El fascismo financiero y la irreformabilidad del sistema

1) Miscelánea histórica de fascismo financiero

2) Causas e instrumentos del fascismo financiero.

3) Efectos sociales y políticos del fascismo financiero

 

Texto elaborado para la ponencia homónima desarrollada en el marco del Foro que, bajo el título “El derecho a la vivienda frente al capitalismo financiero”, organizó la Asociación 500×20 del barrio de Nou Barris de Barcelona los días 7 y 8 de julio de 2018.

Introducción

Un sistema que, cuando no tiene problemas, excluye de una vida digna a la mitad del planeta y que soluciona los que tiene amenazando a la otra mitad, funciona sin duda perfectamente, grandiosamente, con recursos y fuerzas sin precedentes, pero se parece más a un virus que a una sociedad. Puede preocuparnos que el virus tenga problemas para reproducirse o podemos pensar, más bien, que el virus es precisamente nuestro problema. El problema no es la crisis del capitalismo, no, sino el capitalismo mismo. Y el problema es que esta crisis reveladora, potencialmente aprovechable para la emancipación, alcanza a una población sin conciencia y a una izquierda sin una alternativa elaborada

Santiago Alba Rico

 

Quizás no haya ningún ámbito de la realidad social donde sea mayor el desconocimiento existente sobre los procesos que inciden en la vida de la gente que en todo lo relacionado con las finanzas modernas. Podríamos decir que hay una relación inversamente proporcional entre la relevancia de los formidables efectos que producen sobre la vida cotidiana de las personas y el conocimiento que se tiene del funcionamiento de esos mecanismos: no entendemos las fuerzas que mueven el mundo en el que vivimos. El papel de la banca en la planificación de la actividad económica, el funcionamiento de los omnipotentes mercados financieros, la teoría económica con mando en plaza en todos las plataformas mediáticas y cátedras académicas y los resortes ocultos de las políticas austericidas neoliberales son incomprensibles para la mayor parte de la población, directamente afectada  por sus efectos. Todo ello dista mucho de ser casual. La incomprensión de los mecanismos a través de los cuales se ejerce el poder social efectivo es perfectamente funcional a la docilidad y la alienación que propician el alejamiento de las clases populares de la peligrosa tentación del antagonismo. Las reglas que rigen el poder real son ajenas a cualquier control mínimamente democrático.

 

Pero es precisamente esta colosal e inducida ignorancia la que facilita la difusión de la errónea creencia de que los pilares de la política económica neoliberal son absurdos o malévolos, causando un sufrimiento innecesario que sería fácil de revertir a través de políticas sensatas desarrolladas por fuerzas razonablemente progresistas. ¿Cuántas veces escuchamos la cantinela de la necesidad de acabar con la austeridad o con los abusos de los fondos buitre, esos desalmados especuladores que atentan contra el derecho a la vivienda, como si fuera posible modificar sustancialmente las despiadadas reglas del juego del sistema capitalista a través de cambios legislativos o de reformas gradualistas? Sin embargo, lo cierto es que semejante entramado de “crueldad” y de sufrimiento humano es esencial para mantener la rentabilidad del capital, que es al fin y al cabo lo que cuenta en el reino de la mercancía.

La gran novedad respecto a épocas anteriores es la amputación de la posibilidad de intervención, al menos en el corazón del sistema, por parte de los poderes públicos representantes de la soberanía popular. Sobran los ejemplos ilustrativos de cómo las palancas “técnicas” a través de las que el estado burgués podía atenuar el embate del capital (destacadamente, la política fiscal redistributiva de tipo keynesiano financiada a través del banco central público) han sido cercenadas por la ofensiva neoliberal. He aquí, en la probada impotencia de los representantes del pueblo soberano para resistir los ataques crecientes contra las condiciones de vida de la clase trabajadora, la prueba de la hegemonía del fascismo social, que ejerce su poder destacadamente en el ámbito de las finanzas globales. La conclusión lógica de cara a las vías de acción política de las clases populares es contundente: si el sistema es irreformable por la vía legal-institucional, la insistencia en esta vía por parte de las llamadas fuerzas del cambio y los movimientos sociales reformistas sólo puede producir desánimo y frustración ante la impotencia de realizar transformaciones de calado respetando las reglas del juego. El viejo reformismo, mil veces fracasado, con su utópica ilusión de alcanzar un capitalismo con rostro humano, para paliar con microavances el desastre en ciernes, no sería pues más que un freno a las auténticas aspiraciones emancipatorias. ¿Existen otras vías?

Como cierre de esta pequeña introducción voy a hacer una aproximación al concepto de fascismo financiero, entendido como una de las formas del fascismo social, desarrollado por el escritor y sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos: “Todas las formas de fascismo social son formas infra-políticas, no son parte del sistema político, que es formalmente democrático, pero condicionan las formas de vida de los que están abajo a través de desigualdades de poder que no son democráticas, que son inmensas y permiten que los grupos que tienen poder obtengan un derecho de veto sobre las oportunidades de vida de quienes están más abajo. Hasta ahora, políticamente, las sociedades son democráticas. Hay libertad de expresión, relativa pero existe. Hay elecciones libres, por así decirlo, con toda la manipulación. Pero los asuntos de los que depende la vida de la gente están cada vez más sustraídos al juego democrático. El mejor ejemplo es el fascismo financiero. El fascismo financiero tiene una característica especial: permite salir del juego democrático para tener más poder sobre el mismo. O sea, alguien con muchísimo dinero o una gran multinacional, puede ponerlo en un paraíso fiscal. De este modo sale del juego democrático de los impuestos, pero al salir se queda con más dinero y más poder para poder influenciarlo y además darles consejos a los ciudadanos de que no deben gastar tanto, que están viviendo por encima de sus posibilidades, que el Estado está aumentando peligrosamente el déficit, precisamente porque no está siendo financiado con los impuestos que podría recibir si esta plata estuviera en el país. Se crea una corrupción de la democracia: los que huyen de las reglas democráticas son los que se quedan con más poder para imponer las reglas democráticas a los otros. Esa es la perversidad del fascismo financiero. Las siete economías más ricas del mundo son paraísos fiscales, auténticos pozos sin fondo de los flujos financieros del capital global, y su ingreso per cápita entre el inicio de la desregulación neoliberal en 1980 y el 2015 creció más que para el resto del mundo.

Comenzaré con una serie de ejemplos históricos que sirven de botones de muestra del fascismo financiero.

A continuación, describiré los instrumentos a través de los cuales se ejerce el fascismo financiero. Su origen histórico, las instituciones que lo simbolizan, la teoría económica basura que lo legitima y algunas de las profundas transformaciones sociales que provoca.

Y para finalizar unos breves apuntes sobre las enormes consecuencias para la lucha política y el activismo social que resultan de esta configuración de poder

1) Miscelánea histórica de fascismo financiero.

1a) Las dictaduras militares del cono Sur. “Haced gritar a la economía”

Podríamos decir que el primer experimento de aplicación del potro de tortura neoliberal fue la política desarrollada por el gobierno chileno de Pinochet tras el golpe de estado contra Allende en 1973. El objetivo habitual en otras fases del imperialismo de extirpar de raíz el mal ejemplo de un gobierno progresista y antiimperialista se combina por primera vez con la aplicación del tratamiento de choque neoliberal.

