recursos económicos y permitirle que genere una situación de miseria generalizada, colapsando completamente cualquier iniciativa social de desarrollo o comercio.

Desigualdad e insatisfacción

Desde que el mundo es mundo, dicen los adoradores del becerro de oro al que hemos bautizado con el nombre de capitalismo, el interés individual es el motor principal que mueve a los grupos humanos. La historia ha demostrado que cuando la codicia es el estímulo de cualquier sociedad humana, ésta acaba degenerando en un sistema desigual e insatisfactorio, tan disparatado como injusto.

De la misma forma, tampoco puede negarse que, desde que el mundo es mundo, este reparto desigual de los recursos ha generado resistencia, provocando revueltas y convulsiones muy serias. Por otra parte, y a la vista del caos social, político y económico que ha generado el capitalismo, la lógica más categórica apoya irremediablemente la hipótesis de que en el futuro se acabará imponiendo un reparto equitativo de los recursos. Otro asunto es cuánto dolor y sufrimiento están dispuestos a provocar los que se opongan a este imponderable cambio. La brutal guerra civil española fue un buen ejemplo de hasta dónde son capaces de llegar las clases privilegiadas para no perder su poder económico.

En lo que a España se refiere, la clase política encargada de administrar y repartir los recursos económicos, traicionando sus propios principios democráticos, ha dejado de servir a los intereses sociales de los ciudadanos que cada cuatro años la eligen para convertirse una despreciable ramera, una prostituta infame que solo sirve a los intereses corporativos de codiciosos grupos económicos. Un sistema así, trastocado hasta los extremos de degeneración política e institucional en que ha caído España, no puede recibir otro calificativo que el de “economía pervertida”.

La CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales) es, en teoría, el motor ideológico que debería estimular la economía en España. No cabe duda de cuáles son los modelos de los empresarios españoles contemporáneos: José María Cuevas y Gerardo Díaz Ferrán, sus dos últimos presidentes. Su delictiva y degenerada conducta ha dejado bien claro que la economía española está regida por una codicia sin límites, una codicia oficialmente arropada por el mismo rey de España, el no menos degenerado Felipe VI.

Privatización y saqueo de los bienes públicos

Como norma de actuación general, esta economía pervertida ha adoptado como sistema de financiación el saqueo de las clases medias y bajas. De esta forma, el sector social que hasta ahora había sido la savia imprescindible del sistema económico español, ha sido hundido en la miseria más humillante. El procedimiento de expoliar y privatizar todo tipo de riqueza pública, subastando bienes y servicios públicos a precios de saldo, ha arrebatado al ciudadano bienes sociales tan importantes como la Sanidad, la Educación o la Vivienda. Ya en manos privadas desde tiempo atrás, los bienes de consumo básicos como el agua, el gas o la electricidad se han encarecido hasta unos niveles que resultan inaccesibles para sectores de consumidores cada vez más amplios.

Esta economía pervertida, que a golpe de edicto fascista se impone España, tiene como único objetivo hartar la insaciable sed de codicia de las minorías privilegiadas. En un sistema así, lo que menos importa es el principio básico de producir bienes, ni menos aún que exista y funcione un mercado -más o menos libre- en el que practicar el intercambio.

Entre la clase empresarial española, producir bienes de consumo ha dejado de ser el origen de cualquier forma de lucro. Los escenarios en que los empresarios españoles consiguen ahora sus beneficios más sustanciosos no son la producción de bienes o el intercambio de recursos. Ahora estos escenarios son los círculos políticos, las entidades financieras y los insaciables bancos.

En otro orden de cosas, están las instituciones públicas y, sobre todo, los organismos de gestión del Estado. De lo que ahora se trata es de conseguir adjudicaciones fraudulentas, de recibir tratos de favor, de firmar contratos abusivos, de disponer de información privilegiada, de inventar ONGs que actúen como intermediarias de sustanciosos negocios, de saquear, ya sin ningún límite, el erario público... Además, tal y como los dos últimos caudillos de la CEOE han demostrado, los caminos de enriquecimiento personal más rentables que existen en España son los que se consiguen a través de medios ilícitos.

Empresarios transgresores

El fraude, la malversación de fondos, las comisiones bajo cuerda, el tráfico de influencias, la evasión de capitales, la apropiación indebida, la estafa a todo tipo de inversores… Estas son sólo algunas de las habituales formas de actuar de que hacen gala nuestros ilustres empresarios.

En su descarga, hay que decir que menos del uno por mil es descubierto y un porcentaje aún menor es finalmente procesado. Incluso entre los procesados, ni un uno por ciento llega a cumplir las penas a que son condenados. Esta pactada impunidad, esta abyecta forma de burlar la ley, sirve de estímulo más que suficiente para convertir la conducta delictiva que manejan en un comportamiento habitual y sistemático.

Las noticias que nos llegan sobre corrupción empresarial (especialmente en el sector bancario, con personajes como Miguel Blesa a la cabeza), son solo la punta del iceberg, el botón de muestra de un negocio vasto e inimaginablemente rentable. Resulta asombroso que en todos los casos de desaparición de inmensos capitales, los auténticos ladrones siempre evadan la cárcel. Mientras los ilustres magistrados que sirven a la justicia en España reciban su parte del botín, no cabe duda de que seguirán haciendo la vista gorda con los delitos de los empresarios.

Por supuesto que, junto al indispensable papel de jueces y funcionarios corruptos, la principal cómplice de esta pervertida casta empresarial española ha sido la clase política española. La galopante degeneración institucional que esta clase política ha promovido en los últimos años, ha sido una ayuda imponderable para los propósitos de los empresarios. Una tras otra, todas las instituciones y organismos de gestión del Estado han servido fielmente a los intereses empresariales, permitiéndoles convertir sus delitos en un modus operandi cotidiano.

Sin indicios de recuperación económica

No nos engañemos, un sistema así no tiene salida. Por mucho que el patético gobierno que propicia esta pervertida economía prometa, no existe indicio alguno de recuperación económica. Por mucha sumisión que muestre la clase obrera (con los sindicatos y su cómplice silencio a la cabeza), esta concepción de una economía pervertida tiene sus días contados.

Tampoco puede haber vuelta atrás, a los tiempos de la anhelada prosperidad económica, pues aunque los recursos no estén ni mucho menos agotados, quien los controla ha perdido la razón y los mantiene incomprensiblemente inmovilizados en inaccesibles cajas fuertes. El dinero, esa sangre vigorosa que alimenta a toda economía mínimamente sana, en España se está pudriendo ahora en manos de los bancos.

¿Hasta cuándo es posible que sobreviva un sistema tan falso, embaucador y esperpéntico? La respuesta es bien sencilla y no hay que haber estudiado en la universidad para adivinarla: la economía pervertida, la política depravada, el mismo sistema monárquico-absolutista que mantiene este insano status quo, sobrevivirán hasta que el pueblo que ahora guarda silencio tome las calles y las plazas, gritando bien fuerte: ¡Ya basta!

Tercera Información

 

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