Filosofía y Política del Buen Vivir (III)

Viñeta: Vasco Gargalo

 

"Humo, basura y cemento, y el hombre vacío de pensamiento"

Diego Carrasco

 

Hoy día, por tanto, a la luz de tantos desequilibrios ecosistémicos creados por la acción del ser humano, se acrecienta el riesgo de que se produzca una avalancha irreversible de cambios, a varios niveles, todos interrelacionados entre sí y todos ellos producto de la actividad humana, que conduzcan a un futuro radicalmente diferente del pasado conocido por la humanidad, provocando una serie de condiciones a nivel planetario de todo punto hostiles e irreversibles para la supervivencia de la especie humana. Lo recalcaremos una y otra vez en toda esta serie de artículos: no sólo tenemos el problema antes mencionado, sino también el problema de la gran ignorancia que la especie humana posee sobre estos datos, y sobre todo, el problema del negacionismo, es decir, de no querer ver ni asumir toda esta realidad, para poder actuar en consecuencia. La capacidad e influencia del ser humano y su responsabilidad en la transformación/destrucción de la naturaleza fue denunciada desde hace bastante tiempo por muchos autores, pero las últimas décadas han sentado un precedente absolutamente peligroso. En el año 2000, Paul Krutzen, especialista en química atmosférica y ganador del Premio Nobel de Química de 1995, fomentó y difundió el concepto del Antropoceno para referirse al período actual, en el que múltiples procesos fundamentales del entorno natural se ven dominados y transformados por la actividad humana. El capitalismo globalizado interviene decisivamente en toda esta transformación, a través de su acción destructiva del medio ambiente, mediante tareas extractivistas, contaminación, debilitación de las capas atmosféricas de protección para el ser humano, y erradicación de ecosistemas completos. Todo ello va desencadenando una serie de reacciones en cadena que ponen en serio peligro la armonía y equilibrio del conjunto de sistemas naturales que necesitamos para desarrollar y mantener la vida sobre la Tierra. 

 

Las bases y soportes morales y religiosos también han concedido una peligrosa cancha en este sentido, en su idea antropocéntrica del universo, concediendo al Hombre un dominio sobre la naturaleza que es absolutamente irreal. Julio César Centeno lo expresa así en su artículo de referencia: "La creencia de que los humanos somos distintos y superiores a otras formas de vida, o que ocupamos un lugar privilegiado en el cosmos, carece de base científica. Como miembros del colectivo de seres vivos, tenemos el deber de utilizar nuestra capacidad de previsión y empatía para comprender y proteger nuestro hogar planetario, así como para favorecer todas las otras formas de vida". El planeta, nuestra casa común, ha de ser tratada con respeto. Urge un cambio de relación del ser humano con nuestra Madre Tierra. No somos los propietarios del planeta, ni tenemos permiso de ningún otro ser para esquilmarlo y destruirlo. En lugar de utilizarlo para obtener beneficios económicos, los recursos naturales han de ser cuidadosamente protegidos, usados y respetados. Los sistemas económicos no pueden pasar por alto la finitud de nuestros ecosistemas, ni abusar indefinidamente de nuestros recursos. Simplemente, no es posible. Cuanto antes entendamos esto, y nos sumemos a la causa del Buen Vivir sin fisuras, más rápidamente podremos diseñar y formular nuevos modos de vida acordes con dicho modelo, y respetuosos con el medio ambiente. Es necesario reconocer la falsedad de la hipótesis según la cual nuestro planeta es un elemento infinito a nuestro servicio, del que ha de disponerse en provecho del ser humano. Es mentira. Es una falacia desde todos los puntos de vista posibles. No es real ni sostenible. Nos conduce al precipicio, si no estamos ya en él. El colapso de esta civilización industrial basada en los combustibles fósiles y en la explotación de la naturaleza es inminente. 

 