Los documentos desclasificados de la CIA revelan diálogos en los días posteriores al triunfo electoral de Allende de 1970, en los que Nixon le comunica al secretario de Estado Henry Kissinger que hay que hacer aullar a la economía chilena” mediante sabotajes y todo tipo de mecanismos de guerra económica. Una vez consumado el golpe militar, los encargados de desarrollar el experimento que iba a tener como cobaya a la sociedad chilena fueron los Chicago Boys de Milton Friedman, el arquitecto intelectual de la ofensiva del monetarismo neoliberal.

Su ilustre colega y fundador de la sociedad Mont Pelerin  -cuna del pensamiento neoliberal anti Welfare State de la posguerra-  Hayek, quien tenía al menos el don de la franqueza, declaró en 1981 a un periódico chileno: “Mi preferencia personal va a una dictadura liberal y no a un gobierno democrático donde el liberalismo está ausente”. Friedman expresó, con más cinismo que Hayek, el objetivo real de la nueva receta de política económica: “A pesar de mi profundo desacuerdo con el sistema político autoritario de Chile, no considero pecaminoso para un economista proporcionar consejo económico técnico al gobierno chileno, más de lo que consideraría pecaminoso para un médico entregar asesoría técnica al gobierno para contribuir a poner término a una plaga”.

Como botón de muestra de los procedimientos de aplicación del tratamiento de choque de los cachorros de Friedman valga la respuesta que recibió, de un coronel empleado en el ministerio de economía, un patrón de una pequeña fábrica que solicitaba  un crédito al gobierno militar para pagar los salarios: “dígales a los obreros que vendan los televisores que su querido Allende les regaló. Y si esto no les satisface, fusilaremos a unos cuantos y ya verá cómo obedecerán”.

“Han pasado tres años desde que el experimento comenzó en Chile y existe suficiente información para concluir que los discípulos de Friedman fracasaron – al menos en sus objetivos macroeconómicos explícitos- y particularmente en sus tentativas de controlar la inflación. Pero han tenido éxito en su propósito más general: asegurar el poder político y económico de una pequeña clase dominante mediante una transferencia masiva de riqueza de las clases bajas y medias a un selecto grupo de monopolistas y especuladores financieros”. La cita anterior está extraída de la ‘Carta abierta a la escuela de economía de Chicago a propósito de su intervención en Chile. Capitalismo y genocidio económico’ del economista chileno, antiguo discípulo de Friedman en Chicago, André Gunder Frank

El paquetazo neoliberal resultante, esparcido a los cuatro vientos por el “brazo ejecutor” del neoliberalismo, el FMI, extendió por doquier las despiadadas políticas de “ajuste estructural” que allanaron el camino del fascismo financiero.

En otra carta, redactada magistralmente por el escritor argentino Rodolfo Walsh, asesinado inmediatamente después de la publicación de la misma, se resume el idéntico contenido del tratamiento de choque administrado por la sanguinaria junta militar argentina tras el sangriento golpe de 1976.

“En un año han reducido ustedes el salario real de los trabajadores al 40 %, disminuido su participación en el ingreso nacional al 30 %, elevado de 6 a 18 horas la jornada de labor que necesita un obrero para pagar la canasta familiar, resucitando así formas de trabajo forzado que no persisten ni en los últimos reductos coloniales. Congelando salarios a culatazos mientras los precios suben en las puntas de las bayonetas, aboliendo toda forma de reclamación colectiva, prohibiendo asambleas y comisiones internas, alargando horarios, elevando la desocupación al récord. Han retrotraído las relaciones de producción a los comienzos de la era industrial, y cuando los trabajadores han querido protestar los han calificado de subversivos, secuestrando cuerpos enteros de delegados que en algunos casos aparecieron muertos, y en otros no aparecieron”

Lo que este “potro de tortura” económico ha supuesto para sus víctimas en el Tercer Mundo lo expresa Davison Budhoo, ejecutivo “arrepentido” del FMI, cómplice necesario de los ajustes duros en Chile y Argentina que, en su carta de renuncia a su jefe, describe así su honorable tarea: “Para mí, esta dimisión es una liberación inestimable, porque con ella he dado el primer gran paso hacia ese lugar en el que algún día espero poder lavarme las manos de lo que, en mi opinión, es la sangre de millones de personas pobres y hambrientas. […]; tengo la sensación de que no hay jabón en el mundo que me pueda limpiar de las cosas que hice en su nombre”.

Quiero mencionar estos ejemplos, aparentemente tan lejanos, para resaltar las similitudes –salvando las distancias- entre las políticas económicas que actualmente se desarrollan en el mundo “rico” y las que sufrieron en sus carnes los pueblos del cono sur en los años 70.

1b) Primer Mundo: La bancarrota del reformismo socialdemócrata.

En todos los relatos habituales sobre los orígenes de las políticas neoliberales aparecen siempre los gobiernos de Thatcher y Reagan, a principios de los 80, como ejemplos paradigmáticos de la aplicación de las nuevas recetas de política económica. Sin embargo, lo realmente novedoso no es que la derecha aplique la política del capital sino que lo haga la izquierda socialdemócrata renunciando a su adn redistributivo y de mayor justicia social.

1b1) Francia, 1981. La palinodia de Mitterrand “Hemos comenzado la verdadera ruptura con el capitalismo”, declaró eufórico Mitterrand tras su sonora victoria electoral. Las promesas electorales se convirtieron en leyes: los trabajadores franceses consiguieron una quinta semana de vacaciones pagadas, la edad de jubilación se rebajó, la jornada laboral se redujo, se restringió el despido, aumentaron el salario mínimo y los subsidios dirigidos a las familias más pobres, Se implantó un impuesto a las grandes fortunas y un proyecto de renta básica, el Estado contrató a cientos de miles de funcionarios y, en lo que fue la medida estrella, el Ejecutivo nacionalizó más de 30 bancos, compañías de seguros e industrias estratégicas del país.

Los bazokas de las finanzas globales se aprestaron a sabotear el experimento reformista y a darle una lección de real politik al peligroso radical, nostálgico de la grandeur. En el verano del 82 todos los indicadores económicos se pusieron en rojo. El franco –siguiendo el modus operandi habitual en estos casos- era objeto del ataque desaforado de los financistas y entraba en caída libre. EL paro y la inflación estaban por las nubes. Las tensiones en el gobierno se dispararon. La izquierda socialista y los comunistas querían que Francia abandonara los límites de cambio fijados por el Sistema Monetario Europeo -el embrión del euro-, así el franco podría flotar libremente y el Gobierno continuar con sus políticas económicas expansivas. El ministro de Economía Jacques Delors –futuro presidente de la Comisión Europea– se oponía frontalmente. Si Francia salía del SME, el franco caería por los suelos y el Gobierno se vería obligado a pedir un humillante rescate al FMI. ¿Adivináis quién se llevó el gato al agua? Un año después del glorioso triunfo electoral, en junio del 82, “El Elíseo aprobó su primer programa de austeridad: congelación durante cuatro meses de precios y salarios, limitación del déficit presupuestario al 3% y compromiso de reducir la inflación por debajo del 8%. Aunque el Ejecutivo no quería admitir el cambio de dirección y la palabra ‘austeridad’ era tabú”, lo cierto es que la durísima presión de Alemania y de los mercados obligó a Francia a permanecer en el SME y a seguir disciplinadamente la agenda neoliberal. A los dos años de su presidencia, Mitterrand consumaba un giro radical. Como sentencia, premonitoriamente, el personaje de Mitterrand en la película biográfica ‘Presidente Mitterrand’: “Soy el último de los grandes presidentes. Después de mí solo vendrán contables”. ¡Cuánta razón tenía!

