Arquitectura de la Desigualdad (104)

Arquitectura de la Desigualdad (104)

"El 1% de la población tiene lo que el 99% necesita"

Joseph Stiglitz

 

Con las medidas que estamos comentando en relación al mercado laboral, diríase que el Estado hace tiempo que dejó de enfrentarse a la pobreza, para enfrentarse a los pobres. Una gestión neoliberal de la pobreza es manifiestamente injusta, pues se basa en la criminalización de los que menos tienen. La desigualdad sociológica creada por el capitalismo glorifica a los "ganadores" y pisotea a los "perdedores", y el mundo laboral, con todas sus dimensiones, es un perfecto espejo de ello. El Estado del Bienestar se va transformando poco a poco en un Estado de la Caridad, donde los servicios públicos van dejando de ser universales para pasar a ser residuales, mientras crecen los servicios y los bienes privados. Actualmente en España malviven 10,2 millones de personas con una renta por debajo del umbral de la pobreza. Más del 60% de la población tiene dificultades para llegar a fin de mes, y solo el 54% de las personas que se inscriben en las estadísticas del paro reciben algún tipo de ingreso por desempleo. Y mientras los beneficios empresariales se han disparado superando el 200% desde 2012, el coste salarial apenas ha aumentado un 0,6%. Todo ello ha ido forjando la nueva figura del "Trabajador/a pobre", es decir, aquélla persona que aún disponiendo de un empleo, no puede satisfacer sus necesidades fundamentales, ni desarrollar un proyecto de vida digno. Y el discurso neoliberal ha creado un tipo de individuo que se autoinculpa de su situación personal y social. Nuestro sistema político se ha convertido por tanto también en una herramienta de dominación cultural y social, en un instrumento al servicio del poder, en un imaginario legitimador de las desigualdades. Un imaginario colectivo que tiende a despolitizar todas estas desigualdades en su origen, análisis y significado. 

 

Ya no interesan las causas que han generado esos estados de pobreza, exclusión o precariedad, sino ser partícipes de un sistema que nos obliga a ser cómplices con dichos estados. Es como si las personas hubiesen elegido su propia miseria. Paco Roda lo ha expresado muy bien en este artículo para el medio Contextos: "Nada se opina sobre las condiciones y relaciones laborales, sociales, familiares, patriarcales, sexistas o de dominación. Nada sobre la inseguridad, las infraviviendas, los salarios parciales, los talleres ilegales, y las múltiples formas de explotación invisible. Nada. Como si sólo nos interesara asistencializar a quienes van a la deriva, a quienes no asimilan su naufragio voluntario". La gestión neoliberal de la pobreza, legitimadora de la profunda desigualdad, recorre de forma transversal casi todos los instrumentos del sistema de protección social, sobre todo los relativos a los de Empleo y Servicios Sociales. Los pobres no sólo han de cumplir los requisitos exigidos, demostrando así que son pobres, sino que además están sujetos a un control administrativo ciertamente notable: han de comunicar a dichos servicios dónde viven, por cuánto tiempo, con quién, dónde están empadronados, si viajan o no, si salen del país o no, si se casan o se divorcian, cuántos miembros tiene su "unidad familiar" (un concepto muy gracioso), si les toca la lotería, o si heredan de un primo que tenían en Logroño. Curioso sistema éste que controla hasta ese nivel a los pobres, mientras permite que los más ricos y poderosos estafen miles de millones de euros a las arcas públicas sin inmutarse. Como mucho, saldrán en la portada de los programas informativos, para que los pobres conozcan quiénes son los que estafan más al fisco. 

 

