Arquitectura de la Desigualdad (108)

Viñeta: El Roto

 

"Vivimos, pues, en un escenario social marcado no sólo por grandes desigualdades; vivimos en un mundo en el que las grandes mayorías sociales pierden niveles de libertad a marchas forzadas. Y huelga decir que una cosa y la otra se hallan profundamente relacionadas: cuando unos pocos logran hacerse con el control de dosis ingentes de recursos -hemos dado ya sobrados datos al respecto-, estos pocos se hallan capacitados para imponer condiciones de vida al resto de la población"

David Cassasas y Daniel Raventòs

 

Lejos de proclamar y de luchar por el "pleno empleo" en el sentido capitalista del término, es decir, asumiendo el paradigma del empleo asalariado, como si tener un trabajo fuese por sí mismo una cosa buena, sin tener en cuenta lo peligroso, denigrante o explotador que pueda ser, hemos de liberarnos de ese lastre, y desenfocar el trabajo humano hacia un paradigma más abierto y social. Está demostrado que las bajas tasas de paro no solucionan la desigualdad, ni aumentan la justicia social. Trabajo precario para todos no es la solución. Los trabajos que se han ido evaporando durante todos estos últimos años de crisis económica no van a volver, pues el modelo laboral que se ha instalado no lo permite. Las medidas económicas que se toman son insuficientes por sí mismas, porque hay que contemplarlas en contexto. Por ejemplo, una subida del Salario Mínimo Interprofesional aislada, sin ninguna otra transformación del modelo, tampoco garantiza la no existencia de trabajadores pobres. Y entonces...¿qué sentido tiene poseer un trabajo, por muy "remunerado" o "asalariado" que sea? Como ya hemos afirmado en anteriores entregas, la ética del ídolo trabajo nos ha inculcado que el trabajo nos proporciona seguridad, ética, confortabilidad, realización y dignidad. Pero esto no es cierto. La dignidad nos la proporciona el hecho de disfrutar de una existencia material garantizada, y el resto de características nos las proporciona la propia actividad humana, sea la que sea, aunque no se atenga al modelo del trabajo asalariado. La existencia material garantizada es lo que nos permite vivir sin el permiso de otros, disfrutando de la auténtica y plena libertad. Pero el hecho es que tenemos el ídolo trabajo tan arraigado que ya no somos capaces siquiera de imaginar cómo sería nuestra sociedad y nuestra civilización si no tuviéramos que "ganarnos la vida".

 

¿Cómo sería nuestra vida? ¿Cómo viviríamos si el ocio no fuera una opción, sino un modo de vida? ¿Cómo se puede vivir sin un trabajo, es decir, es posible recibir un sueldo sin trabajar para obtenerlo? Para empezar, ¿es posible? Para continuar, ¿es ético? Tenemos, como hemos dicho, un problema de partida, y es que hemos sido educados bajo el Dios Trabajo, es decir, en la creencia de que el trabajo es lo que determina nuestra vida y nos da sentido en la sociedad...¿sentiríamos que hacemos trampa al recibir algo a cambio de nada? Nuestra mente está tan imbuida en los postulados capitalistas que apenas somos capaces de imaginarnos todo esto desde un sentido lógico. No obstante, también hay que reconocer que nuestro famoso Estado del Bienestar ha avanzado algo, y ya nos ofrece prestaciones económicas en determinadas situaciones, por ejemplo en nuestra jubilación, en nuestro desempleo, cuando estamos incapacitados temporalmente, e incluso prevé situaciones de exención limitadas (excedencias) del trabajo ante determinadas situaciones personales. Nuestra mentalidad entiende y asimila estas prestaciones porque suponen una imposibilidad para poder realizar nuestro trabajo de forma normal, pero no alcanza a comprender que si no se produce ninguna de ellas, el individuo pueda recibir una prestación económica "a cambio de nada", es decir, sin trabajar. Pero...¿son realmente rentables, desde los puntos de vista de la moralidad, de la eficacia y de la eficiencia todos estos sistemas de ayudas públicas para "determinadas situaciones"? La pregunta concreta que se hace James Livingston en su artículo "A la mierda el trabajo" (traducido para el medio Ctxt por Álvaro San José), cuya completa lectura recomendamos y donde nos estamos inspirando para algunas cuestiones, es la siguiente: "Si seguimos este camino y continuamos aumentándolos, ¿estamos subvencionando la pereza, o estamos enriqueciendo el debate sobre los fundamentos de la vida plena?". 

 