Un año después, el primer gobierno de Felipe González ni siquiera hizo ademán de desarrollar tímidas políticas de reformas socialdemócratas y lo único que nacionalizó el neoliberal ministro de economía Miguel Boyer fue la esperpéntica y catastrófica Rumasa. Al contrario, el “gobierno del cambio” fue desde el principio un fiel cumplidor de la nueva agenda neoliberal embarcándose en la brutal reconversión industrial, en la flexibilización del mercado laboral y en las privatizaciones de los monopolios públicos a mayor gloria de la libertad de mercado.

¿Han cambiado las cosas en treinta años de neoliberalismo? Veamos cómo el BCE y la infausta Troika cumplen la misma función en el Primer Mundo que los Chicago Boys en las dictaduras del Cono Sur: la aplicación del potro de tortura neoliberal con métodos típicos del fascismo financiero.

1b2) Zapatero con cara de suicida. España, mayo 2010.

Ante el embate de la brutal crisis de 2008 la reacción del progresista gobierno de Zapatero fue tímidamente socialdemócrata: el Plan E (2008) y el ‘cheque bebé’ estaban inspirados en las directrices de la corriente económica keynesiana, de estímulo económico de la demanda a través del gasto público para combatir el desempleo galopante. No tardó en recibir una dura lección. En pleno colapso de la colosal burbuja inmobiliaria y ante el ataque desaforado de los “mercados” en la crisis de la prima de riesgo, la inacción intencionada del BCE, al dejar la deuda pública soberana a los pies de los tiburones de las finanzas globales, obliga a Zapatero a claudicar y a imponer los mayores recortes en gasto social de la democracia. Con cara de suicida, como lo describía el magnífico escritor Rafael Chirbes, anunció que iba  a pedir ‘un gran esfuerzo a todos los ciudadanos’. La medida, tan dolorosa e impopular, le provoca “desgarro interior”, según cuenta uno de los colaboradores. Si tanto desgarro le produce, ¿por qué no dimite? Esta reiterada actitud de aguantar el chaparrón común a los líderes de la socialdemocracia y de la llamada nueva izquierda –por un mal entendido sentido de la responsabilidad y del servicio al país- es un fallo pedagógico gravísimo. En lugar de denunciar las intolerables presiones y abandonar el barco, Zapatero, alias ‘Bambi’, se limitó a reconocer patéticamente quién gobernaba en realidad la democracia española: “estábamos en manos del BCE”.

Un año después se consuma la rendición: la frase inicial de la carta-ultimatum (estrictamente confidencial) que dirige el presidente del BCE a Zapatero es un ejemplo extraordinario de los métodos del fascismo financiero y del papel de comparsas reservado a las instituciones soberanas del Estado-nación: “el consejo gobernante (del BCE) considera que para España la acción enérgica y apremiante de las autoridades es esencial para restaurar la credibilidad de la firma soberana en los mercados de capitales”. Dicho sea de paso, ¿la sagrada independencia del BCE sólo rige para evitar presiones de los gobiernos pero no a la inversa? ¿Qué legitimidad tiene el presidente del Banco Central –un cargo técnico y no político- para dirigirse con esas ínfulas a un mandatario soberano? Sin embargo, aún no bastaba con la batería de medidas antisociales para aplacar al guardián del euro. Había que consumar el golpe –abriendo el parlamento en pleno mes de agosto-a la soberanía popular con la reforma constitucional del artículo 135, para garantizar la estabilidad presupuestaria y el pago de la deuda. El artículo reformado es una oda  a la sumisión absoluta de las cuentas del Estado a la dictadura de la ‘renta financiera’: “Los créditos para satisfacer los intereses y el capital de la deuda pública de las Administraciones se entenderán siempre incluidos en el estado de gastos de sus presupuestos y su pago gozará de prioridad absoluta”. El hecho de que haya sido un gobierno socialista el que se ha plegado a esta exigencia de reforma constitucional no hace sino confirmar el carácter fascistizante de la ideología neoliberal.

1b3) Grecia y la bancarrota de la ‘nueva izquierda radical’. Junio 2015

Tras años de políticas ‘austericidas’, que causaban el brutal empobrecimiento de los sectores más débiles de la población, y de sufrir la humillación de ser gobernados por la Troika, a través de gobiernos títeres de los viejos partidos de la casta, los griegos votaron por la coalición de la izquierda radical de Syriza, con la promesa de acabar con los formidables recortes y renegociar los durísimos términos del llamado “rescate”, tratamiento de choque neoliberal a la griega. Había que darles una lección a los parásitos (Grecia, junto con Portugal, Italia y España, formaba parte de los PIGS) del sur de la vieja Europa por elegir a populistas. Varoufakis, el mediático ministro de finanzas del nuevo gobierno del cambio, relata la siguiente conversación, en el seno del Eurogrupo, con el ministro de finanzas alemán. Varoufakis defendía la urgente necesidad de atenuar la dureza de las medidas económicas impuestas por la Troika con la legitimidad popular adquirida por el nuevo gobierno tras su contundente triunfo electoral. Tenemos que creer la versión de Varoufakis ya que las reuniones del Eurogrupo son secretas. El ministro de Finanzas de Alemania, herr Schauble, inmediatamente intervino: “Las elecciones no pueden cambiar nada”, dijo. “Si cada vez que hay una elección las reglas cambian, la zona euro no podría funcionar”. A lo cuál Varoufakis, con tono amargamente sarcástico, contestó: “Si es cierto que las elecciones no pueden cambiar nada, debemos ser honestos con nuestros ciudadanos y decírselo. Tal vez deberíamos modificar los Tratados europeos e insertar en ellos una cláusula que suspenda el proceso democrático en los países obligados a pedir prestado a la Troika y a aplicar planes de ajuste estructural. ¿Por qué debemos someter a nuestro pueblo a unos caros rituales electorales si las elecciones no pueden cambiar nada?

La sentencia de muerte para la democracia griega se produjo unos días después: a pesar de la rotunda victoria en el referéndum del rechazo a las condiciones durísimas impuestas en el mal llamado rescate, el primer ministro Tsipras–con cara de suicida, como Zapatero-, ignorando soberanamente la voluntad popular, aceptó el humillante tratamiento de choque en medio de un clima de golpe financiero perpetrado por el BCE al provocar el dramático corralito causado por el cierre de la banca griega. Misión cumplida.

2) Causas e instrumentos del fascismo financiero.

