Arquitectura de la Desigualdad (107)

Fuente Viñeta: https://www.elperiodico.com/es/

"El hecho es que las sociedades capitalistas ya dedican una gran parte de su productividad económica a pagar dinero a personas que no han trabajado para ganarlo. La RBU no ha inventado la renta pasiva. Lo único que hace es distribuirla de manera uniforme entre todos los miembros de la sociedad, en lugar de entregar grandes cantidades a los más ricos de la sociedad"

Matt Bruening

A tenor de lo expuesto durante las últimas entregas, creo que hemos de tener clara la necesidad de abandonar el paradigma del trabajo tal y como hoy lo conocemos, una concepción impuesta por la cultura y el imaginario colectivo capitalista. El salvajismo creciente de las relaciones laborales, la neoesclavitud de ciertos modelos laborales, el aberrante crecimiento de modelos encubiertos de empresas que legitiman la explotación a mayor calado, y los destrozos de todo tipo que las grandes corporaciones cometen por todo lo ancho y largo del planeta debe llegar a su fin. Debemos eliminar esta economía precaria de la supervivencia, y sobre todo, centrar el concepto de trabajo sobre parámetros más humanos y sostenibles. El trabajo humano y la naturaleza son las dos únicas fuentes reales de riqueza, y por tanto, hemos de cuidarlas extraordinariamente. La esencia del trabajo no puede ser entendida únicamente en su dimensión de rentabilidad capitalista, de beneficios económicos, de riqueza desmedida y de avaricia sin límites, sino en su función de actividad humana racional, sostenible y cubridora de las necesidades y satisfacciones humanas, y de la comunidad. El trabajo debe entonces orientarse al bien común, a la defensa de los intereses colectivos como sociedad, y al equilibrio y sostenibilidad medioambiental. Hay que poner freno a ciertos modelos de negocio, a ciertos modelos laborales, y a injusticias palpables que legitiman las desigualdades. Los trabajos sobrecualificados, el trabajo infantil, los trabajadores pobres, los nichos de negocio abusivos y depredadores, y los marcos laborales que legitiman todas estas aberrantes modalidades de trabajo han de desaparecer. 

 

Actualmente, los límites entre el trabajo y el paro se difuminan. Las posibilidades contractuales son tan flexibles para las empresas que las personas pueden ser contratadas por días, por horas, por semanas, por fines de semana, de forma temporal para actividades indefinidas, y un largo etcétera. Los/as asalariados/as hacen normalmente algo diferente a lo que en su día aprendieron o estudiaron. Profesiones, cualificaciones, carreras, trayectorias vitales, etc., son hoy día muy poco tenidas en cuenta. Existe un cambio y un trasiego continuo entre cualificaciones, actividades y funciones, dentro del mundo laboral. Las fronteras entre lo que se hace y para qué se hace están cada vez más difusas. Nos imponen una especie de oda al "individuo flexible", adaptable, transversal, multidisciplinar, que sirve para todo y que está disponible en cualquier momento. Pero al final, toda esta maquiavélica y perversa evolución del ídolo trabajo sólo cumple un objetivo final: incidir en la arquitectura de la desigualdad. Los horarios de trabajo estandarizados se vuelven inciertos, la conciliación de la vida personal con la vida laboral se torna complicada, y al no existir reparto, nos encontramos un ejército de desempleados/as al lado de empresas e instituciones que no pueden atender a todo el público que reciben por falta de personal o sobrecarga del mismo. También se exige a los/as trabajadores/as una alta movilidad espacial, en contra de sus propios intereses vitales. Bajo este imperio de la globalización capitalista, se ha reforzado esa tendencia a la movilidad espacial, que hoy día se extiende no sólo a sedes, sino también a ciudades, países y continentes diversos. Por culpa de los mercados, las personas se van convirtiendo en una especie de vagabundas laborales, socialmente desarraigadas. Por el trabajo se adapta todo, se sacrifica todo, se pierde todo. 

 