Bien, llegados a este punto, inmersos en la concepción del trabajo humano dentro de las relaciones laborales capitalistas, sería bueno adentrarnos en la discusión sobre el trabajo en sí mismo. Porque hasta el propio concepto de trabajo ha sido apropiado por el capitalismo y tamizado por su concepción mercantilista. La visión del trabajo ha sido contaminada por una serie de factores que lo han atravesado por una serie de dardos o flechas para que sea considerado como tal: trabajo "formal", legal, masculino, remunerado, rentable económicamente, sujeto al control de las empresas. Si una actividad laboral se adecúa a dicho paradigma, cumple todas esas características, entonces será considerado "trabajo". En caso contrario, se extenderán algunas dudas sobre él. Digamos entonces que existe un trabajo "formal" (el que es considerado trabajo como tal, con todas las garantías), y un trabajo "informal", aquél que no cumple las características anteriores, y que se aleja del perfil del mismo asumido por el imaginario capitalista. Podemos poner muchos ejemplos de aquéllos perfiles laborales que se alejarían de lo que hemos establecido como "trabajo formal": el trabajo de cuidados (mayoritariamente feminizado), el trabajo desde casa, el trabajo no remunerado (colaboraciones, activismo, voluntariado...), todo trabajo necesario para la comunidad que no sea rentable, etc. Todas esas actividades, al escaparse de los perfiles y características que determinan el trabajo formal en las relaciones laborales capitalistas, simplemente no se considerarán como tales. Y ello porque el trabajo informal se escapa al control capitalista, o simplemente no encaja en sus categorías. Es considerado por tanto como un trabajo anómalo, indeseable, o periférico a la economía global "formal".

 

Pero no queremos causar malentendidos: con nuestra defensa del trabajo "informal" no queremos defender la economía sumergida, la desregulación laboral o la explotación de los trabajadores, sino todo lo contrario. Lo que pretendemos es abrir dichas actividades laborales hacia la "formalidad", y que dichas actividades también sean considerados trabajos con todo el respaldo legal y formal que los demás. En su momento, relacionaremos todo ello con la medida de la implantación de una Renta Básica Universal (RBU). De hecho, la "formalización" del trabajo informal es uno de los puntos clave del "Programa de Trabajo Decente" de la OIT. En sentido general, y siguiendo al antropólogo Keith Hart, podríamos definir a la economía informal como la antítesis del nacional-capitalismo que domina el comercio mundial. Hart también plantea que se ha convertido en una característica universal de la economía moderna, precisamente a raíz del deterioro de las condiciones laborales en los países ricos y desarrollados, que comenzó en la década de los años 80 del pasado siglo. La expansión del trabajo informal se debe por tanto al incremento de las desigualdades sociales creadas por la propia difusión y globalización del capitalismo, que impone sus formas y sus modos de entender las relaciones laborales (al igual que impone las posibilidades de expansión de las corporaciones y su fortaleza jurídica). Hoy día, por tanto, sólo aquéllas actividades que quedan dentro del halo de legitimidad que ampara los valores del nacional-capitalismo son consideradas "Trabajo", y el resto se desestiman, se infravaloran, se marginan, se denigran o simplemente se ignoran. El escenario es complejo, y ciertamente, la cuestión de cómo se organiza y se reconoce el trabajo informal será uno de los grandes retos de este siglo. 

 

Abundando en todo esto, hay que distinguir también entre el trabajo productivo y el reproductivo. El primero es el que produce materiales y herramientas, bienes o servicios, es retribuido con un salario y es el que históricamente han realizado los hombres. Por su parte, el trabajo reproductivo es el asignado a las mujeres y es el encargado de mantener la vida: engendrar, parir, alimentar, educar, cuidar...pero estos trabajos típicamente no son retribuidos con ningún salario. La desigualdad por tanto es evidente. Las mujeres siempre se han encargado del trabajo reproductivo, pero como señala la escritora Silvia Federici, ya no hacen sólo este trabajo, sino que muchas trabajan además fuera de casa sin que se haya producido un cambio social que lo refleje, por lo que no existe conciliación entre trabajo productivo y trabajo reproductivo. El trabajo de cuidados está muy feminizado, además de tener que soportar grandes dosis de precariedad. El reconocimiento del trabajo reproductivo es otro de los grandes retos laborales que se nos presentan para revertir la tremenda desigualdad que existe. En general, como estamos viendo en estas primeras observaciones, el debate sobre el trabajo formal e informal es complejo y extenso, pero de entrada, el reto principal es intentar despojarnos de los prejuicios y de los valores impuestos por la globalización capitalista, que ha moldeado este concepto de Trabajo para que sirva exclusivamente a sus intereses. En este sentido, ha devaluado cualquier actividad humana que no se adecúe a sus moldes, y ha reformulado las capacidades humanas con objeto de evaluarlas en función a su contribución a los valores y principios capitalistas, que son precisamente los que provocan la desigualdad. Continuaremos en siguientes entregas.

 

http://rafaelsilva.over-blog.es/2018/08/arquitectura-de-la-desigualdad-104.html?utm_source=_ob_email&utm_medium=_ob_notification&utm_campaign=_ob_pushmail

Top