2a) ‘El mecanismo se encasquilló’: Nixon Shock, 1971

En los años 70 se produce la crisis más grave del capitalismo desde la segunda guerra mundial. El mecanismo se encasquilló. Después del auge casi inagotable de los ‘treinta gloriosos’, las economías occidentales entran en la fase de estancamiento conocida como estanflación, con altos niveles de inflación y desempleo. El sueño de un capitalismo estable, con crecimiento sostenido y un cierto equilibrio entre el trabajo y el capital y gestionado a través del Estado del bienestar y las políticas redistributivas de tipo keynesiano se truncó abruptamente. El desplome de la rentabilidad provocó un cambio drástico en la política del capital. Era necesario como siempre aumentar la explotación del trabajo para restaurar la maltrecha tasa de ganancia. Pero la cuestión era cómo lograrlo sin erosionar gravemente el consumo y la capacidad de reproducción del sistema. Fue en ese momento cuando el «capital ficticio», como lo llamaba Marx, levantó el vuelo. ¿Por qué se produce esa explosión del capital financiero? El resumen que hace el economista marxista Michel Husson de la génesis de la financiarización es inmejorable: “De este modo, la falta de oportunidades para sostener una acumulación rentable, a pesar de la recuperación de los niveles de ganancia gracias a la ofensiva neoliberal sobre los trabajadores, movilizó una masa creciente de rentas financieras en busca de valorización: allí es dónde se encuentra la fuente del proceso de financiarización”.

El crecimiento desorbitado del crédito y del casino financiero sería, por tanto, una consecuencia de los obstáculos del proceso de acumulación “real”, una fuerza que contrarresta la tendencia al estancamiento y que ayuda a sobrevivir al sistema más allá de su fecha de caducidad. Como explica Husson: “El consumo derivado de ingresos no salariales (rentistas) y el recurso al crédito deben compensar la caída drástica del consumo salarial. He aquí, por cierto, la raíz del brutal aumento de la desigualdad”.

Se acabó la ‘buena forma de hacer ganancias’ y comienza la podredumbre del capitalismo senil que cada vez se basa menos en actividades productivas y más en el casino financiero global: la pérdida de dignidad del capital, como la califica Toni Negri, una de las luminarias de la posmodernidad.

Si hubiera que elegir una fecha simbólica para el inicio de la contrarrevolución neoliberal y del proceso de financiarización ésta sería el 15 de agosto de 1971 (“el día en que la historia financiera del mundo cambió para siempre” en los solemnes términos de Alejandro Nadal).  En el llamado Nixon Shock el gobierno estadounidense suspendió la convertibilidad entre el dólar y el oro, dinamitando el mecanismo regulador del comercio y las finanzas internacionales surgido de la Segunda Guerra Mundial. Los circuitos financieros se vieron anegados de dólares imprescindibles en el comercio de las fuentes de energía y materias primas estratégicas. Los petrodólares y eurodólares que fluían hacia la banca de Wall Street proporcionaron el combustible para el crecimiento exponencial de las “innovaciones” financieras y fueron el sustento de las formidables burbujas inmobiliarias y de la geopolítica actual basada en el binomio dólar-oro negro. Hipotecas y drones. He aquí las bases del imperialismo decadente del Tío Sam y su inseparable billete verde. Como explica el experto financiero estadounidense Michael Hudson: “Ante el hecho de que cerca de la mitad de los gastos discrecionales del gobierno de EE.UU. son para operaciones militares, no sería descabellado afirmar que el sistema financiero internacional está organizado de tal manera que financia al Pentágono”

¿Cómo se canalizan los enormes flujos de riqueza real que son necesarios para restaurar la ganancia del capital y sostener la maltrecha arquitectura del capitalismo senil?

2B) Máquina de succión: Deuda pública y privada volcando ingentes flujos de riqueza real al casino que nos gobierna

2B1) Banca Central independiente: la mamporrera de las finanzas globales

En el corazón de la economía política global está el sistema de la banca central independiente de los gobiernos. Y el control de la banca central global representa sin duda uno de los ejes de la geopolítica imperial.

Según Ellen Brown, el general estadounidense Wesley Clark se refirió a siete ‘estados forajidos’ –Irak, Libia, Somalia, Sudán, Irán, Siria y Líbano- que serían objeto de ataque luego del 11-S de 2001. “¿Qué tenían en común estos países? Además de ser islámicos, no eran miembros ni de la Organización Mundial del Comercio ni del Banco de Pagos Internacionales y todos tenían banca central pública que les permitía salir del circuito cerrado del dólar estadounidense.

Precisamente los golpes financieros que hemos visto en los casos de Grecia y España se basan en la pérdida de soberanía monetaria de los Estados y la consiguiente dependencia de los mercados privados para la financiación de la deuda pública ante la prohibición del BCE de financiarles directamente.

La esencia del funcionamiento, aparentemente absurdo, de la máquina de succión comandada por la banca central independiente queda espléndidamente resumida en la siguiente afirmación: “Es una idiotez que el estado permita al banco central fabricar el dinero, para tener que pedir luego prestado este dinero y pagar intereses por él”. El resultado es un volcado ingente de recursos públicos al casino financiero. En 2011, el gobierno federal de los Estados Unidos pagó 454.000 millones de dólares en intereses sobre la deuda federal (casi ¡un tercio! del total de 1.1 billones de dólares pagados en impuestos sobre la renta ese año) en una colosal transferencia de rentas del trabajo hacia la expropiación financiera. ¿Por qué cuando la FED pone dinero nuevo en el mercado lo hace contra deuda pública en manos de la banca privada con intereses que asume el estado?, ¿existe alguna justificación “técnica” de tan depurado y clamoroso latrocinio? El reputado economista James Galbraith nos lo aclara: “¿Podría el Tesoro ahorrarse este galimatías y pagar sus cuentas sin la existencia de los bonos? Económicamente, claro. ¿Por qué no lo hace? La respuesta es simple: al hacerlo revelaría que la “deuda pública” es una farsa. En España los pagos de intereses de la deuda ascendieron a la astronómica cifra de 30000 millones de euros en 2017, un 10% del gasto público destinado a engrosar las arcas de los dueños del casino. Así resume el economista marxista belga Eric Toussaint el cambalache en la vieja Europa: “Desde 2010, el BCE compra títulos de la deuda pública en el mercado secundario: no los compra directamente a los Estados sino a los bancos que, a su vez, los compraron en el mercado primario a los Estados, y que no saben cómo desembarazarse de ellos. (…) Si el BCE comprase títulos públicos en el mercado primario, se aportaría una financiación directa a los Estados”. “El resultado es que en la eurozona los Estados se encuentran privados de la existencia de un prestatario de última instancia y dependen de los mercados para su financiación. De este modo ha podido instalarse el gobierno de la renta a través de la deuda soberana, una dictadura de las finanzas globales que dicta las políticas económicas de austeridad y de expropiación de las instituciones del bienestar social”. Como explica Nadal: “Los estados modernos están de rodillas frente a los caprichos de los mercados financieros. Los poderes soberanos se han degradado al rango de clientes del sistema financiero internacional”.

