Hacia otra Política de Fronteras (VII)

 

Hacia otra Política de Fronteras (VII)
 

 

"Si el Mediterráneo (…) se convirtió en una “enorme fosa común”, es porque las políticas desarrolladas por la UE y por los Estados miembros intentan cerrar herméticamente las fronteras de un espacio considerado por los inmigrantes como su única esperanza de supervivencia"

Dominique Guibert (Presidente de la Asociación Europea de Derechos Humanos, AEDH)


Tres pilares básicos soportan todas las injusticias y crueldades sobre las que se proyecta nuestra política de fronteras europea, que son la militarización de las mismas, las leyes de asilo, y las políticas de detención, retención y deportación que practicamos. En el fondo, como ya hemos afirmado en anteriores entregas, nos guía una falta de respeto absoluto y un incumplimiento flagrante hacia los derechos humanos, tal como registran numerosas Declaraciones y Convenios que Europa tiene suscritos. Lo que se ha venido practicando ha sido un alejamiento por la fuerza (a través de acuerdos con países intermediarios, como Turquía o Libia) del continente a los miles de inmigrantes que intentan arribar a nuestras costas o fronteras. El acuerdo con Turquía, en vigor desde marzo de 2016, ha controlado el tráfico de refugiados sirios hacia la Unión Europea, a base de retenerlos en campos de refugiados que no ofrecen condiciones de vida dignas. Hoy día, más de 12 millones de sirios siguen desplazados por la guerra, 5 millones de ellos fuera de su país, y muchos siguen necesitando ayuda humanitaria urgente. Pero a Europa sólo le interesa que estas personas no lleguen a sus Estados miembro, a ese selecto club privado donde impera el desprecio a los derechos humanos, inspirado en el más despiadado neoliberalismo, y expresado desde hace unos años acá como una nueva ola de neofascismo xenófobo y racista. Por su parte, y con el objetivo de frenar la emigración de personas desde los países del África subsahariana, Europa ha tratado de alcanzar acuerdos para cerrar las rutas del tráfico de personas que atraviesan el desierto y el norte de África. Y en las fronteras de Ceuta y Melilla, un reforzamiento de los muros con cuchillas y concertinas provoca diariamente lesiones a los migrantes que intentan saltarlos. 

 

Las ONG de rescate marítimo que se dedican a salvar vidas han sido atacadas por los gobiernos europeos (el más beligerante últimamente ha sido Italia). En los campos de refugiados se cometen torturas y abusos de estas personas, y los niños son objeto de tráfico ilegal por parte de las mafias. Todo este desolador panorama nos inunda diariamente, forma parte de nuestra realidad cotidiana, pero parece que tristemente ha sido asumido ya con total normalidad por nuestro imaginario colectivo, que fabrica continuamente falacias para justificar el trato a estas personas. Uno de los mitos con respecto a esto, como nos cuenta Daniel Trilling en este artículo, es la burda distinción entre "refugiados" y "migrantes económicos". ¿Es que acaso hay mucha diferencia entre una familia palestina cuya casa es bombardeada, una familia siria cuya vivienda es destrozada, o una familia sudanesa cuyos medios de vida son aniquilados? ¿Son muy distintos los anhelos de un inmigrante senegalés cuando viene a nuestro país en patera que los de un inmigrante yemení o irakí o afgano que llega a través de una larga peregrinación a través de varias fronteras europeas? En el fondo, no parecen ser muy distintos, ni parece ser muy diferente la casuística y las circunstancias que los obligan a migrar. La globalización ha sido un proceso bastante desigual y nada equilibrado, y como consecuencia de ella, hoy día los productos y servicios, los bienes, las comunicaciones, el dinero, las transacciones económicas y ciertos tipos de personas circulan totalmente libres de un país a otro, y de un continente a otro. Incluso obtienen grandes facilidades. Por contra, el flujo de personas procedentes de conflictos armados o bien de saqueos y expolios de sus recursos está exageradamente controlado. En el año 1990, según una investigación de la geógrafa Reece Jones, 15 países tenían muros o vallas en sus fronteras; a principios de 2016, ese número se había elevado a casi 70. El escenario es desigual, injusto y cruel, y obedece a los designios de un capitalismo en su estadío más decadente. 

