¿Y si ese 8 de noviembre fuese el comienzo?

 

 

Más allá de las cifras dadas por unos u otros, cifras que unos multiplican –en nombre de una “guerra de clase” que comienza con movimientos sociales masivos y acaban con una papeleta en las urnas– y que los otros dividen –intentando provocar decepción, cosa que no consiguen– por coeficientes sacados de la manga, no cabe la menor duda que la manifestación del jueves en Avilés ha sido un éxito rotundo e indiscutible.

Está claro que la marea humana discurriendo por las calles avilesinas debería marcar un antes y un después, desde hace mucho tiempo, en la lucha oponiendo clase trabajadora y desertificación industrial. Hay que aprovechar dicho éxito para que este jueves, 8 de noviembre, no sea un día sin mañana, ya no solo para la plantilla de Alcoa, sino también, para el conjunto de las plantillas de otras empresas puestas en tela de juicio por sus respectivos dirigentes.

Cuando Alcoa constata, como muchas otras empresas, que sus beneficios no son los esperados, decide el cierre de sus factorías, o parte de ellas, para invertir su capital en otro sitio –u  otro campo– en el que el ratio inversión/beneficio siga una curva ascendiente año tras año. Aunque no sea probablemente  el caso en lo que se refiere a Alcoa,  muy a menudo, dichas empresas utilizan el anuncio del cierre como un chantaje a los poderes públicos para obtener subvenciones millonarias que cubran sus “perdidas” declaradas.

Hace veinte años Alcoa se adjudicó, aprovechando el afán privatizador de los sucesivos gobiernos en nuestro país, –en el caso que nos ocupa, un gobierno del PP– por un precio más que satisfactorio, Inespal, empresa pública. Pensar que la solución pasaría por un incremento de las subvenciones públicas o por la venta de las plantas concernidas a otras empresas, sería, en el mejor de los casos, pan para hoy hambre para mañana o meras ilusiones en el peor.

Como también sería ilusorio esperar del gobierno, ya sea el central o bien el autonómico, una solución duradera –haciéndonos economizar una lucha – para garantizar el futuro de la población trabajadora de las comarcas de Avilés o A Coruña, o de cualquier otra, sufriendo los mismos percances. Como siempre, la clase trabajadora solo puede contar con su propia lucha y su determinación en ésta.

Con el sometimiento de las trabajadoras y trabajadores activos, incrementando su explotación, la pérdida constante del poder adquisitivo, la pobreza, la exclusión social,  y los numerosos cierres de empresa, no solo en Asturias, sino también en el conjunto del país, la lucha pasa por una generalización y unidad de los diferentes conflictos, tanto laborales como sociales. Y ya en ello, puesto que esa lucha generalizada habrá que comenzarla en alguna parte, ¿por qué no intentar comenzarla en Asturias y Galicia,  aprovechando el ímpetu generado por la respuesta masiva que generó el anuncio del cierre de Alcoa?

De no intentarlo, la situación empeorará. La capacidad de subvenir a nuestras necesidades básicas se reducirá, con lo cual, la desigualdad aumentará, la incapacidad económica en la que nos encontraremos nos conducirá a luchar para poder apenas sobrevivir. La única posibilidad para poder escapar de tales alternativas que el sistema capitalista nos plantea, pasa por esa lucha generalizadora, que partiendo de la reivindicación básica y común: “Queremos vivir dignamente, con pan, techo y trabajo”, nos llevará a plantearnos la expropiación de los medios de producción y la planificación social del conjunto de la sociedad.      

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