Filosofía y Política del Buen Vivir (X)

- Durante el último siglo, la máquina excavadora del capitalismo no se ha detenido ni un solo segundo.- El afán de lucro no ha cesado ante nada, e incluso las destructivas guerras son vías de expansión alternativas al propio capitalismo

Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

 

"El calentamiento global es una aberración producida por la actividad humana, consecuencia principalmente de su adicción por el consumo de petróleo, gas y carbón. Sus consecuencias pueden ser tan destructivas como las de la guerra nuclear. Las emisiones de CO2, metano y otros gases de efecto invernadero ya han transformado radicalmente la composición química de la atmósfera, provocando una cascada de consecuencias que tienden a auto-alimentarse para transformar a la Tierra en un planeta hostil para la vida humana. La humanidad, inadvertida en su mayor parte, dispone ahora de apenas un par de décadas para evitar cruzar el punto de no retorno"

Julio César Centeno

 

En nuestra entrega anterior comenzamos a exponer los puntos de contacto entre el Marxismo clásico y el Ecologismo, así como la integración y evolución de ambas tendencias y disciplinas de pensamiento. En el año 2000 se publicó la magnífica obra de John Bellamy Foster bajo el título "Marx's Ecology. Materialism and Nature", quizá la obra cumbre que trata el asunto con más profundidad. Este texto explica con detalle la concepción materialista de la naturaleza que poseía el fundador del marxismo. En dicho texto se recogen multitud de citas donde Marx alude al saqueo y a la transferencia física de recursos naturales: fertilidad de la tierra, minerales del subsuelo, agua, etc. Todo ello nos da una pista general de hasta dónde había llegado la conciencia ecologista del genial pensador alemán. Denunció en sus obras los peligros de la agricultura extensiva, su preocupación por las condiciones de sostenibilidad, y la incompatibilidad de ésta con la agricultura capitalista a gran escala. La izquierda actual debe recoger el testigo de estas aportaciones primigenias, y actualizarlas al corpus de conocimientos del siglo XXI, y a nuestra realidad ecológica, política y social. En relación a ello, Joaquím Sempere finaliza su artículo con las siguientes palabras: "Dos amenazas le ayudarán a hacerlo: el cambio climático y el agotamiento de los combustibles fósiles y el uranio. No se podrán abordar estas dos amenazas sin una reconsideración radical de la fractura metabólica experimentada en los dos últimos siglos, y sin un programa de mutación energética y metabólica para reconstruir la economía sobre la base de la sostenibilidad ecológica y la circularidad de los recursos. Releer a Marx y Engels con una nueva mirada, que permita recuperar sus reflexiones protoecologistas superando sus insuficiencias, ayudará sin duda a llevar adelante este programa de reconstrucción".

 

La importancia del cambio climático y del agotamiento físico y material de los combustibles fósiles está, por tanto, en plena sintonía con los postulados marxistas, al igual que lo están otras corrientes de pensamiento, que al igual que el Ecologismo, han tomado entidad y fuerza social mucho después de que Marx y Engels nos dejaran su extraordinario legado. El Marxismo, entendido como un corpus teórico, metodológico y práctico para enfrentar y dar solución a los grandes problemas de la Humanidad, no puede ser ajeno a estos problemas fundamentales a los que nos enfrentamos. Los perniciosos efectos del cambio climático, unidos a los provocados por el agotamiento de los combustibles fósiles son de una tal magnitud que atacarán en todos los órdenes de nuestra vida social, porque aunque se manifestarán en primer término en los ámbitos biológico y ambiental, se extenderán de forma imparable al resto de ámbitos de la vida humana (el trabajo, las migraciones, los recursos, las formas de vida, la tecnología, etc.). Por consiguiente, hoy día, a la luz de las aportaciones del Marxismo, negar la centralidad del problema que representan el caos climático y energético es un ejercicio de tal miopía política como jamás han ocurrido en la historia de la humanidad. Hemos de entender que el colapso civilizatorio al que nos enfrentamos va mucho más allá de una simple (aunque extensa) crisis económica (o social, o política), pudiendo concluir que dicha parcela económica está subordinada necesariamente a la crisis ecológica. O dicho de otro modo: o resolvemos (o nos adaptamos convenientemente) a la crisis ecológica que se avecina, o no quedará parcela humana que no sea susceptible de colapsar. O si se prefiere: no se resolverá la crisis económica sin colocar a la crisis ecológica (ambiental, energética) por delante de nuestros análisis, proyectos y programas. 