¿En qué se basa ideológicamente el cambalache? En el concepto sagrado del monetarismo friedmaniano: el Estado despilfarrador creador de inflación y destructor de la iniciativa privada al que hay que alejar de la impresora de billetes. Gran parte de la literatura académica a favor de la independencia de los bancos centrales se basó en los modelos de expectativas racionales, donde se suponía que los gobiernos tienen incentivos para engañar al público con sorpresas monetarias, a fin de conseguir aumentos transitorios en el empleo o para reducir la carga de la deuda pública. Había pues que tomar medidas al respecto: en el tratado de Maastricht de 1992 se consagra la prohibición de financiar a los gobiernos por parte del BCE, dejando a la banca privada el escandaloso privilegio del monopolio del crédito al sector público.

2B2) Deuda privada: la banca comercial como planificador económico.

Comenzaré con una anécdota altamente ilustrativa de la función real, casi esotérica en su fabulosa simplicidad, de la banca privada en el capitalismo senil.  El economista mejicano Alejandro Nadal relata este curioso episodio judicial ocurrido en Estados Unidos en 1969.

El señor Daly –tras retrasarse en las cuotas y recibir la demanda de la entidad bancaria acreedora- reclamó paralizar la ejecución de su hipoteca y el consiguiente “lanzamiento” de su vivienda con el inverosímil argumento de que el banco “no había usado dinero real, sino virtual, para efectuar el préstamo”. El abogado Daly contó, en el juicio posterior, con un apoyo inesperado: “en el proceso fue llamado a declarar el presidente del Banco reclamante. En su testimonio declaró que, en efecto, su banco había creado íntegramente los 14 mil dólares al inscribir una entrada en su contabilidad acreditando dicha suma al señor Daly, tal como si éste hubiera realizado un depósito por esa cantidad: ‘tanto el dinero como el crédito comenzaron su existencia cuando fueron creados de esta forma’”. “Me suena muy fraudulento,” expresó el juez. La sentencia fue favorable al demandante al quedar acreditado que el contrato era nulo -“al carecer de una contraprestación legítima por parte del banco”-  y el señor Daly conservó su casa y se le condonó el resto de la deuda.

La esencia del sistema monetario contemporáneo es la creación de dinero, de la nada (“out of thin air”), por los préstamos a menudo insensatos de la banca privada. Esta es la función clave que desempeña la banca en el sostén de la tasa de ganancia en el capitalismo senil volcando enormes flujos de riqueza real al casino y planificando la actividad económica hacia las burbujas inmobiliarias. Con una diferencia de enorme relevancia social con la banca tradicional: actualmente la actividad principal de la banca se basa en el crédito personal y no productivo. Las finanzas dirigidas a los ingresos personales apuntan a satisfacer necesidades básicas de los trabajadores -vivienda, pensiones, consumo, seguros, entre otras-. Difieren cualitativamente de las finanzas dirigidas a la producción capitalista o la circulación. Los individuos se concentran en obtener valor de uso, mientras que las empresas apuntan a la expansión del valor de cambio.

La inferencia lógica es de una relevancia tan abrumadora como ignorada: los bancos crean dinero para el principal del crédito pero no para los intereses. Éstos se tienen que pagar con más créditos a interés compuesto y más extracción de riqueza real, lo que convierte la espiral de la deuda y la sobreexplotación laboral en las conditio sine qua non de la actual fase parasitaria de la acumulación de capital –no hay crecimiento sin deuda creciente- y, a la vez, en su límite principal. Tal configuración agudiza la fractura social entre los que disfrutan de rentas financieras, y los que están condenados a sufragarlas mediante los menguantes ingresos salariales.

Un concepto que pasa completamente desapercibido pero que quizás nos ayude a entender el mecanismo de funcionamiento de esta máquina de succión de riqueza social que representa la hegemonía absoluta del dinero-deuda de la banca privada (97% de los medios de pago) es el de los intereses ocultos. Todos los productos o servicios incorporan cargas de intereses ocultos necesarios para la financiación de su producción: bienes de consumo, suministros o servicios públicos contienen una importante carga de intereses de las deudas crecientes contraídas  para producirlos. Se trata de una transferencia colosal de rentas financieras desde los que son sólo consumidores, que gastan lo que ganan con sus crecientemente magros ingresos salariales, hacia los rentistas y los poseedores de títulos de propiedad. Una estructura generadora de las enormes cotas que alcanza actualmente la desigualdad social.

2B3) El casino que nos gobierna

Gran parte de esta máquina de succión (al fin y al cabo, átomos de trabajo humano valorizado) que acabamos de describir acaba en el casino de las finanzas globales. Los productos financieros derivados que circulan por los canales opacos de la banca en la sombra suponen al menos diez veces la riqueza real producida por la encasquillada maquinaria del capitalismo actual. Las siglas incomprensibles (CDO, CDS, swaps) y los tecnicismos propios de la jerga financiera camuflan lo que son simplemente apuestas para exprimir al máximo los hilillos de riqueza real tratando de multiplicarlos hasta el infinito y así sostener las ingentes ganancias especulativas causantes de las burbujas colosales y de las crecientemente violentas crisis económicas. Veamos algunos ejemplos de la surrealista operativa de las finanzas en la sombra.

Con la comida sí se juega

Pocos ejemplos más ilustrativos que el enorme crecimiento de los mercados de futuros de alimentos y materias primas para entender las dramáticas consecuencias de la financiarización a muerte.

“No es un negocio agradable, pero se gana mucho dinero”. Declaraba un broker, con cierta conciencia moral, del mercado de futuros –el más importante del mundo en cuanto a la especulación sobre commodities– de Chicago. Dicen que el parpadeo de un ordenador en Sidney puede mover miles de millones de euros en base al precio futuro de un quintal de maíz en el mercado de Chicago.

Prácticamente 2.000 millones de personas utilizan más del 50% de sus ingresos para adquirir alimentos. El Parlamento Europeo ha admitido que los movimientos especulativos son los responsables de casi el 50% del aumento del precio de los alimentos. La entrada en el mercado de derivados financieros basados en productos alimentarios, por parte de poderosos inversores, ha sido posible gracias a la liberalización, a partir del año 2000, de las normas en los mercados de derivados financieros de materias primas.

En 2010 y 2011, el fulgor del estallido de las revueltas populares en el Norte de África y en Oriente Medio tuvo entre sus principales detonantes la escalada artificial del precio de los alimentos.

“El mercado de los alimentos se ha convertido en un casino por una única razón: hacer que Wall Street gane todavía más dinero” declaraba un investigador de la ONU.

Patriotismo versión banca española: apostar por la quiebra de tu propio país

Bajo el críptico término de CDS (permutas de incumplimiento crediticio, producto que asegura al comprador una indemnización en caso de impago o reestructuración del crédito subyacente) se esconde una de las armas de destrucción masiva –como definió Warren Buffet a los derivados- que fueron un elemento clave en la crisis financiera de las primas de riesgo de los países del sur de Europa a partir de 2010.

Estos productos, aparentemente tan sofisticados, equivalen en realidad a comprar un seguro contra incendios para la casa de tu vecino para luego hacer todo lo posible para prenderle fuego y quedarte con la pasta. Si sustituimos la casa del vecino por la deuda pública griega o española, eso fue precisamente lo que ocurrió en la crisis de la deuda pública que provocó la implementación de la agenda dura neoliberal de reformas estructurales y recortes sociales que describimos anteriormente. Los bancos españoles, rescatados con dinero público, especulaban comprando CDS de deuda soberana que hacían subir la prima de riesgo y ocasionaban enormes pagos de intereses al erario público, apostando a favor de la quiebra de su propio país.

