Casado, Cazado … y ¿Cesado?, o el precio de la desmemoria

 

Si un político no sabe si fue a clase para hacer un máster, la sociedad debería pensar que tal político no tiene aptitudes ni dignidad para poder presentarse a dirigir un partido y, menos, el país.

 

La cantidad de argumentos y justificaciones que ha ofrecido Pablo Casado por su discutido máster y están ofreciendo también, con el fin de sostenerle y exculparle, distintos líderes del PP (Teodoro García, secretario general, Javier Maroto, Vicesecretario de Organización, Dolors Montserrat, portavoz parlamentaria, Marta González, vicesecretaria de Comunicación…), denunciando “un encarnizamiento y una cacería” contra su presidente, ni son consistentes ni se fundamentan en verdad; están recurriendo a argumentos inverosímiles, probablemente falsos y notoriamente ridículos. El propio Casado se defendió en una precipitada rueda de prensa diciendo que “hizo las cosas correctamente y que su partido tiene unas normas que establecen en qué casos hay que asumir responsabilidades y que en este caso no se cumple ninguna de ellas”; ha negado que su máster pueda ser considerado un regalo, ha descartado dimitir afirmando que lo que le han hecho a él no se lo han hecho a nadie en este país. Ha repetido el soniquete “Cifuentes”: ¡No me voy; me quedo!”

Tampoco consiguió disimular su enfado y malestar en Colombia al ser preguntado por los periodistas acerca del supuesto escándalo de su máster, del que el Tribunal Supremo va a tener que decidir si abre o no una investigación a raíz de la exposición razonada que ha enviado la magistrada Carmen Rodríguez-Medel; la jueza considera que existen indicios de responsabilidad penal en la obtención de dicho máster en la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) de Madrid. En cambio, Javier Maroto, al que se suman otros líderes del núcleo cercano a Casado, manifiesta sin pudor, con una estrategia de utilizar argumentos falsos y contra toda lógica y evidencia, que “estamos ante un caso en el que la jueza no ha encontrado ningún delito y no lo ha podido imputar porque no existe”.

La portavoz parlamentaria, la popular Dolors Montserrat y la vicesecretaria de comunicación Marta González, han denunciado, asimismo, “una persecución y cacería” contra el presidente de su partido, cuando ha ofrecido ya todo tipo de explicaciones sobre su máster; utilizan la misma línea argumental que utilizaron con Cristina Cifuentes: “Es una víctima”. Es la actualización de aquel mantra de Rajoy: “no es una trama del PP es una trama contra el PP”, una conspiración contra Pablo Casado, víctima de un sistema cruel y perseguido por los medios de comunicación, la opinión pública y la justicia. Hace días lo decía Marta González en Radio Nacional: “no hay caso Pablo Casado; y si lo hay, afecta a un Instituto Universitario en el que, quizá, no se hacían las cosas de la manera más correcta”; repiten, sin pudor y machaconamente, que “ha salido a dar la cara ante los españoles”, recordando que lleva cuatro meses aportando toda la documentación y recalcando que “Casado ha sido claro y transparente siempre, enseñando incluso sus trabajos”; a su vez, han criticado que no se esté aplicando la misma vara de medir con dirigentes de otros partidos. Con parecidos torcidos argumentos se han sumado la diputada popular segoviana, Beatriz Escudero y el portavoz adjunto, Jaime de Olano, subrayando que hay mucho interés por acabar con él por parte de algunos. ¡Pero no podrán! ¿Es esto normal? -se preguntaban-. Aunque no existiera delito por no haber hecho los trabajos en 2008, el mismo hecho de mentir inhabilitaría al señor Casado para al cargo que aspira: ser presidente del gobierno.

En El libro de los abrazos, Eduardo Galeano escribía: A la casa de las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían llenas de ganas de ser elegidas… Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían y también buscaban palabras que conocían y que habían perdido”. Al partido popular, y a muchos que le defienden, habría que recordarles lo que afirmaba Galeano: “o eliges la palabra precisa o es mejor el silencio”. Remedando alguna de las anteriores frases de Galeano, en lugar de poetas, se podría decir: los populares, para justificar el doloso máster de Casado, andan en busca de argumentos y palabras que no conocen ni practican y buscan argumentos y palabras que sí conocen, pero que han perdido u olvidado: ética, verdad, transparencia, claridad, memoria y dignidad”.

¡Cuánta desmemoria está soportando este país en los actuales momentos! ¡Qué peligro tiene el riesgo de caer en el olvido negando el pasado! Es urgente recobrar la memoria. Conviene recordar a Pablo Casado lo que dijo en sus primeras declaraciones en plena efervescencia del “caso Cifuentes” en abril pasado: no recuerdo si ha ido o no a clase en la URJC ni recuerdo tampoco cómo he conseguido el máster. ¡Vergonzoso! Simplemente con que un líder político dijese la frase que no recuerda si fue a clase o no, ya debería ser suficiente para que su carrera terminase en ese mismo instante. Si un político no sabe si fue a clase para hacer un máster, la sociedad debería pensar que tal político no tiene aptitudes ni dignidad para poder presentarse a dirigir un partido y, menos, el país.