Nuestro comportamiento productivo, nuestros modelos de producción y de consumo hace mucho tiempo que no están en sintonía con los ciclos y ritmos de la naturaleza. Hemos dislocado totalmente el equilibrio primigenio que se encontraba en los diversos ecosistemas (y que proporcionaba la vida a los seres vivos que los habitamos), y hemos resquebrajado la solución de continuidad clara para dichos equilibrios. Ciega y patéticamente, el ser humano no se adapta a la naturaleza, sino que obliga a ésta a adaptarse a él y a sus intereses. El mayor de dichos intereses, dominante desde hace varios siglos, se concentra en la progresiva acumulación de riqueza y de beneficios económicos para la vida humana (de unos pocos, frente a la pobreza de muchos) a partir de la explotación sistemática de los bienes naturales y comunes, y de muchos pueblos, especialmente los indígenas, precisamente aquéllos que más respetuosos han demostrado ser con la naturaleza. Por tanto, muy de acuerdo con Leonardo Boff en su exposición en este artículo para el medio digital Ecoportal.net (salvo en los asuntos religiosos, donde discrepamos), necesitamos urgentemente una ética regeneradora de la Madre Tierra, que le devuelva la vitalidad vulnerada a fin de que pueda continuar albergando las especies de seres vivos, animales y plantas, que la habitamos. Ha de ser, añade, "una ética del cuidado, del respeto a sus ritmos y de responsabilidad colectiva". En efecto, se trata de incorporar una especie de ética "natural" en nuestras relaciones humanas y económicas, en nuestros modos de vida, amparados en los conocimientos científicos y sociales demostrativos de que el rumbo actual es completamente insostenible. Frente a ello, debe imponerse el sentido común: o variamos en dirección diametralmente opuesta dicho rumbo, o nos vamos a pique como el famoso Titanic. Si continuamos ignorando la peligrosa deriva que hemos marcado, más temprano que tarde veremos destruirse nuestra civilización en todas sus dimensiones. 

 

Pero al mismo tiempo que afirmamos esto rotundamente, también hemos de ir desmontando otras falacias que se vierten en determinados medios, o que el pensamiento dominante difunde de forma equivocada. Por ejemplo, la relativa a la supuesta superpoblación de nuestro planeta. En este artículo del medio Ecoportal se afirma textualmente: "La verdad es que si los más de 7.000 millones de personas que habitamos la Tierra estamos juntos y congregados en la misma ubicación, llenaríamos sólo el Estado de Los Ángeles de Estados Unidos. O si a todas las personas en el mundo se les diera una pequeña casa con patio y estuvieran también reunidas en la misma ubicación, se podrían llenar sólo los Estados de Texas, California y Nuevo México, y habría espacio de sobra". Siguiente falacia: ¿Tenemos suficiente comida para todos? Respuesta: Sí, de sobra. En el artículo de referencia se demuestra este hecho irrefutable de forma matemática. De hecho, sólo las tierras de cultivo de los Estados Unidos bastarían para alimentar a toda la población mundial durante un año. Pero no termina ahí la falacia, ya que en realidad, el hecho cierto es que la población mundial no está aumentando, sino disminuyendo. Y ello porque las tasas de fecundad mundiales están disminuyendo, la anticoncepción está subiendo en su demanda, y algunos Gobiernos están limitando el número de niños/as nacidos/as. Lo que debemos preguntarnos son los oscuros intereses que difunden los mantras de la superpoblación, quizá en aras a imponer subrepticiamente un nuevo orden mundial, así como a legitimar ciertas guerras y conflictos. Bien, pero dicho todo esto, lo que sí es importantísimo subrayar es la dimensión de los recursos naturales que la actual población planetaria consume, algo muy distinto al número de personas que poblamos el planeta, o si podemos o no alimentarnos todos. 

 

Pues vamos a la respuesta a dicha cuestión. En este artículo para el medio digital Rebelion.org, el periodista Enric Llopis nos resume interesantísimos datos aportados en el informe "Planeta Vivo" de la organización ecologista y animalista WWF, donde por ejemplo ya se advierte (año 2017) que en el mes de Agosto ya se habían consumido el equivalente a los recursos que anualmente nos provee la naturaleza. Nos basamos en él en lo que sigue. El día concreto del año donde este nivel de consumo se alcanza es llamado "Día de la Sobrecapacidad de la Tierra", y avanza poco a poco, pero año a año en el calendario. Desde el año 1997 hasta la actualidad se ha adelantado en dos meses. El principal factor que se estudia en sus diversas vertientes es la llamada "Huella Ecológica", un indicador que permite medir las demandas de toda la humanidad a la naturaleza, en relación con la capacidad biológicamente productiva de ésta (es decir, lo que realmente nos puede dar, tanto para suministrar recursos, como para absorber residuos). Pues bien, esta organización estima que son las emisiones de carbono el principal componente de la "huella ecológica" humana en el planeta, que también ha registrado un significativo aumento en las últimas décadas, pasando del 43% en 1961 al 60% en 2012. Evidentemente, la causa principal de este predominio es el consumo de combustibles fósiles (carbón, petróleo, y gas natural). Multitud de cifras avalan este hecho: por ejemplo, en 2014 se superó la cifra de 1.200 millones de automóviles circulando en todo el planeta. Otro peligro importante es el creciente ritmo de deforestación. Durante el período 2000-2010 se registró una pérdida neta de 7 millones de hectáreas anuales de bosque en los países tropicales. La especulación y la construcción de grandes infraestructuras se presentan como las dos causas principales para explicar este hecho. Pero los bosques son el auténtico respiradero de la naturaleza, sin los cuales tampoco podemos subsistir, así como el hábitat natural de multitud de especies de plantas y animales. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: Vasco Gargalo

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