¡Pálmala que me forro!

El megabanco alemán Deutsche Bank diseñó en 2012 un peculiar fondo de inversión denominado “brújula de vida 3“. Quien compra una participación está apostando contra la esperanza de vida de uno de los 500 norteamericanos escogidos para este menester. Si uno de los integrantes muere después de la fecha escogida por el inversor, gana el banco, si fallece antes de esa fecha, gana el inversor. Se desconoce si los afectados dieron su consentimiento a que alguien pudiera tener interés en acelerar su paso a mejor vida. Este negocio “especulativo” es “perfectamente legal”. La oficina de Defensor del Pueblo de la Asociación de Bancos alemanes, a la que no pertenece Deutsche Bank, calificó el creativo producto financiero como “difícilmente compatible con la dignidad humana”.

2c) Monetarismo y tótem de la inflación: la teoría económica basura detrás del potro de tortura neoliberal

Veamos ahora someramente los “profundos” fundamentos de la teoría monetaria ortodoxa con la que se lava el cerebro a los estudiantes en las facultades del mundo entero.

La siguiente parábola la formuló el ínclito mister Friedman -alias ‘helicóptero Milton‘- como ilustración de las nefastas consecuencias de caer en la tentación de activar la “impresora de billetes”.

“Imagínate que una mañana te despierta el sonido de un helicóptero que sobrevuela tu barrio. Te asomas a la ventana y ves que de él están arrojando paquetes que caen frente A cada una de las casas de tu calle. En cada paquete hay 10.000 dólares en billetes nuevos, un regalo de tu gobierno. ¿Qué harías?

Friedman utilizó esa metáfora para tratar de entender lo que pasaría si el gobierno transfiriera dinero en efectivo a los ciudadanos (a través de pagos electrónicos o de rebajas fiscales, el helicóptero servía de jocosa metáfora) para reactivar la demanda en la economía. “Es fácil ver cuál será el resultado final. Sólo se conseguirá con esto una subida de los precios. Los nuevos billetes no crean ninguna capacidad productiva adicional”

Aquí tenemos al malo de la película. El Estado derrochador keynesiano pretendiendo interferir con su querencia dilapidadora en el libre desarrollo de los mercados desregulados.  El causante de las ineficiencias que provocan el peor de los males económicos. Recordemos que el único objetivo del BCE es el control de la inflación.

El brillante economista postkeynesiano Nicholas Kaldor explica el triunfo del monetarismo en la Inglaterra de Thatcher y sus implicaciones profundas en el vaciamiento de soberanía del estado democrático: “Sin duda alguna los monetaristas habían ganado la guerra ideológica ya que en todo el mundo se ponía en práctica la política monetaria, de manera exclusiva, para combatir la inflación. Además su victoria se vio reforzada por el modo en que se les concedió la “independencia” a los bancos centrales siguiendo las líneas marcadas por la Reserva Federal. Era una independencia entre comillas puesto que los bancos centrales eran más dependientes que nunca de los caprichos de los mercados financieros internacionales. Simplemente habían sido liberados de la supervisión de los políticos democráticamente elegidos”

Kaldor explica asimismo la agenda oculta que esconde la lucha contra la inflación y el déficit público: “la subida de tipos de interés y los recortes brutales de gasto habían derrotado a la inflación reduciendo la demanda. Era pues la contracción en la producción y el empleo lo que había derrotado a la inflación. El control de la oferta monetaria y la lucha contra la inflación no eran más que unas convenientes cortinas de humo que daban una coartada ideológica para medidas tan antisociales”.

Así pues, Thatcher, como Pinochet o Videla, incluso compartiendo consejeros como sus admirados Hayek y Milton Friedman, basaba su discurso tecnocrático en la coartada de la lucha contra la inflación y el estado derrochador como pantalla perfecta para encubrir el tratamiento de choque neoliberal al uso.

El programa práctico que ofrece pues el monetarismo neoliberal es enfrentar abiertamente a los trabajadores con el desempleo, eliminando los colchones amortiguadores del Estado del Bienestar, a fin de fracturar su capacidad de resistencia y desarticular los sindicatos. Luego, la fuerza del mercado libre, la fuerza del desempleo, sería el árbitro de la relación salario–ganancia. Una interpretación marxista diría que se trata de vendarnos los ojos y suscitar el temor a la inflación para justificar el mantenimiento del ejército de reserva, arguyendo que se intenta evitar que el crecimiento de los salarios inicie una espiral’ salarios-precios’. Nunca se oye hablar de una espiral renta-precios’ ni de una’ espiral intereses-precios’ que son precisamente las vías de la máquina de succión rentista para volcar riqueza social hacia el casino.

Incluso la medida estándar de la inflación, el IPC, oculta los ámbitos reales donde se desarrolla la desposesión rentista de las clases populares: el precio de la vivienda no está incluido en la ‘cesta de la compra’ del IPC al no considerarse bien de consumo. Sin embargo, los intereses pagados al banco por un préstamo hipotecario son gasto puro aunque no estén incluidos en el IPC. Para más inri, el gasto en alquiler ( un 2,5% en la cesta de la compra) está enormemente infravalorado al ser abrumadoramente mayoritario en España el parque de vivienda en propiedad. ¿Nadie se ha preguntado por qué la brutal subida del alquiler que se está produciendo en las grandes ciudades españolas en los últimos tiempos no dispara la inflación? De este modo, los gastos más importantes –hipoteca y alquiler- en las capas humildes de la población no se incluyen en el IPC y por tanto no es necesario reducirlos en la cruzada antiinflacionaria encabezada por la banca central global.

3) Efectos sociales y políticos del fascismo financiero

3A) Rentismo, precariado y ascenso del populismo criptofascista

El economista británico Guy Standing analiza los profundos efectos sociales del rentismo derivado de la estructura socio-económica neoliberal. “El sistema de reparto de beneficios se ha roto parcialmente Había una ley no escrita que decía que había un equilibrio entre las rentas del capital y las del trabajo, y durante mucho tiempo, ciertamente, hubo un equilibrio. Pero desde que los rentistas se han apoderado del sistema económico mundial, los beneficios que van al capital, y especialmente los beneficios que se sacan de las rentas, ha crecido mucho, con el brutal aumento de la desigualdad subsiguiente”.

Y hay otro problema: “la parte más privilegiada de los asalariados también obtiene crecientes beneficios de rentas que la fragmentan entre un proyecto conservador y uno progresista. La clave de esta nueva configuración social es el llamado precariado”.

El peligro ideológico que se deriva de esta transformación social radical es que los populismos retrógrados, que ofrecen soluciones demagógicas –inmigración, seguridad, corrupción- que no mejoran en absoluto las condiciones de vida de las clases populares pero les ofrecen una protección aparente contra el abismo de la precariedad, no tienen rival en el discurso blandamente reformista e ineficaz ante el embate del fascismo financiero por parte de la nueva izquierda. Si estos grupos consiguen captar la atención del precariado y de las masas crecientes de desclasados con los cantos de sirena que llevan a la guerra entre pobres nos esperan tiempos muy oscuros.