Cuando saltó la noticia, intentando atajar de raíz las informaciones, convocó un encuentro con periodistas en la sede de Génova 13; exhibió en abanico los trabajos que, según su alegato, había presentado durante el máster y sirvieron para sacar el título; los periodistas presentes pudieron ver por fuera las carátulas de los mismos, pero no ojearlos por dentro. A día de hoy, y sólo a instancias judiciales, a cuestas con el “siempre socorrido tema del ordenador”, se ignora la fecha en que tales trabajos fueron realizados; pero es una verdad fácil de comprobar. Es cierto que Casado está en posesión de un máster, del que ahora dice que no le vale para nada; pero también es cierto que las condiciones con las que lo obtuvo no están suficientemente aclaradas. Admitió que nunca fue a clase y que solo tuvo que sacar cuatro de las 22 asignaturas del programa, gracias a la convalidación de las otras 18. Recalcó que, cuando obtuvo el máster, era “solo un estudiante anónimo, veinteañero”; con desmemoria, y a conveniencia, olvidó decir que ya entonces era diputado en la Asamblea de Madrid y presidente de Nuevas Generaciones de su partido.

En las derechas españolas, en general, también en la izquierda, hace muchos años que se ha establecido y se han atribuido un “status” particular de funcionamiento personal bastante insólito; sin ser conscientes de que uno de los primeros efectos es la desafección ciudadana por la política y los políticos, aunque parece importarles poco. Los principios de ética, dignidad, honestidad, reconocimiento de errores, asunción de responsabilidades, comportamiento cívico…, parece que para ellos no existen, ni les preocupa, hasta dar la impresión de que no pertenecen al ideario de los políticos ni de sus partidos. No se trata solo de cinismo, hipocresía o doble moral habitual en la lucha o pelea partidista; se trata esencialmente de un comportamiento amoral, carente de valores y dignidad. Con el paso del tiempo, lejanos ya los inicios de ese entusiasmo constitucional del 78, recobrada la democracia, con la pérdida de la memoria, se han ido olvidando los valores asociados a la misma.

El “caso Casado” y la inexplicable defensa acrítica del PP, difundiendo falsas y contradictorias informaciones, añadidas a las sombras de la Universidad Rey Juan Carlos, con rectores y catedráticos (máximas jerarquías de los valores universitarios) incluidos, son muestra fehaciente de la gangrena moral que asola a los políticos, a las instituciones y a buena parte de la sociedad civil, que acepta y asume esa indignidad como un código inevitable, sin darse cuenta del abismo a que nos conduce. En esa “búsqueda de las palabras que conocían y que habían perdido”, que señalaba Galeano, no se puede olvidar que el pasado 21 de julio, en su XIX Congreso, el Partido Popular eligió a Pablo Casado como nuevo presidente. Ya entonces se conocía el “affaire del máster Casado”. Esas acusaciones ya estaban en marcha antes de su elección: pero prefirió huir hacia adelante como así lo prefirieron los compromisarios, con la esperanza -tenían sobrada experiencia de impunidad-, de que la juez no se atrevería a elevarlo al TS. En esta coyuntura política difícil para los populares, no es honesto sentirse descolocados, apelando a conspiraciones victimistas, persecuciones judiciales y periodísticas y tramas políticas… Se compadece mal y resulta contradictorio que un partido que ha tenido la larga experiencia de gobernar el país, ante la actuación independiente de la justicia, se sienta perseguido por la misma. Debe estar claro que cuando hay indicios de responsabilidad penal, hay que llevarlo hasta las últimas consecuencias, ya sean políticos los investigados o no.

Como comentan indignados muchos jóvenes estudiantes, no es justo ni ético que ellos inviertan seis o siete años en obtener un grado o carrera y un máster, pagando miles de euros por ello, con la obligación de asistir a clase en la mayor parte de las asignaturas y enterarte, después, que un dirigente político, habiendo tardado siete años en sacarse media carrera en la Universidad Pontificia de Comillas, cursando ICADE, solicitase en julio de 2004 el traslado de su expediente para cursar la licenciatura en Derecho en el Centro de Enseñanza Superior Cardenal Cisneros (CESCC), adscrito a la Universidad Complutense de Madrid y obtuviese el título, a toda prisa, el 70% de la carrera en apenas dos años (2006/07), siendo diputado de la Comunidad de Madrid; que posteriormente obtuviese un máster en el Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos, en el que (según revelan las investigaciones de eldiario.es), se había instaurado un sistema para obtener títulos por la vía fácil a cambio de engordar al propio instituto, sin asistir a clase, con 92 páginas totales en 4 trabajos y sin esfuerzo alguno. Y concluyen y se preguntan los estudiantes, con indignación evidente: ¿Puede alguien, con dos dedos de vergüenza, no ver una anormalidad y una afrenta manifiesta en todo esto? ¿En serio?

