Carmen Montón pierde el ojo

 

Existe un gran pesimismo sobre el futuro político de la ministra de Sanidad, Carmen Montón, a cuenta de su máster de Estudios Interdisciplinares de Género organizado por el mismo instituto de la Universidad Rey Juan Carlos que los de Pablo Casado y Cristina Cifuentes. Si hubiera que establecer un ‘parte médico’ del estado de la ministra tras las informaciones de eldiario.es y las explicaciones de la afectada podría decirse aquello de que la operación ha ido bien pero el ojo lo pierde.

Es admirable el ansia de conocimiento tan particular de algunos de nuestros representantes públicos para los que el saber parece no haber ocupado mucho lugar ni en sus estanterías ni en sus neuronas. De hecho, en los tres casos citados se ha escuchado el mismo argumento sobre los másteres, a los que han juzgado inútiles para sus posteriores trayectorias profesionales. En resumen, han pagado por un título que no les ha servido para nada y ni siquiera han asistido a clase para empaparse del conocimiento de sus cátedros o lo han hecho de manera testimonial. Resulta inevitable preguntarse entonces para qué demonios se matricularon.

A expensas de que se dilucide si se falseó el expediente de las notas de Montón para convertir en aprobado un no presentado y legalizar así su trabajo de fin de máster –lo que explicaría que su diploma se fechara al año siguiente del curso-, lo más tronchante del caso ha sido su incapacidad para determinar dónde tenían lugar las clases a las que dice que acudió, ignorancia que según la actual ministra se debía a que no tenía carnet de conducir y siempre la llevaban en coche o iba en taxi. ¿Qué le diría esta mujer al taxista? ¿Cómo averiguaría el conductor que el lugar correcto era Vicálvaro y no Móstoles, como Montón dijo primero a los periodistas que le preguntaron? ¿Por qué el sector del taxi no utiliza esta anécdota para demostrar su absoluta superioridad frente a sus competidores de Uber o Cabify?

Ha habido quien se ha ocupado de resaltar las diferencias entre el máster de Montón y el de sus colegas del PP cuando lo relevante son las semejanzas. La principal es que todos ellos fueron organizados por el mismo Instituto de Derecho Público de la Rey Juan Carlos, del que puede afirmarse que, en realidad, era algo muy parecido a una de esas máquinas de vending que en vez de café, refrescos o sándwiches de atún y queso expendía diplomas a precio fijo para alegrar y vestir el gotelé de las paredes.

La especialidad de este Instituto no ha sido preparar a los alumnos sino satisfacer a sus clientes, especialmente si entre ellos se encontraban políticos ansiosos por adornar sus currículos y mostrar a propios y extraños la sólida preparación que poseían y lo autorizadas que eran sus voces.

¿Irregularidades? Las habría, pero siempre imputables a la Universidad, que no se va a poner uno a mirarle los dientes al caballo que te envuelven en papel de regalo. ¿Trato de favor? Seguramente, aunque los beneficiados siempre lo eran a su pesar ya que se limitaban a seguir las instrucciones y directrices del centro. ¿Que lo que debían ser cursos presenciales lo eran a distancia? ¿Que te calificaban con sobresalientes asignaturas impartidas por profesores a los que no tenías el gusto de conocer? ¿Que te aprobaban materias a las que no te habías presentado o te convalidaban otra sin ni siquiera pedirlo? Inexplicable, oiga. Montón, y antes que ella Casado y Cifuentes, fueron brutalmente castigados con privilegios que no habían solicitado.

Lo que sí distingue a la ministra de sus colegas es haber sido capaz de exhibir una carpetilla de 50 folios que, según parece, constituye su trabajo final de máster. Sería bueno que su tesina sobre la reproducción asistida se pusiera a disposición de la opinión pública para que se evaluara el nivel académico alcanzado por Montón y se despejaran las dudas creadas, aunque probablemente la humildad de la titular de Sanidad y su deseo de no apabullar al personal con su ciencia no lo harán posible.

El futuro de Montón en el Ejecutivo está en manos del presidente, aunque ya empieza a comentarse en corrillos que su situación es insostenible y hasta es posible imaginarla suspendida en el alambre y rogando para que amaine el viento, que es muy puñetero. A sus plegarias se ha unido Casado, que es todo comprensión por su calvario. Eso sí, el ojo se ha perdido.

https://blogs.publico.es/escudier/2018/09/11/carmen-monton-pierde-el-ojo/

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