 

La situación actual es de una verdadera crisis estructural del capitalismo, como resultado del agotamiento del petróleo y los combustibles fósiles (fenómeno que se conoce como Peak Oil), y a su vez, como resultado de tener que adaptarnos a los múltiples efectos y consecuencias de todo el daño que llevamos ejecutando a nuestro medio ambiente. Ambas crisis se resumen en una, que ha de cambiar necesariamente no sólo nuestras estructuras políticas, sino también nuestras formas y modos de producir y de consumir, en una palabra, de vivir. De ahí que no exageramos cuando hablamos de colapso civilizatorio. Estamos hablando de un fenómeno de magnitudes incalculables, que pondría en jaque prácticamente todos los pilares donde basamos nuestros modos de vida (alimentación, transporte, consumo, reciclaje, extracción, fuentes de energía...). Necesitamos imperiosamente adaptarnos a este tremendo desafío, y ello requerirá, en primer lugar, asumir los diagnósticos de situación pertinentes (algo que todavía no se ha hecho de forma masiva), y en segundo lugar, comenzar a desarrollar las alternativas precisas para ir desarrollando otros modos de vida diferentes a los actuales. Lucho Torres, del Blog "Un Marxismo para el planeta", autor que seguiremos a continuación, lo expresa en esta entrevista con Miguel Fuentes para el medio digital Rebelion en los siguientes términos: "El colapso implicaría así la necesidad de reformular la praxis revolucionaria en su totalidad debido a que estaríamos hablando de un horizonte histórico que plantearía la posibilidad de un "fin" de la sociedad capitalista no como producto de una revolución social, sino que al modo de una retirada obligada del capitalismo por imposibilidad estructural. Al no poder crecer más, entonces, el capitalismo se iría "apagando"...y en ese oscurecimiento, simplemente, nos podríamos ir todos al "infierno". Es precisamente por esto que es importantísimo colocar la hipótesis del colapso como un eje en la discusión revolucionaria y no seguir postergándola (o subestimándola) sin haber por lo menos discutido con aquélla". 

 

La izquierda transformadora ha de enfrentarse a este hecho de forma clara. No podemos ignorarlo. No podemos continuar por más tiempo promoviendo unos postulados basados en unos modelos energéticos (o que los requieren) caducos, y cuyo agotamiento no sólo los condena al fracaso, sino que supondrán un abrupto fin de nuestra civilización capitalista. Hemos de ser valientes y fieles con la realidad. Hemos de ser íntegros y realistas con nuestros programas. Hemos de ser claros con nuestro electorado (votantes, simpatizantes) y con la sociedad al conjunto. La derecha política, social y mediática sigue instalada en su negacionismo miope y temerario, ignorante y provocador, pero no esperamos otra cosa de ella. Pero la izquierda pone en juego su propia credibilidad como una opción política realista. Hoy día existen infinidad de estudios que exponen que la combinación de los efectos del cambio climático y los niveles de concentración extrema de riquezas (la extrema desigualdad), así como también las consecuencias de una próxima escasez planetaria de recursos, pueden llegar a producir el derrumbe de la civilización contemporánea. Lo sabemos, pero aún seguimos mirando hacia otro lado. La responsabilidad es nuestra, de todo el conjunto de la humanidad. El caos climático y la escasez de materias primas y energéticas no afecta a un determinado país, comunidad o continente, sino que es un problema de todo el planeta. Durante el llamado Antropoceno (la más reciente época geológica), el hombre ha intervenido en los ciclos de la biosfera modificándolos drásticamente. Un brutal y progresivo sistema depredador y contaminante ha sido creado por el ser humano, y paradójicamente se le ha denominado "progreso", cuando lo único que han progresado han sido las cuentas de resultados de las grandes empresas, las mismas que hoy dirigen todo el cotarro. 

 

Durante el último siglo, la máquina excavadora del capitalismo no se ha detenido ni un solo segundo. El afán de lucro desmedido no ha cesado ante nada, e incluso las destructivas guerras son actualmente vías de expansión alternativas al propio capitalismo. Todo un hedor a muerte y destrucción hemos ido sembrando en nuestras ansias de dominar el mundo, la naturaleza y al resto de seres humanos, pero ahora, todo ello se nos vuelve contra nosotros. El capitalismo, como instrumento destructivo, nos está haciendo vivir la barbarie (que ya advirtiera Rosa Luxemburgo) desde hace mucho tiempo, aunque con cuentagotas. No hemos sido conscientes del camino autodestructivo por donde andábamos, siempre queriendo llegar a más en nuestra fiebre enloquecida de dominio, saqueo, control, explotación y destrucción. Ahora todo ese escenario creado por nosotros se nos pone ante nuestros ojos. La crisis ecológica devendrá, si no somos capaces de enfrentarnos a ella de modo radical e inteligente, en un eco-suicidio planetario, que acabará con la extinción de nuestra especie. La deriva capitalista nos ha puesto ante una terminal disyuntiva: o las comunidades humanas somos capaces de reinventarnos en nuestros modos de vivir, de relacionarnos con la naturaleza y con el resto de los animales, o simplemente, no podremos detener el desastre. Y no valen soluciones parciales, atajos o parches para lo que se avecina. Las actitudes simplistas, infantiles y reduccionistas que aducen siempre que "ya diseñaremos alguna solución para enfrentarnos a eso" sólo demuestran su completa ignorancia sobre la verdadera dimensión de lo que está ocurriendo. No existen soluciones. Sólo existe desarrollar la mejor adaptación posible, pero para ello, el ser humano debería ser plenamente consciente y estar bien informado de lo que ocurre, y no lo estamos. De nuevo, el pensamiento dominante (expresado en los medios de comunicación convencionales y en la mayoría de los líderes políticos) nos oculta la realidad y nos difunde únicamente un relato superficial e insuficiente. Relato que, además, las corrientes negacionistas llevan al absurdo. ¿Seremos capaces de reaccionar a tiempo? Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: Fadi Abou Hassan-FadiToOn

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