3B) Rasgos del nuevo reformismo y activismo blando: la izquierda se ha olvidado de ser anticapitalista

¿Existe alguna posibilidad de revertir tales procesos de aguda expropiación financiera a través de las palancas institucionales o de reformas legales? Carlos Fernández Liria, uno de los fundadores de Podemos, piensa que sí: “Algunos pensamos que a ese caudillismo del capital financiero es posible aún pararle los pies por vía parlamentaria”. Sin embargo, la clásica apelación reformista a poner orden en el libre mercado y a “pararle los pies” al capital con reformas legales choca de lleno con el “talón de hierro” con el que la dictadura de la “renta financiera” ha triturado las palancas de la soberanía nacional. En las sabias palabras de Miren Etxezarreta del Seminari Taifa de Economía Crítica: “No mandan los políticos, hay poderes fácticos mucho más importantes detrás. Hay que innovar en las maneras de hacer política y de transformar la sociedad. Crear partidos nuevos no supone otra cosa que volver a lo viejo, a las formas de los siglos XIX y XX, y a reforzar la dinámica del capitalismo que queremos cambiar”.

El best seller ‘El capital en el siglo XXI’ es una excelente muestra de este utopismo reformista de querer ‘pararle los pies al capital financiero’ con el brazo de la ley y el Estado de derecho. Toussaint pone el dedo en la llaga de las decisivas limitaciones de semejante enfoque: “La crítica fundamental que se le puede hacer a Thomas Piketty es que piensa que su solución –para revertir el brutal incremento de la desigualdad- puede funcionar aunque se mantenga el sistema actual. Propone un impuesto progresivo sobre el capital para redistribuir las riquezas y salvaguardar la democracia, pero no se cuestiona las condiciones en las que estas riquezas se originan ni las consecuencias que resultan de ese proceso. Su respuesta sólo remedia uno de los efectos del funcionamiento del sistema económico actual, sin atacar la verdadera causa del problema. Pero sobre todo no nos puede satisfacer un reparto más equitativo de las riquezas, si éstas son producidas por un sistema depredador”.

El mito de la renta básica universal, proclamada como panacea asistencial-redistributiva por la nueva izquierda reformista, emerge como la coronación de este fútil intento de construcción nostálgica de un capitalismo con “corazón”.

Esta crítica light del capitalismo arremete sólo contra los abusos de las finanzas, consideradas las únicas responsables de la crisis – en la misma línea de los defensores de la casi olvidada tasa Tobin, un impuesto a las transacciones financieras que dio origen a la fundación de ATTAC-. La «economía real» estaría sana, de ahí la insistencia en potenciar la economía social, el Tercer Sector y el cooperativismo como formas de inocular poco a poco una economía de rostro humano en el capitalismo senil de los especuladores y los buitres. Se pretende constituir de esta suerte un campo de juego casi “neutral”, que logre colar la ilusión de que, con el timonel adecuado, el simple control del Estado o de un ayuntamiento del cambio será capaz de alterar las relaciones de poder a favor de las clases subalternas.

Si, como señalan Castro y Martínez, el neoliberalismo es producto de la conquista de las instituciones por parte de las élites económicas y el poder financiero”, la vía para reapropiarse de lo común usurpado pasaría necesariamente por su reconquista para ponerlas al servicio de la ciudadanía. El marco anacrónico y desenfocado, basado en la tozuda insistencia en la verosimilitud de la posibilidad de recuperación del viejo estado redistribuidor fulminado por el neoliberalismo, queda, en fin, ejemplificado de nuevo en la siguiente declaración programática:La reapropiación de los bienes comunes ha de plantearse como un problema institucional, como la necesidad de defender, diseñar, implementar y asumir un conjunto de derechos, normas, obligaciones y compromisos para reapropiarse de lo enajenado y garantizar las condiciones materiales de subsistencia y reproducción social”.

La deletérea consecuencia de este idealismo y huida de la realidad de la izquierda legalista se aprecia en el creciente acento, ante la impotencia manifiesta de realizar cambios de calado, en las cuestiones identitarias, culturales y simbólicas. He aquí,  una de las raíces del rápido crecimiento de los populismos criptofascistas que, sin apuntar en absoluto al alivio de los problemas materiales de la población dada su condición de aliados vergonzantes del gran capital, al menos ofrecen un sucedáneo de protección a las capas populares más desvalidas en el repliegue hacia los nacionalismos excluyentes y las políticas reaccionarias.

El magnífico historiador y teórico anarquista Miquel Amorós resume el desencanto característico de la impotencia reformista, refiriéndose a la gestión de los ayuntamientos del “cambio” de la nueva política: “Así pues, el modelo de ciudad no ha cambiado un ápice con los nuevos consistorios: es cada vez más difuso, gris, destejido, gentrificado, jerarquizado, clasista,… Sin embargo, es la ciudad perfecta para ir de compras, de playa y de copichuelas. Esta actitud de repliegue reformista se justifica con el argumento de conseguir una intervención real en la vida política, sobre una teoría de etapas y gradualizaciones, que, muy al contrario, lo que logra es un resultado negativo al tender este reformismo sin meta a producir en los activistas una pérdida de voluntad y perspectiva de cambio real”.

El corolario, en los nuevos movimientos sociales, de este reformismo ciudadanista es el activismo “blando”, representado, en la ciudad de Barcelona, por la PAH y el Sindicato de Inquilinos.

El mérito indudable de llevar a la esfera pública una violencia extrema del sistema –la progresiva destrucción de los derechos de los inquilinos en la aberrante regulación legal del alquiler en España- contrasta con la blandura y la tibieza de las demandas y la insistencia machacona en la “exigencia” de reformas legales. El análisis desenfocado y pusilánime olvida, como en el caso de las fuerzas del cambio, que la violencia inmobiliaria es un rasgo esencial de la matriz de rentabilidad del capitalismo rentista que ha cercenado además, como hemos tratado de exponer, las palancas institucionales que lo podrían embridar.  “La defensa del derecho a la vivienda y a un alquiler asequible, estable, seguro y digno” constituirían, según el manifiesto fundacional del Sindicato de Inquilinos, sus propósitos fundamentales. La formación de un parque público de vivienda social, la lucha por la regulación de los precios y contra la ominosa especulación, la reforma drástica de la legislación basada en la desregulación progresiva del mercado del alquiler y el asesoramiento y apoyo activo a afectados por la creciente ola de violencia inmobiliaria son sus ejes prioritarios de actuación. Así pues, de nuevo, como en el caso de la izquierda institucional, vanas propuestas de reducción de daños, provisión de servicios asistenciales, legalismo y toneladas de moralismo contra los especuladores y los ‘fondos buitre’ conforman el mensaje transmitido a través de coloristas campañas. Ni rastro de una pedagogía radical que ilustre el origen y el contexto histórico, en la matriz de la rentabilidad del capitalismo senil, de la dramática situación de violencia inmobiliaria y defienda la necesidad de transformaciones de calado. Ni mención de la socialización de la vivienda como fin último de un proyecto realmente de izquierdas. Por no hablar de una transformación global de la sociedad en un sentido socialista. Su estrategia “blanda” tiene como ejemplo estelar las campañas simbólicas contra los ominosos ‘fondos buitre’, culpables últimos de la expulsión de los vecinos pero sólo la punta del iceberg de la ofensiva global del capital contra las condiciones de vida de las clases populares que representa el fascismo financiero. El primer punto de las diez propuestas del manifiesto del Sindicato simboliza esta aspiración a la reducción de daños y a la ordenación paliativa del desastre, dentro de un marco de aceptación de la realidad y de los pilares de la sociedad mercantil que despide un fuerte aroma pequeñoburgués: “hace falta estabilidad y una mayor duración de los contratos para poder desarrollar proyectos vitales”. En las lúcidas palabras de nuevo de Miquel Amorós: “El fallo garrafal de toda esta política consiste en no reconocer que la urbanización destructiva, propulsada por la financiarización y la mercantilización de la ciudad es la forma con que el capital modela el planeta. La sociedad urbanizada es la sociedad capitalista moderna y no puede haber otra. Si se quiere liberar el territorio, sus habitantes habrán de librarlo del capitalismo. Cualquier política que respete al capital, que admita el mercado, se encamina hacia la gestión más o menos pausada de la destrucción territorial, no a ponerle fin”.

