Los intocables del PP

Azares y carambolas que se suceden entre la reacción de la justicia española y las acciones de un partido absolutamente al margen de la ley..., Bárcenas cerró la boca, se le quitaron las ganas de airear más listas de la compra

 

Hay ciertas concomitancias curiosas entre la película Los intocables de Brian de Palma y el PP de Mariano Rajoy. Creo que es la primera vez en mi vida que empleo el término “concomitancia”, en una columna o en cualquier otro texto hablado o escrito, pero no se me ocurre ninguna otra mejor para elucidar el aparato parapsicológico de coincidencias, azares y carambolas que se suceden entre la reacción de la justicia española y las acciones de un partido absolutamente al margen de la ley. El presidente de un país mandándole un mensaje de ánimo a un delincuente recién enchironado, el banquero impune que desarbola a un juez con sólo chasquear los dedos, la lideresa que se salta el código de circulación y atropella una moto por las bravas sin que se le menee la laca deben de ser concomitancias porque, si no, no se me ocurre qué puñetas pueden ser.

Al igual que en la película, donde Al Capone acababa entre rejas por desarreglos fiscales, el punto flaco de la trama mafiosa popular es el contable, o mejor dicho, la contabilidad. Hay algo enormemente cinematográfico en un partido cuya sede está financiada con dinero negro y cuya tesorería nace en un río de mierda en los bancos suizos y va a desembocar en prisión. Al contable, reacio a traicionar a la cúpula criminal, lo acojonaba Malone, el lugarteniente de Eliot Ness, reventando a un matón previamente difunto de un tiro en la boca. Con Bárcenas (quien ya había sacado a la luz documentos como para tirar abajo cualquier gobierno mínimamente decente en cualquier país reacio al esperpento) la escena funcionó al revés: un chalado con alzacuellos y pisotón inservible se presentó en su casa, amenazó a su mujer y a sus hijos, y de repente Bárcenas cerró la boca como si trincara un plomo con los dientes. Se le quitaron las ganas de airear más listas de la compra. Ante esta maniobra estrictamente familiar, Eliot Ness habría vendido la placa del FBI en una feria de antigüedades y se habría dado a la bebida para siempre jamás.

Capone intentaba eludir la condena comprando al jurado, una estrategia costosa e inane cuando lo más cómodo y barato, al menos en España, es alquilar al juez. Llega un momento en que Brian de Palma se les queda obsoleto y entonces se pasan directamente a Charles Bronson, a ese cine barriobajero y bigotudo donde la ley se impone a hostia limpia en los coches de choque, como Esperanza Aguirre en medio de la Gran Vía. “Yo soy la justicia” podía haber dicho la inefable lideresa después de un proceso donde el juez por poco le pide perdón. Aun así, si estos recursos habituales fallan, siempre queda la opción paranormal, que es la que suele escoger Cospedal para salir del paso cuando la realidad no deja otra salida que la simulación en diferido, la fantasía a lo Walt Disney o la ciencia-ficción. Resulta que el tesorero del PP no era realmente del PP, que la caja B del PP tampoco era del PP y que el PP ya no tiene nada que ver con el PP. “En ocasiones veo muertos” es el epígrafe de cada una de las comparencencias de esta buena mujer, que no utiliza una pantalla de plasma por no hacerle la concomitancia a su jefe. Cuando la justicia la obligó a readmitir a los interinos que había puesto de patitas en la calle, Cospedal restauró el status quo volviéndolos a poner de patitas en la calle, siguiendo el sagrado principio legal según el cual no se puede juzgar dos veces por el mismo delito. Al lado de esta gente, los intocables de Eliot Ness son una mierda pinchada en un palo.

Público.es

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