De un partido y de alguien que pretende gobernar España se debe esperar que sea honrado y consiga sus objetivos, gracias a su esfuerzo y buen hacer”. Como ordena el RD 56/2005, de 21 de enero, por el que se regulan los estudios universitarios oficiales de Posgrado y se establecen los procedimientos que garantizan que la oferta de estas enseñanzas y títulos oficiales responda a criterios de calidad, un máster es para aumentar los conocimientos adquiridos en las distintas asignaturas de la carrera, no para convalidarlas; en el Artículo 2, expresamente se ordena que “los estudios oficiales de Posgrado -un máster lo es- tienen como finalidad la especialización del estudiante en su formación académica, profesional o investigadora y se articulan en programas integrados por las enseñanzas conducentes a la obtención de los títulos de Máster o Doctor”.

Casado ha tratado de vincular la investigación judicial con una suerte de campaña contra él, pero olvida que la jueza comenzó a interesarse por su máster cuando Rajoy era aún presidente del Gobierno y él un diputado

Olvida el señor Casado, y con él, cuantos le intentan blindar frente a las justas críticas que se le hacen, lo que él mismo proclamó en una Asamblea del PP, en 2008, año en el que le convalidaron 18 asignaturas: “Nosotros apostamos por una cultura del esfuerzo en la que prime una educación de calidad y no la mediocridad”. Por su extenso CV, que expone en su perfil en el Congreso de los Diputados, no parece que sus títulos, su máster y sus “múltiples sobresalientes” los haya conseguido con mucho esfuerzo y notable excelencia. Según estos criterios, ¿es razonable, pues, convalidar 18 de un total de 22 asignaturas? La excelencia y la cultura del esfuerzo, tan cacareada en la LOMCE y querían aplicar a los alumnos, ¡qué mal se la aplican a ellos! Aceptar sobresalientes quienes no han dado un palo al agua, degrada a quienes se permiten semejante irresponsabilidad y también a quienes los aceptan.

Tampoco debe olvidar el señor Casado, ante su afirmación de que “en absoluto me he planteado dimitir” en la última rueda de prensa antes de partir a Colombia, que el PP madrileño establece, como causas de renuncia al cargo “ser investigado formalmente por delitos de corrupción”; “cooperar (...) con la finalidad de cometer fraude fiscal, blanqueo de capitales, delitos económicos, delitos de corrupción o cualquier otro delito contra la Administración Pública; “dar, ofrecer, aceptar o solicitar regalos, favores, donaciones, invitaciones, viajes; “forzar o facilitar oportunidades de negocio”; e “incurrir en una falta grave de ejemplaridad”. ¡Pues a ver cómo lo conjuga! Porque la idea de regalo es esencial en este debate; y con la idea de regalo y ejemplaridad, la introducción de una distinta vara de medir a los alumnos que en un momento dado pretendían conseguir un máster en la URJC. El hecho cierto es que Pablo Casado se ha beneficiado de una red corrupta que facilitaba títulos académicos a cambio de prebendas con determinadas administraciones y, en este caso, beneficiando a destacados militantes y jóvenes promesas del Partido Popular. Otra cosa es si se han cometido delitos; para dilucidarlo está la justicia, que funciona con independencia; y ésta no acaba porque lo digan Pablo Casado o los líderes que le sostienen. Casado ha tratado de vincular la investigación judicial con una suerte de campaña contra él, pero olvida que la jueza comenzó a interesarse por su máster cuando Rajoy era aún presidente del Gobierno y él un diputado.

Si el señor Casado estuviese convencido y tuviese “la prueba del nueve” de su inocencia, lo tendría muy fácil. En sus manos está aportar las explicaciones que aún no ha dado y le ayuden a despejar las razonables y serias sombras que enturbian su prestigio personal sobre determinadas prácticas académicas. Es más fácil demostrar que existen esos trabajos y que se han realizado en el tiempo y forma que dice, que lo contrario. La existencia de “motivos previos”, las “sospechas fundadas” la cantidad de evasivas y coartadas improbables dadas, ni le avalan ni le son propicias. A estas alturas de la tecnología informática y sus posibilidades que todos conocemos, ¿quién no guarda o archiva, aunque cambie de ordenador, todos los archivos de los artículos y trabajos que ha realizado?

El argumento televisado de exponer sobre una mesa los 4 trabajos que dice haber entregado en su momento (2008), pero sin dejar ojear su contenido ni el tiempo de su realización, no deja de ser, para los que somos mal pensados, una mala coartada que reafirma lo que dice la investigación judicial: arrojar graves dudas sobre su verdad. Las fortísimas sospechas fundadas de mentir, y todo apunta a que existen, desde el punto de vista de la ética política, son socialmente “motivos previos suficientes” y “causas probables” que dan un sustento más importante que su presunción de inocencia desde la legalidad jurídica. Nadie le niega su derecho a mantener como principio “su presunción de inocencia”; pero tampoco puede alegarlo contra la lógica de la razón, aplicable también a la ética política. Es evidente que, a más sospechas fundadas de que él miente, menos garantías tenemos los ciudadanos de su presunción de inocencia.

Concluía hace dos días el nuevo presidente popular ante la prensa: “He dado suficientes explicaciones y no voy a hablar más”. Muchos ciudadanos creemos que, tal vez, Pablo Casado tendrá que dar, y muchas explicaciones, en sede judicial.

 

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