3C) Activismo duro: ‘cambiar el mundo sin tomar el poder’. Ilegalismo. Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria

¿Qué otras vías de lucha y de organización habría frente a la ofensiva del voraz capitalismo senil? ¿Existen formas de resistencia contra la violencia “legal” del sistema de la mercancía alejadas de la “ilusión gradualista” o del reformismo paliativo? ¿Cómo desarrollar un activismo que, alejándose del legalismo y de la vana esperanza de cambios institucionales –‘lo llaman democracia y no lo es’-, abra grietas en el muro del capital desarrollando una pedagogía eficaz que contribuya a la movilización de capas crecientes de las clases populares? Diría incluso para empezar que, puestos a plantear acciones simbólicas para resaltar la necesidad de cambios en los hábitos de consumo y denunciar abusos del poder en la sombra, resultan infinitamente más eficaces y atractivas que las cándidas propuestas reformistas acciones “guerrilleras” como la propuesta del ex-futbolista Eric Cantona de acudir masivamente a retirar los depósitos bancarios para provocar un corralito y el colapso de los flujos de efectivo. De este modo, al menos se transmite la radical necesidad de modificar los hábitos de consumo, cuestionando la relación con las instituciones con más poder sobre la vida de la gente y el carácter profundamente reaccionario de la mentalidad de los ahorrillos y la hipoteca.

Más allá del activismo simbólico, la conclusión neurálgica que se deriva de la irreformabilidad del capitalismo senil bajo la égida del fascismo financiero es que la bancarrota definitiva del reformismo socialdemócrata ha dado la razón al anarquismo clásico y a sus tácticas de activismo social basadas en el ilegalismo y en la acción directa.

Sirva como botón de muestra de lo anterior el ideario del Sindicato de Inquilinos de Gran Canaria –el primero en constituirse en España-, que excluye la confianza en la vía legalista-institucional con sus vanas esperanzas de alterar el statu quo a través de la presión sobre los poderes del Estado. A años-luz de quienes ven en el “respetable anhelo a tener una vivienda propia” un ideal de vida, sus actuaciones reflejan la necesidad de tirar por la calle de en medio, sin desnaturalizarse ni rebajarse con la tentación reformista. Ni una sola mención a reformas legislativas ni a recurrir a las palancas de la política oficial para atenuar el expolio: se aspira a crear una organización que “no nos reduzca a simples reguladores de las desigualdades del Sistema. Una estrategia que ponga sobre la mesa la necesidad de probar otras alternativas de gestión de la vivienda, que aspire a que ésta se dé de forma directa por parte de los vecinos sin injerencias de intereses privados”. El compañero Ruymán expresa con brillantez las insolubles contradicciones de la ilusión gradualista de las nuevas fuerzas del cambio: “No se trata de solucionar los problemas y déficit del Sistema, así lo reforzamos en vez de debilitarlo. En lugar de una concepción defensiva de la okupación, como medio de realojo de las víctimas de la violencia inmobiliaria–enfoque característico de la PAH y del Sindicato barcelonés-, se trata de recurrir a la okupación política como herramienta de socialización y arma de lucha contra el establishment: la “Comunidad la Esperanza”, la mayor comunidad “okupa” de España y la sede del sindicato canario, es el símbolo del intento de trascender el cariz paliativo del realojo mediante el carácter combativo de la okupación. Como concluye Ruymán: “La clave para huir del asistencialismo es generar conflicto, mantener siempre la tensión social. Inducir a la gente que ya tiene las necesidades cubiertas a que ahora lo que necesitan es libertad y autonomía y enfrentarse a un sistema que les ha quitado todo y les ha obligado a conseguirlo por sí mismas”. Se trata pues de salir del tablero trucado del legalismo y el reformismo light, donde juegan las nuevas fuerzas ciudadanistas, para hacer una labor de zapa abriendo grietas en el muro –‘cambiar el mundo sin tomar el poder’, como reza el creativo lema de John Holloway-. Tarea sin duda minoritaria y marginal, pero más eficaz desde el punto de vista pedagógico y menos desmoralizadora al no pedir imposibles reformas de un sistema crecientemente depredador y fascistizante. Y quizás, y el 15-M, con todas sus contradicciones, es un buen recordatorio, ante el próximo embate de crisis financieras y ecosociales de creciente virulencia, pueda surgir de nuevo una efervescencia popular que alumbre nuevos horizontes: la progresiva degradación del sistema de la mercancía es también una máquina creadora de nuevos y crecientes antagonismos. Pero esa descomposición del capitalismo senil también agudiza el peligro creciente de una espiral de barbarie y destrucción ecológico-social que, si las tendencias presentes siguen operando en la misma tenebrosa dirección, hará inexorable que la monstruosidad del actual régimen de organización de la vida social acabe fagocitando las últimas reservas de civilización y esperanza en una vida realmente humana. El agudo peligro al que nos enfrentamos, en ausencia, como dice la cita inicial de Alba Rico, de una alternativa elaborada, lo resume excelentemente el escritor marxista Anselm Jappe, autor del libro titulado significativamente ‘Crédito a muerte’: “Lo que se avecina tiene más bien el aspecto de una barbarie a fuego lento, un sálvese quien pueda. Antes que el gran crash, podemos esperar una espiral que descienda hasta el infinito, una demora perpetua que nos dé tiempo para acostumbrarnos a ella como en la fábula de la rana y el agua caliente. Seguramente asistiremos a una espectacular difusión del arte de sobrevivir de mil maneras y de adaptarse a todo, antes que a un vasto movimiento de reflexión y de solidaridad, en el que todos dejen a un lado sus intereses personales, olviden los aspectos negativos de su socialización y construyan juntos una sociedad más humana”. Ojalá se equivoque.

 

https://trampantojosyembelecos.wordpress.com/2018/07/09/el-fascismo-financiero-y-la-irreformabilidad-del-sistema/

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