Delgado y Villarejo

 

Considero inadmisible que una conversación privada, grabada subterfugiamente con perversas intenciones, sea empleada por un chantajista para desestabilizar a un gobierno

 

Por más que lo pienso, no encuentro ningún contenido en las grabaciones a la ministra Delgado que justifique su dimisión, máxime cuando está siendo sometida a un chantaje (ella y el Gobierno) por parte de un corrupto.

En cualquier reunión privada es normal utilizar un lenguaje coloquial, tanto si se es un personaje de relevancia pública como un anónimo ciudadano. Tanto es así que, si saliera a la luz pública cualquier conversación privada de cualquier ministro de cualquier gobierno de nuestra reciente democracia, y se difundiera descontextualizada y con malévola intención, nadie quedaría a salvo de cumplir los criterios que desde la feroz oposición de Rivera y Casado se esgrimen como causa inmediata de cese o dimisión.

Considero inadmisible que una conversación privada, grabada subterfugiamente con perversas intenciones, sea empleada por un chantajista para desestabilizar a un gobierno.

Vamos a ver, ni pretendo justificar que la ministra de justicia llamara a alguien ‘maricón’ en su ámbito privado, o que comiera o cenara con un personaje (entonces respetable, reconocido y condecorado) que con el tiempo acabaría en la prisión por la causa que fuere.

Me importa tan sólo que se contemple objetivamente cuál fue el lugar, la ocasión y el momento (hace nueve años) en que se produjeron unas declaraciones que cualquier mortal está expuesto a hacer, y hacerlo con todo el derecho del mundo en base a la privacidad de cada cual.

Consideremos que el mismo individuo que en su día grabó una conversación privada en un restaurante y sin consentimiento de los comensales, era entonces un honorable ciudadano al que el Gobierno concedió aquel año una medalla, un ciudadano ilustre con quien la entonces fiscal de la Audiencia Nacional, fue a comer a un en compañía de otras personas. Y punto.

Me resulta comprensible que, en cierto modo, la reacción inmediata, y definitiva, de la ministra fuera negar, hace unos días, cualquier nexo de unión con el corrupto Villarejo, siendo que el hombre con quien comió nueve años atrás, no lo era para ella ni tampoco a los ojos de la opinión pública.

No obstante, entrar en sutilezas interpretativas se escapa de mi intención, que no es otra más que repudiar cualquier actuación que allane el camino de la difamación a un PP rabioso por haber perdido el poder, y un Ciudadanos desesperado por conseguirlo al precio que sea.

Del mismo modo, ahora que por fin la izquierda ha llegado a un acuerdo para gobernar, considero que la primera reacción de Pablo Iglesias no debería haberse alineado con la obsesiva exigencia de ceses y dimisiones que proclama la derecha (por motivos infinitamente inferiores en gravedad a los que el PP siempre perdonó a sus corruptos), ni tampoco ayudar al PP y C´s en su intento de acabar con Pedro Sánchez y su gobierno.

Iglesias debería haber sido más prudente al acusar a la ministra Delgado por su "amistad con una persona de las cloacas", cuando nadie consideraba así a Villarejo el día en que se celebró aquella comida hace nueve años.

Estoy seguro de que no es esa su intención, pero sin quererlo, Iglesias está favoreciendo a Casado, a Rivera, a perversos como Inda, e incluso al propio Villarejo. Al menos este jueves ha clarificado que aunque la ministra no dimita no condicionará los acuerdos con el gobierno. 

Dejémonos de hipocresías y seamos serios, pues sólo por utilizar la palabra “maricón” (u otra similar) en una conversación privada, tal vez todos tendríamos que dimitir de lo que fuera que estuviéramos haciendo o desempeñando.

¿Aguantaría alguien de los que están leyendo estas reflexiones, ser cuestionado por lo que pudo decir en una comida o cena con colegas nueve años atrás? 

https://www.nuevatribuna.es/opinion/alberto-soler-montagud/delgado-y-villarejo/20180927110028155984.html
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