Esa flexibilización supone también el cambio constante entre trabajo por cuenta ajena y "autónomo". Actualmente, los límites entre trabajadores/as asalariados/as y empresarios/as se difuminan, pero también esto ocurre en detrimento de los afectados. Priman los falsos autónomos, los autónomos que dependen de la carga de trabajo que les proporciona una única empresa, que no poseen empleados, que son autónomos aparentes, es decir, pseudoempresarios sin organización empresarial propia, sin capital financiero propio, y que además deben poner todos los medios por su parte (y costearlos) para poder llevar a cabo las actividades. Flexibilización, en una palabra, significa precariedad. Los empresarios la piden, y las leyes se la conceden, para poder explotar más y mejor a la clase obrera, para poder despedir más barato, para que la temporalidad y la parcialidad abran sus abanicos, para que la empresa pueda requerir al trabajador o trabajadora en cualquier momento y para cualquier circunstancia. Y bajo los nuevos modelos de negocio denominados "colaborativos" (hablaremos de ellos más a fondo en siguientes entregas), el vínculo empresarial se relaja, y los llamados "colaboradores" se dividen en una plantilla central cada vez más reducida (ya que cada vez se necesitan menos instalaciones), y una plantilla satélite, precaria, eventual, de reserva, a la que también se le recortan o eliminan las prestaciones sociales, y pasan a denominarse trabajadores/as "freelance". Suelen estar aún más explotados que los que pertenecen a la plantilla central, ya que la clásica cultura empresarial de la "integración" ha caducado, no existe. Los individuos flexibilizados bajo este salvaje y demencial modelo son sólo gente universalmente explotada, insolidaria y solitaria. La conciencia de clase (obrera) queda absolutamente extinguida y finiquitada. La globalización capitalista ha vencido. 

 

La desconfianza general gana terreno, dando paso al más descarnado individualismo. Hoy asistimos a la creación de una cultura empresarial absolutamente paranoica, donde las personas están continuamente presionadas y chantajeadas en sus puestos de trabajo, se sienten inseguras, tienen miedo, no pueden desarrollar un proyecto vital mínimamente digno. Todo ello afecta a la motivación laboral y a la productividad. La formación y la capacitación profesional no cumple su función, y en la inmensa mayoría de las empresas ni siquiera existe, porque una preparación verdadera necesita un tiempo real del que el mercado ya no dispone. El aprendizaje se banaliza, se corrompe y se convierte en un mero requisito o trámite para la empresa y los asalariados/as. La calidad se queda por el camino. En el epílogo del Manifiesto de referencia que hemos seguido, Robert Kurz finaliza con las siguientes palabras: "Trabajadores azuzados y dessocializados, que lo único que pueden hacer es engañar a sus directivos, a sus clientes y a sí mismos, se convierten en contraproductivos también empresarialmente hablando. Con la flexibilización total el capitalismo no resuelve su crisis, sino que se conduce ciertamente a sí mismo al absurdo y demuestra que ya sólo es capaz de desatar energías autodestructivas". El mundo del trabajo refleja a las mil maravillas toda esa perversa evolución a la que nos conduce la globalización neoliberal impuesta por las élites capitalistas. Pero volviendo a un asunto ya expresado con anterioridad, parece que a nuestros gobernantes y empresarios les preocupa mucho la ociosidad de las personas, les parece muy bien tenerlos como esclavos trabajando un montón de horas al día, pero les preocupa lo que puedan hacer en su tiempo libre, cuando no trabajan (o si no trabajan nada). Y toda esta preocupación la plasman en varios frentes, por ejemplo el frente educativo, donde vienen desapareciendo los estudios relativos al pensamiento y al arte (filosofía, formación musical, etc.), y vienen reforzando las materias más ligadas a la memorización y al cálculo. 

 

Con ello pretenden crear futuros obreros que no se cuestionen su trabajo (y por tanto, el propio modelo que lo crea), y por ende, ninguna otra cuestión de orden superior (el sentido de su vida, el sistema político y social, etc.). El capitalismo se preocupa por tanto de crear perfectos autómatas laborales, que no supongan ninguna amenaza al sistema. Y en este sentido, uno de los más grandes sabios de nuestro tiempo, Bertrand Russell, ha declarado al respecto ("Cómo ser libre y feliz", El Viejo Topo, disponible en línea en http://www.elviejotopo.com/topoexpress/como-ser-libre-y-feliz/) lo siguiente: "A veces me preguntan cómo puedo estar seguro de que la gente utilizará bien su ocio. No quiero asegurarlo. Cuando uno plantea ese problema es porque se encuentra todavía en la esfera de la moralidad excesiva, la presión excesiva de la comunidad sobre el individuo. Mientras el ocio no se emplee de ninguna manera nociva para el prójimo, es algo que atañe exclusivamente al individuo. Y afirmo que en el mundo espiritual deseamos individualismo. El socialismo lo queremos en el mundo material. Ahora tenemos socialismo en el mundo espiritual e individualismo en el material". La capacidad de ocio del ser humano, ya lo hemos dicho, jamás ha sido un peligro para el mundo del trabajo. El ocio es consustancial a nuestra especie. Debemos no sólo permitir el ocio, sino fomentarlo y dejarle rienda suelta. El mundo del trabajo no es útil ni productivo, ni siquiera humano, si no va alternado con posibilidades reales de ocio, de tiempo libre, de dedicación alternativa o simplemente contemplativa. Reivindiquemos espacios de libertad, públicos y privados, para gestionar el ocio y los proyectos comunes, individuales o colectivos. Ello requiere enfrentarse a los modelos laborales vigentes. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Fuente Viñeta: https://www.elperiodico.com/es/

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