Hacia otra Política de Fronteras (III)

 

Viñeta: Marian Kamensky

 

"...una tarde, mientras viajaba en tren. Entró una mujer esmirriada, de tez morena, que, con un acordeón destartalado, hacía sonar una música lúgubre. Sobre su pecho llevaba colgado un cartel donde explicaba que había tenido que escapar de Rumania. Escuché su melodía, y me detuve a observar a esa mujer sin patria y sin hogar, sin importar si provenía de Rumania, de Bosnia o de la ex Yugoslavia. Era únicamente un ser errante, como los miles de refugiados en el mundo, o los sin Tierra de Brasil, o los que desesperadamente intentan huir de la desvalida Albania. Una entre los millones cuya intemperie nos hace responsables. Son aquellos que desconocen ideologías o estadísticas sociológicas, pero que saben bien que ellos no cuentan en la historia. Cuando ya se alejaba hacia el siguiente vagón, me encontré con la mirada triste de una chiquita que cargaba sobre sus espaldas. Me hizo pensar en lo que está sucediendo: mundo que parece marchar hacia su desintegración, mientras la vida nos observa con los ojos abiertos, hambrientos de tanta humanidad"

Ernesto Sábato (“Antes del fin”)

 

Hablábamos en nuestra entrega anterior sobre la naturaleza migrante del ser humano, pero también sobre cómo a partir de un momento histórico determinado, las causas naturales son añadidas a las causas creadas por el hombre. Y en primer lugar de todas ellas, las guerras. Y es que las guerras, quizá la peor catástrofe no natural, han sido desde siempre un factor determinante para las migraciones humanas. El saldo actual de migrantes forzosos debido a las guerras es ciertamente descomunal. Y a pesar de que en nuestro mundo actual globalizado y altamente tecnológico las distancias son más cortas que antaño, y las comunicaciones y medios de transporte están más desarrollados que nunca, la tragedia humanitaria que estas migraciones suponen no se ha achicado ni un ápice. Y es que bajo estas situaciones de migración forzosas se huye por una imperiosa necesidad de supervivencia. Pero también se huye de la pobreza. Hoy día se les viene denominando "migrantes económicos" a aquéllos que lo hacen en base a circunstancias vitales que les exigen explorar otros mundos que les ofrezcan posibilidades de realización, pero también de supervivencia ante un mundo empobrecido, sin oportunidades. Como sabemos, el sistema capitalista mundial crea auténticos guetos de pobreza y de exclusión, a la vez que crea unos pocos focos de prosperidad, que disparan las desigualdades, marginando brutalmente a las mayorías sociales. Tanto las guerras como la pobreza destruyen el hábitat donde convivían pueblos, comunidades, tribus e individuos, donde formaban sus familias, donde obtenían sus medios de producción, donde satisfacían sus necesidades. 

 

Un mundo que se derrumba poco a poco, y que lleva a estas personas a situaciones de desesperación vital que les conducen a tener que tomar decisiones drásticas y terribles. No habiendo opciones ni oportunidades en sus países de origen, a estas enormes masas de población no les queda otro remedio que buscar su bienestar en otras tierras, con otras gentes, en otras culturas. A veces cientos, otras veces miles de kilómetros separarán esa nueva tierra prometida, donde podrán insertarse en una nueva comunidad, y alcanzar la prosperidad soñada. Una ruta peligrosa, una odisea implacable, unos inconvenientes de todo tipo (religiosos, culturales, idiomáticos, racistas, etc.) tratarán de impedir que la aventura llegue a buen puerto. Pero el impulso vital de estas gentes, por propia naturaleza humana, por propio instinto de supervivencia, les empuja a intentarlo. Al menos, a intentarlo. Las penurias que deben pasar los migrantes en su marcha hacia la supuesta salvación son enormes, despiadadas. Los inconvenientes y problemas, numerosos y terribles. Las consecuencias, muchas veces, nefastas e irreversibles. Pero a ellos y a ellas, mujeres, niños, ancianos, hombres, a veces familias completas, sólo les guía el horizonte de la salvación, el objetivo de la felicidad. La pesadilla del viaje de estos migrantes se torna un reto difícil de superar. Y luego, si es que pueden sobrevivir a condiciones extremas y logran poder ingresar a sus "islas de salvación" (en expresión de Marcelo Colussi), su estancia allí, en general en condiciones de irregularidad, aumenta aún más si cabe esa pesadilla que parece no acabar nunca. Y como expresábamos ya en la parábola que exponíamos en nuestra entrega anterior, son precisamente estos países de destino (Estados Unidos, Canadá, Japón, países europeos...), los que provocaron su huida (debido a las situaciones de guerras y pobreza creadas por ellos mismos), los que les hacen la vida más difícil en cuanto consiguen llegar, si es que llegan. 