 

El Derecho internacional tiene como objetivo proteger a los refugiados, y al mismo tiempo, permitir a los Estados mantener el control de sus fronteras. Sin embargo, la definición, el ámbito y el concepto de "refugiado" es político, y está sujeto a una lucha constante sobre quién lo ostenta y quién no. Ello permite un escenario internacional absolutamente variado, sujeto a interpretaciones, coyunturas y épocas, que se traslada en la práctica a una injusta discrecionalidad. Como sabemos, el término tiene un significado jurídico, aplicado a una persona que reúne alguno de los requisitos para poder solicitar y obtener asilo en virtud del Derecho internacional, pero también un significado más coloquial, ya que describe a una persona que se ha visto obligada a huir de su hogar, de su país y de su entorno. Una ola de cinismo y de diversas interpretaciones invade la concepción de este término, que forma un caldo de cultivo para que las oleadas de pensamiento neofascista se aprovechen de la situación de indefensión de estas personas, y lancen sus proclamas racistas. Bajo falaces llamamientos al "sentido común" nos intentan convencer de que no es posible, de que todos no cabemos, de que no puede haber "papeles para todos" (Pablo Casado dixit), pero lo cierto es que estos pensamientos alojan prejuicios absurdos y una gran carga ideológica. Los mismos que lanzan estas proclamas son los que instigan a sus países a la guerra contra los países de origen de estos refugiados, o los que permiten y legitiman el saqueo y el expolio de los recursos naturales de dichos países, y la explotación de sus gentes. Simplemente es inhumano dificultar la llegada de estas personas, o que las solicitudes de asilo se concedan con cuentagotas, o que mientras se evalúan sus reivindicaciones, a menudo mediante un proceso hostil, opaco, injusto e incoherente, vivan con la amenaza de que sus libertades puedan verse restringidas en cualquier momento, o puedan ser detenidos, encerrados o deportados. 

 

Daniel Trilling lo ha expresado en los siguientes términos: "El sistema trata de clasificarlos en categorías: refugiados o migrantes económicos, legales o ilegales, merecedores o no merecedores de asilo. Estas categorías no siempre reflejan la realidad de sus vidas. Y si el sistema se rompe, la gente es arrojada a un limbo legal y moral que dura muchos meses o incluso años". Bien, otra falacia que hay que desmontar es la recurrencia a los supuestos "valores europeos" como algo sagrado que los inmigrantes quieren destrozar. Lo primero que habría que preguntarse es: ¿es que nuestros valores son mejores que los de ellos? Si nos referimos a un modo de vida occidental, es lógico pensar que los inmigrantes tendrán el suyo propio, pero no podemos deducir de eso que traigan la intención consciente de imponerlo. Y en cualquier caso: ¿cuáles son sus valores y cuáles son los nuestros? Los más fanáticos se presentan como defensores de una civilización cristiana europea, y aplican medidas contra los inmigrantes para proteger a nuestro continente de las hordas musulmanas. Pero como ya hemos intentado explicar en anteriores entregas, es completamente absurdo asignar a todo un continente (es absurdo incluso hacerlo con un país) una homogeneidad de valores, porque nos encontraremos con un escenario múltiple y diverso de creencias, pensamientos y actitudes que nos describirán más como un crisol de culturas que como una "reserva espiritual" de Occidente (tal como nos autodefiníamos durante el franquismo). El hecho cierto es que en Europa las tradiciones cristianas, musulmanas, judías y laicas llevan siglos coexistiendo. Una mixtura cultural y religiosa que no tiene porqué representar un polvorín, si predominan los valores de tolerancia y respeto. Pero resulta que, para los xenófobos europeos, los inmigrantes musulmanes suponen una amenaza a nuestras tradiciones de tolerancia, libertad y democracia, como si nosotros fuéramos los adalides de tales valores, ignorando que esos valores, donde existen, a menudo se han conquistado después de luchar contra la resistencia violenta de las élites europeas. 

 

Desde que existe la actual Unión Europea (mediante su Tratado de Maastricht fundacional) los únicos valores que practicamos los europeos (entiéndanse sus gobiernos) son los valores ligados al capitalismo y al neoliberalismo globalizados, y éstos no son otros que el individualismo, el egoísmo, la competitividad, la supremacía de lo privado sobre lo público, el consumismo, el culto a los ricos y poderosos, la legitimación de la desigualdad, la mercantilización de todos los aspectos y facetas de nuestra vida, el emprendimiento o la normalización de la corrupción, entre otros. Y con estos mimbres, como todo observador con un mínimo de sentido común podrá concluir, no es posible construir el cesto de los derechos humanos, sino precisamente el cesto del desprecio hacia los mismos. Es justamente la defensa de estos valores la que debemos abandonar, para comenzar a defender otros, donde sí tengan cabida los migrantes, esas personas a las cuales nosotros, los europeos, hemos destrozado sus hogares, o hemos contribuido a que ocurra. No podemos estar de acuerdo ni con la premisa que supone que los migrantes vienen a destruir nuestros valores (por ser falsa de toda falsedad), pero es que ni siquiera debemos estar de acuerdo con nuestros valores. La "defensa de nuestros valores europeos" no se refiere por tanto a los que proclamó solemnemente la Revolución Francesa (si lo fuera no sufriríamos este fenómeno de los migrantes), sino a los valores más reaccionarios que las varias décadas de neoliberalismo extremo nos han impuesto, y hacia los cuales nuestras mentes son proclives. Como sostiene Daniel Trilling en el artículo de referencia: "No es una ironía menor que muchos de los refugiados que llegan hoy a las costas europeas vengan de luchas similares por los derechos y la igualdad en sus países". Continuaremos en siguientes entregas.

 

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