El gran pacto de Estado

¿Un gran pacto para qué? No hay pacto decente y, menos, gran pacto, lo sabe el señor Toxo, que habla como capataz de la finca, encargado de forrar con piel de trabajador la ley del amo

 

inSurGente

 

El secretario general de las extintas Comisiones Obreras ha manifestado que para salir de la crisis es preciso un gran pacto de Estado. Al pronto, la frase impresiona. Situar como altísima referencia el Estado transmite una especie de seguridad, confiere importancia a quienes participen en el pomposo acuerdo. El Estado concede dimensión intelectual y autoridad social a los pactistas reunidos en la solemnidad del pacto.
 

Proponer un pacto de este carácter presupone que se inhabilita a cuantos batallan desde una razón popular y viva. Se arrebata a la calle su protagonismo. El pacto parte siempre del respeto esencial al poder instituido. Las mesas que ocupan los pactistas suelen revestir una notable majestad institucional. Nadie osa decir en ellas que un pacto de Estado es una figura baladí ya que lo que ahora está en crisis es concretamente el Estado, que ha agudizado su carácter de opresiva herramienta de la clase dominante.
 

Todo ello convierte en sorprendente y sospechoso que un dirigente sindical hable de un pacto de Estado entre los rectores sindicales -los empresarios de la fuerza de trabajo, que diría Mills- la patronal y la Administración, cuando los dos últimos están fundidos en una estructura férrea. Un sindicalista leal a la conciencia de clase sabe que una mesa así está destinada a la inanidad. Lo obrero sólo se puede decidir en esos salones si antes los ocupa con el poder propio. Si acude a la cita sin más arma que la retórica de la convocatoria ocurre que el hombre al que va destinada su iniciativa sindical acaba, como escribe Sloterdijk, víctima de los «métodos domesticadores, de las maniobras adiestradoras y de los educadores solemnes que están convencidos de la necesaria relación que existe entre leer, estar sentado y apaciguarse».
 

El Estado ha sido siempre en lo fundamental un gran invento de clase y la clase actual que sostiene y es sostenida por el Estado vigente no es la clase trabajadora. Siento que no haya un lenguaje adaptado a la verdad profunda de la situación y que debamos usar el que pronto va a ser desmentido por retórico y extremista. No hay un Estado neutro. La situación económica que padecemos desvela la mano antisocial del Estado. El mismo Sr. Zapatero, tras decir que su Gobierno no «dará un paso atrás en cuanto a los derechos que hemos conquistado», añade que su Gabinete fomentará el trabajo a tiempo parcial. El ardid es colosal. Por su parte el Sr. Fernández Toxo convierte en triunfo sindical la operación pactista. No habla de debate tradicional, de encuentro, de análisis inter pares; no, habla de pacto, término que sugiere siempre una sensible trascendencia vertical. Los judíos pactaron con Dios la primogenitura de su pueblo, desde el obvio y radical poder de Dios. Los norteamericanos, según dicen, han pactado con el mundo y desde su voluntad la protección imperial. Y ahí está el resultado de ambas cosas. La trampa semántica está en que el pacto entraña como locución, como concepto, una equivalencia de poder, de igualdad de posibilidades.
 

La pactidad significa que ambas partes lideran poderes semejantes. Pero una parte está desnuda y es invitada burlescamente a la fiesta, y la otra parte, la patronal, aporta la contundencia del Estado, que es absolutamente suyo -ahí está la rendición de Breda del Sr. Zapatero- y desde el cual asfixiará una vez más a los trabajadores. Vivimos piramidalmente, agobiados por el rayo que se proyecta desde la cumbre sagrada, donde arde la zarza. En el marco político-social que aloja al mundo todo lo que afecta a la democracia o a la libertad se resuelve mediante menguados contratos de adhesión, que es la capacidad de aceptar lo que da el poderoso o quedarse sin nada.
 

No hay, pues, pacto decente y, menos, gran pacto. Eso lo sabe perfectamente el señor Fernández Toxo, que habla simplemente como capataz de la finca, encargado de forrar con piel de trabajador la ley del amo. El gran pacto que solicita el Sr. Fernández Toxo es un escalón más por el que el sindicalismo europeo desciende hacia el sindicalismo americano que, repito, es una forma empresarial como otra cualquiera. De ello escribe Wright Mills: «Algunos de los más destacados y exitosos miembros de la comunidad empresarial norteamericana han sido barones salteadores. No es sorprendente que, en el proceso de adaptación, algunos dirigentes obreros también se hayan convertido en barones salteadores de sus pequeños dominios particulares».
 

Ciertamente los dirigentes del conglomerado que forman el CIO y la AFL tienen por oficio firmar contratos balancín, que elevan un tanto a los trabajadores cuando van y les golpean con dureza cuando vuelven. Sindicatos que han decidido prescindir de la conciencia de clase para evitar la intromisión del malhadado comunismo o del izquierdismo intelectual. Esos dirigentes sindicales americanos no admiten que su tarea se oriente hacia la trasformación de la sociedad, lucha que ha de iniciarse con la voluntad de cambiar ante todo el tóxico régimen de la gran y excluyente propiedad que la fundamenta. Hablamos de sindicatos que se han vaciado de ideología, que temen a la ideología, y suelen solicitar a los poderosos únicamente algo para tomar café, es decir, un terrón de azúcar. De esos sindicatos añade el moderado Mills: «La eliminación de las huelgas es responsabilidad tanto de la empresa como del sindicato. Ambos son factores de mutua disciplina y ambos mantienen a raya a los trabajadores sindicalizados que se muestran descontentos».
 

¿Un gran pacto para qué? En primer lugar habría que especificar, entendible y concretamente, qué propuestas específicas, con cifras y formas, hay en ese wagneriano y brillante encuentro. Ah, de eso no dice nada el Sr. Fernández Toxo. Al menos no lo proclama en un papel que pueda el ciudadano leer y entender. El trabajador ha de esperar, pues, a que el secretario general de Comisiones Obreras baje de la montaña sagrada con la ley escrita en piedra por la patronal, mientras los trabajadores esperan encuclillados en el desierto secular de sus posibilidades, agitan banderolas y sortean al escorpión.
 

¿Por qué tantas palabras huecas? El trabajador sabe lo que pretende la gran patronal: que se abarate el despido o se le libere ya totalmente, para embozar lo cual la CEOE dice que si les permiten despedir libremente al trabajador será posible crear empleo para otro trabajador. La propuesta es deslumbrante. ¿Qué pretenderán cambiando un trabajador por otro?
 

Se adivina. La patronal presiona para que se recorte la carga fiscal ya menguada que afecta al rico y que se dediquen los bienes del Estado a pagar el gasto financiero; que se eliminen gratuidades en los servicios sociales; que aumente la privatización de los servicios públicos en nombre de una eficacia que ha puesto al mundo al borde del precipicio. Para ello contará con el Estado aunque el actual Gobierno, para complacer al empresariado instrumente la trincherilla, que es el pase de castigo consistente en recoger violentamente la muleta al paso del toro que, al perseguir súbitamente el nuevo giro del trapo, hace crujir su espinazo, lo que le destronca y ahorma.
 

En resumidas cuentas, el trabajador carece de un papel que le explique lo que le reservan los dirigentes sindicales, que también comen del dinero que el Estado dice reservarles; léanse, por ejemplo, los cursos de formación para los despedidos. Al trabajador ese gran pacto le produce la sensación de que las formalidades no harán de él cosa apreciable y que aún habrá de pagar el gasto de tanta pompa en adquirir la leña para la consumación de su propio sacrificio. Todo estaba ya previsto en la Biblia.
 
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