 

Bien, todo este penoso relato nos trae, de entrada, dos grandes interrogantes. El primero tiene que ver con la exigencia de un mejor trato hacia los migrantes por parte de esos países de acogida. Tenemos una base legal y una base moral para exigirlo. La base moral y ética se sitúa en la propia humanidad. La base legítima y legal descansa en los múltiples y diversos tratados y convenios que rigen el derecho internacional humanitario, y en general, las proclamaciones sobre derechos humanos. Pero aún tenemos un segundo interrogante que enlaza con el primero. Porque la verdadera y principal pregunta que hay que hacerse es...¿Por qué? ¿Por qué ocurre todo esto? ¿Por qué hay millones y millones de migrantes que escapan de sus países de origen forzados por las guerras o por la situación económica? La cuestión no es tanto solicitar un trato digno y una plena integración en los países de acogida (que también), sino plantearse por qué necesitan estas personas escapar, y ser capaces de solucionar el problema de forma radical, es decir, atendiendo a su raíz primigenia. Ni una cosa ni otra están en la mente de nuestros perversos gobernantes. Lejos de abordar el problema de una forma radical y humanitaria, las migraciones son objeto de políticas despóticas, erráticas e inhumanas, que en vez de solucionar progresivamente el problema, y reducir el fenómeno paulatinamente, contribuyen a enconarlo cada vez más, y a convertirlo en una realidad abominable. Marcelo Colussi ha expresado el cinismo institucional que reina en este campo en los siguientes términos: "En vez de quedarnos con la lamentación y victimización del migrante, ¿por qué no denunciar con la misma energía la injusticia estructural que los fuerza a migrar? Pedir que los países de acogida los legalicen no está mal. Pero ¿por qué no trabajar denodadamente para lograr que nadie tenga que migrar en esas condiciones, porque su país de origen no le brinda las posibilidades mínimas de sobrevivencia?".

 

En solucionar todo ello deberían estar nuestros líderes políticos, pero en cambio, sus posiciones, propuestas y actitudes se sitúan en la intolerancia más torticera, en la intransigencia más aberrante, y en la ignorancia más abismal. Y por supuesto, en la cobardía más extrema. Porque si alguien, cualquier persona, tiene que salir huyendo de su sociedad natal porque ésta no le ofrece posibilidades para una vida digna, o porque sufre persecución o porque han destrozado su entorno vital o porque el único horizonte que le espera es la pobreza y el hambre, es precisamente en solucionar estos problemas donde hay que trabajar para cambiar esa injusta y deplorable situación. Esa triste realidad, y no otra, es la que empuja cada año a varios millones de personas en el mundo a emprender una odisea vital de incierto futuro. Pero nosotros, este mundo occidental "libre y civilizado", rico y poderoso, sólo vemos el dedo y no la luna. Vemos el problema únicamente cuando nos estalla en las narices, sin ser capaces de tener la mínima empatía para colocarnos en la piel de esas personas que cada día se ven obligadas a migrar. Como demostró un estudio de la Universidad de Middlesex publicado en 2015, citado por Alberto Piris en su artículo "Los refugiados de guerra" de su propio Blog, más del 80% de los migrantes del mundo lo son porque huyen de las guerras. Es muy fácil lavarse las manos y descargar nuestras culpas en dichas situaciones, pero en la inmensa mayoría de las ocasiones, esas situaciones las hemos provocado nosotros, es decir, nuestro mundo "libre y civilizado" de Occidente, y del norte. Somos nosotros los responsables. Nosotros hemos destruido, seguimos destruyendo, su mundo. Y vienen a nosotros, a nuestros países, cuando ya no tienen otras alternativas vitales. Hemos destruido sus ciudades, su hábitat, sus negocios, sus infraestructuras, sus servicios públicos, sus vías de suministro, y hemos saqueado y expoliado sus recursos naturales. 

 

Otras veces hemos provocado sus guerras simplemente porque no nos gustaban sus gobernantes, porque eran líderes "peligrosos" para el capitalismo globalizado, porque sus sistemas económicos amenazaban esa tan ansiada globalización capitalista. Hemos derrocado sus gobiernos, o hemos provocado guerras tribales, o guerras religiosas, o hemos fomentado los odios y venganzas entre las diversas facciones de su sociedad. Y esas guerras traen inevitablemente nuevos refugiados, obligados a elegir entre morir por efecto de la guerra, o ahogarse en el mar cuando huyen de ella y son rechazados en las fronteras europeas, o estadounidenses. Según Amnistía Internacional, entre 2007 y 2013 la Unión Europea invirtió casi 2.000 millones de euros en militarizar y cerrar sus fronteras, pero solo 700 millones en mejorar los sistemas de acogida y auxilio a los refugiados. De esto es de lo que son capaces nuestros ineptos gobernantes. De esta forma, la crisis migratoria continuará y los métodos aplicados hasta ahora han demostrado ser inútiles e inhumanos. Por eso, necesitamos otra política de fronteras. Una política que parta de un análisis de diagnóstico correcto de la realidad, pero que también ponga como norte la visión humanitaria del fenómeno. Los migrantes son personas. Salvar migrantes implica salvar vidas humanas. Integrar a estas personas en nuestra sociedad es una responsabilidad cívica, ética y moral. Intentar que no tengan que huir de sus países de origen es una responsabilidad política y humanitaria. Necesitamos urgentemente un cambio de posición, un cambio de actitud, un cambio de políticas, un cambio de visión. Necesitamos un enfoque diferente que acabe con tanto cinismo moral e institucional. Continuaremos en siguientes entregas.

Viñeta: Marian Kamensky

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