Maldito cabrón

 

Desde la primera línea quiero dejar claro que por “maldito cabrón” me refiero a Jeff Bezos, sí ese pedazo de aprovechado que está arruinando a millones de trabajadores estrujando sus derechos laborales y a cientos de millones de consumidores que han perdido toda autoridad, toda soberanía (si es que alguna vez la tuvieron). En segundo lugar quiero pedir disculpas si algún lector o lectora encuentra demasiado explícito e inconveniente mi lenguaje. Pido disculpas.

Pero es que es para matarlo ¿cómo no va a ser el tipo más rico del mundo si ha sido capaz de monetizar hasta lo más delicado y reservado de nuestra convivencia? Y de hacerlo por la cara. Quiero decir que no ha tenido que invertir nada en ello. Sagacidad sí, mala baba toda. Su modelo de negocio consiste en destrozar el sector de comercio minorista practicando unos descuentos mínimos, amplificados por las redes y potenciado por la pereza humana que premia el poder comprar mediante un click y sin moverse de casa. Hasta aquí la cosa es canalla, pero no dañina.

Lo que convierte su propuesta en un acto demoníaco, una tumoración invasiva del cuerpo social es que arrasa con un soporte básico de la relaciones sociales, el comercio minorista, la tienda de la esquina que espera paciente a que te acerques a comprar y compartir. No importa qué es lo que vayas a comprar, pues el comercio de proximidad genera un ecosistema que combina presencia, test, expectación, debate, duda, análisis crítico, contraste y para finalizar unas cañas con un vecino que has encontrado poseído por sentimientos o necesidades similares. Todo esto se lo queda el maldito Bezos por un ridículo descuento para ti y un pingüe beneficio para sí.

El precio es cerrar la tienda que parece te resulta muy cara y evitarte un solaz paseo. Y qué precio, clausura el local y promueve la venta a un fondo buitre que la convierte en franquicia anónima, desde la que te van a dar la chapa sobre sus ofertas hasta que te guste el acento latino. El dependiente que hacía la cobertura al propietario resulta despedido, pero puede irse al paro un rato, recibir una miserable ayuda al desempleo durante unos meses y a partir de ahí pensar seriamente en hacerse autónomo forzado y repartir productos comercializados por Amazon a razón de perder la salud en el intento. Pero no es el único que pierde la salud. Usted, que comparte calles y plazas con conductores repartidores suicidas, también se halla expuesto a la multiplicación de accidentes que unas rutas demenciales con una carga de reparto inverosímil están surgiendo por doquier, ya que lo nuevos repartidores  se ven obligados a conducir y leer la pantalla en la que se fijan las siguientes cien entregas, todo ello de manera simultánea y teniendo en mente que si no consiguen el objetivo de producción, la cosa no te da ni para pagar el gasoil. Así que usted,  sus hijos y vecinos se hallan  en riesgo cierto por un descuento ridículo, un producto que no coincide con lo esperado pero se aguanta con el equívoco, y todo ello lo “monetiza” el tal Bezos que de este modo sigue poniéndose hasta el culo de dólares.

Pero aquí no acaba la sangría que este moderno vampiro nos aplica. Sabedor de que un gesto pueril como apretar la tecla de compra es tan infantil y despreocupada como cualquier otra puerilidad irresponsable, lleva ésta  a sus últimas consecuencias. Piensa que si he podido lucrarme con la eliminación del comercio de proximidad, que fortalecía la sensación de ciudadanía, también puedo monetizar otras cualidades propias del ser humano civilizado. A ver que hay por ahí. Si, la relación de vecindad es un campo  fértil, seguro que ahí hay algo que rascar. Y toma va y lo vende o monetiza. Los desajustes de entregas propios de un modelo de reparto demencial se cubren con la buena vecindad, cada vecino se convierte en corepartidor de Amazon. Cada vecino se encarga de la receptación de paquetería de unos cinco vecinos por semana (según mi propia estimación) Cooperador involuntario, imbécil necesario y lo sabes. Pero cómo no vas a coger entregas para tus vecinos Juan, Azucena o Baldomero. Cómo vas a permitir que el pobre repartidor pierda la oportunidad de conseguir el objetivo fijado para la jornada de hoy. Venga dónde hay que firmar.

Y el muy cabrón del Bezos se lo lleva muerto, gana dinero con este gesto cívico vecinal, y encima se regodea y dice que somos unos atrasados, que el modelo de futuro es el suyo. En esto estoy de acuerdo con él, hay que ser atrasado para participar en este juego loco que da la entrada para que otros monopolizadores se animen a quitarnos lo poco que nos queda en aras de la comodidad, la modernidad o la reputa que los parió.

Lo siento Azucena, Luis, Baldomero, no voy a coger un solo paquete más. Cada día que pasa cuando me veo obligado a realizar este pequeño esfuerzo en recoger en vuestro nombre un envío, veo más nítidamente al calvorota Bezos acariciarse el paquete y reír a mandíbula batiente. Maldito cabrón[i]

[i] Expresión tomada literalmente de las películas de serie B

https://www.nuevatribuna.es/opinion/emilio-jurado/maldito-cabron/20180805115817154578.html

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