Pero incluso antes que los inconvenientes "morales" nos podrían asaltar las dudas de posible viabilidad económica: ¿De verdad podemos permitírnoslo? Pues parece que podemos permitirnos pagar a una Casa Real, financiar a una Iglesia Católica, disparar nuestro Presupuesto de Defensa, o bajar continuamente los impuestos a los más ricos, por citar sólo algunos de nuestros disparates presupuestarios. Algunos autores han calculado incluso que sólo con los ingresos procedentes de la erradicación de los paraísos fiscales podríamos equipar con energías renovables a toda África, América Latina y gran parte de Asia, pero ni siquiera nos estamos planteando objetivos tan ambiciosos. Para nuestro caso español, por ejemplo, los investigadores de la Universidad Autónoma de Barcelona hace varios años que han publicado diversos estudios demostrando matemáticamente que sólo mediante una Reforma Fiscal justa sería posible financiar una Renta Básica Universal ciertamente digna. Sólo con esta auténtica revolución fiscal se solucionaría el problema y se crearía un superávit económico donde ahora sólo existe un déficit moral cuantificable económicamente. Por tanto, hacer que las empresas y los más ricos paguen más impuestos para poder financiar un Estado del Bienestar mejorado, más completo y potente, más justo y redistributivo, no es un problema económico, sino una cuestión ideológica, intelectual y moral. Un dilema ético al que nuestras sociedades no pueden renunciar. Pero como decíamos, somos reticentes a aceptar todo esto, simplemente porque el trabajo es todo para nosotros, se ha convertido en el sentido de nuestra vida. El Trabajo ha sido la base de casi todo nuestro pensamiento sobre lo que significa disfrutar de una vida plena desde que Platón relacionó el trabajo manual con el mundo de las ideas. Ha sido también la base económica para el Patriarcado, el sistema de dominación cultural que se nos ha impuesto desde hace siglos, y que consagra la discriminación de la mujer con respecto al hombre. 

 

Por tanto, nuestro sentido sobre el trabajo es un asunto muy enraizado en nuestras culturas. La dimensión que el trabajo ocupa en nuestra civilización y en nuestra cultura posee un inmenso calado, por su hondura moral y por su interrelación con otros muchos conceptos, valores y principios. Pero hoy día los modelos de familia están cambiando, estamos combatiendo al patriarcado, estamos luchando contra la Arquitectura de la Desigualdad desplegada durante siglos y especialmente durante las últimas décadas, y estamos revolucionando muchos de los pilares anacrónicos donde nuestras sociedades continúan asentadas en pleno siglo XXI. Y uno de ellos es el Trabajo. Y estamos comprendiendo que el paradigma capitalista del trabajo, aquél que nos hace esclavos y que nos conduce a la situación de trabajadores pobres, no nos sirve, y que el trabajo socialmente beneficioso se convierte no sólo en posible, sino en deseable, más bien en necesario, y no sólo en el interior del núcleo familiar, sino en el mundo exterior de las relaciones humanas y sociales. Durante siglos nos hemos definido a nosotros mismos como lo que fabricamos, como lo que producimos, de acuerdo con lo que hacemos. Pero debemos comprender que dicha valoración es determinada sólo por el mercado de trabajo, muy lejano a los fines socialmente justos. Hemos de apostar por una nueva dimensión del trabajo humano más inclusiva, más abierta, más flexible, más comunitaria, más social, más justa. Y sobre todo, hemos de desligar la versión del trabajo asalariado o remunerado con las otras versiones, comprendiendo que si dicha remuneración es una necesidad humana para sostener una existencia material, nuestras sociedades deben garantizarla de forma implícita, esto es, independientemente de la existencia de un trabajo adicional (o de varios). El prisma que debemos aplicar es que no puede existir igualdad, ni democracia, si no diseñamos un modelo social donde aseguremos la existencia material de las personas, pilar fundamental de los derechos humanos. 

 

Bien, dicho todo lo cual, nuestra proclama contra los modelos laborales actuales no debe confundir ni generar malentendidos. El objeto de nuestra crítica, quede claro, no es el trabajo humano en sí mismo, sino la perversa involución que ha sufrido a manos de los salvajes paradigmas de la globalización capitalista. El trabajo humano sigue constituyendo una fuente fundamental de riqueza, por lo cual, lo que debemos hacer es despojarlo de todos estos modelos laborales precarizantes, desligarlo de su ligazón al modelo capitalista y neoliberal, y ampliar y humanizar las bases sobre las que se asienta. Por ejemplo, un puntal de lucha es volver a recuperar al Estado como garante último y fundamental del trabajo. Ello no sólo implicaría reforzar el sector público y las plazas de funcionarios y de personal laboral de todas las Administraciones Públicas, a todos los niveles, sino también desarrollar una nueva función garante de que todos los trabajos necesarios para resolver las necesidades de una determinada comunidad quedan, dentro de lo posible, cubiertos de forma digna. El Estado a todos sus niveles debe entender el trabajo como un instrumento político, desde la gobernanza pública. Y el Estado puede y debe siempre permitirse apoyar la producción social valiosa, atendiendo a las necesidades de las personas, es decir, desde un punto de vista de rentabilidad social. Pero para ello hay que volver a dotar de capacidad y responsabilidad política a los estamentos públicos que han quedado sin ella (para relegarla a las iniciativas privadas), desligando las fuentes del trabajo únicamente en la empresa privada y sus instrumentos colaterales. Estos empleos públicos, enmarcados en lo que venimos denominando Planes de Trabajo Garantizado, estarían sujetos a condiciones dignas, en vez de a los vaivenes del mercado y su constante precarización laboral. El desempleo no es por tanto una "maldición económica" que tengamos que soportar, ni tampoco hemos de soportar la miseria que éste causa. Independientemente de los avances de la robotización (de los que hablaremos en su momento), creemos que no estamos destinados a un futuro sin trabajo, pero sí a un trabajo más humano, libre y justo, comenzando por no tener que sufrir la pobreza y la exclusión social que la falta de trabajo genera actualmente. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: El Roto

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