La hija del camionero

Coco, la joven camionera del programa 'Salvados'

Coco, la joven camionera del programa ‘Salvados’

 

Hace unas semanas Jordi Évole hacía el que para mí ha sido uno de los mejores programas de Salvados, y de los que más desapercibidos ha pasado. En ruta mostraba la vida de varios camioneros de larga distancia. Vi parte del programa con mis padres. Fue especialmente emocionante escuchar la historia de la joven camionera (antes cocinera en un área de servicio) que se echó a la carretera después de conocer la forma de vida de su novio también camionero. Mi padre la miraba embobado y yo le dije “ya te gustaría que yo fuese así”. Se rió. Estoy segura de que le gustaría. Aquella mujer destilaba fuerza, coraje e intrepidez, características que intento compensar parapetada detrás de una pantalla.

 

Durante muchos años yo también fui la hija del camionero. En el colegio, en el instituto. Independientemente de lo que pensasen mis compañeros, mi padre no era camionero, sino que trabajaba en una empresa de reparto. Obviamente, conducía camiones, pero nunca había cruzado fronteras ni se había pasado semanas fuera. Ni siquiera días. Mi padre salía de casa por la mañana y volvía a la noche. Eso sí, la mayoría de las veces, ya dormíamos.

 

 

Cuando Évole escribió al día siguiente de la emisión del programa un tuit en el que valoraba  positivamente que la hija de uno de los camioneros a los que entrevistó hubiese sacado la mejor nota de Selectividad algunos se refirieron al presentador como clasista. “La hija de un camionero. La número uno en Selectividad. A mí me emociona”, decía el periodista mientras retuiteaba el comentario del programa con las declaraciones del propio interesado “pasar media vida lejos de casa para que los que se quedan en casa puedan tener la mejor vida”. Parece que hay personas a las que todavía les pica que se hable de la hija del camionero como una diferencia de clase y no entienden que clasista es quien se empeña en invisibilizarlo y quien niega la importancia de las conquistas sociales de la clase trabajadora. Porque lo que el sistema quiere es que todo siga igual: quiere que la hija del camionero sea mano de obra barata, trabajo sin cualificar, precaria e invisible.

 

En la facultad tuve amigas que eran hijas de profesores universitarios, de médicos y de abogadas, hijas de otros periodistas y de políticos y, por suerte, también tuve compañeras que eran hijas de marineros, de amas de casa, de agricultores y de ganaderas, de peluqueras y de mecánicos. Me niego a creer que unas y otras lo tuvimos igual de fácil. Porque ser la hija del camionero o del camarero, la hija del ama de casa o de la empleada doméstica, te coloca en un lugar social bien diferente a la de la hija del profesor, del arquitecto o del médico. Incluso aunque el camionero tenga dinero, la acumulación de capital no da por si misma el prestigio social y cultural que sigue estando reservado a las élites más ilustradas y con ello, el acceso a los órganos de poder.

 

La hija del camionero lo tiene más difícil porque está obligada a aprovechar al máximo las horas lectivas del colegio y a llenarse de cultura y de conocimiento en los espacios académicos. Lo normal es que tenga menos posibilidades de que la envíen a campamentos de idiomas, a clases de refuerzo, a talleres de teatro o al conservatorio. Lo menos normal es que se encuentre a sus padres leyendo, viendo un documental, discutiendo sobre sistemas económicos sociales o comentado la última película que han visto en el cine, porque están trabajando o hablando de trabajo a todas horas. Cuando la hija del camionero se pone con los deberes, sus padres no pueden chivarle la lección, ayudarle con las derivadas, corregirle un análisis sintáctico, ni avanzarle la gramática de inglés. Por eso, en general, los resultados académicos de los estudiantes cuyos padres no han estudiado son peores que los de los hijos cuyos padres tienen carreras universitarias. El informe Education at a Glance 2018 de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) señala que el 55% de los estudiantes cuyos progenitores no cuentan con Bachillerato, ni siquiera alcanzan dicho nivel educativo. Dicho estudio señala que se trata de una “trampa intergeneracional”, según la OCDE, que conlleva “altos niveles de desigualdad de ingresos dentro del país”. El informe revela también que, cuanto más elevado es el nivel educativo, mejores son los resultados en empleo y salarios. Además, somos lo que vemos. Otro estudio de la universidad de Michigan determinó que el principal factor en la elección de las llamadas orientaciones laborales son los padres y la manera en que los padres perciben su propio trabajo. Independientemente de las cualidades específicas de cada individuo, existen muchas posibilidades de que el médico tenga un hijo médico y de que el albañil tenga un hijo albañil. Lo lógico es que el segundo quiera que su hijo o hija estudien y mejoren sus condiciones de vida.

 

El hecho de que yo, y otras hijas de camioneros, hayamos estudiado una carrera universitaria es un logro de nuestros padres pero sobre todo, de la educación pública, universal y gratuita que muchos en estos días, parapetados bajo banderas de España y discursos patrióticos, se quieren cargar. Es dramático que el gasto educativo haya caído más de 7000 millones de euros desde 2009, un 13% en total. Durante el gobierno del Partido Popular se produjo el mayor recorte en educación de las últimas décadas, gracias al incesante empeño de los peores ministros de Educación de la democracia, José Ignacio Wert e Íñigo Méndez de Vigo, que dieron prioridad a la educación concertada y privada que segrega a las niñas de los niños, a los ricos de los pobres, y a los blancos católicos de los negros, los gitanos y los moros. Además, aumentaron el ratio de estudiantes por aula en los colegios públicos y las horas lectivas de los profesores para rematar la faena, como a ellos les gusta.

 

Cuando recortan en educación pública, cuando hacen que sea una basura, lo que nos están diciendo es que no quieren que la hija del camionero sea la número uno en la selectividad, no quieren que el hijo científico del ama de casa cobre un salario digno, ni quieren que yo escriba en este periódico. Las élites quieren seguir reservándoles los espacios de prestigio a sus hijos, esos espacios en donde se decide sobre la vida de todos y el privilegio de unos pocos. A los camioneros no los sientan en las tertulias para que hablen de política, de economía, de violencia machista o de recortes en la educación y en la sanidad. Tampoco en el Parlamento. Miren ustedes de quiénes son hijos e hijas los diputados de los partidos de (ultra) derecha que insisten en liquidar nuestro bien más preciado, la educación pública.

 

Incomprensiblemente, a veces, a la hora de votar, el camionero o su hija se olvida de quiénes son y omiten que uno tuvo que pasar media vida fuera para que los que se quedaron tuviesen la mejor vida. A tres semanas de las elecciones, rezo por la cura de las amnesias de clase.

 

Diana López Varela, Periodista

https://blogs.publico.es/otrasmiradas/19263/la-hija-del-camionero/

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