«Dinero y derechos»

Los derechos de los más desfavorecidos han acabado siendo considerados una mercancía más para los practicantes del capitalismo

En la práctica el tema de los derechos, sobre todo si se trata de derechos humanos, queda muy bien en el plano publicitario y, en su caso, para ser utilizado como instrumento de confrontación frente a los que disienten del sistema capitalista, que interesadamente se ha autoproclamado defensor de los mismos. Sin embargo, cuando la aplicación de los derechos afecta directamente a los intereses del empresariado la cosa cambia. De tal manera que ese liberalismo de pacotilla, que caracteriza a los dedicados al negocio de vender, se enfría, el tema pierde interés y se silencia. De buenas a primeras la vulneración palmaria de la dignidad de las personas deja de ser el centro de la noticia casi por decreto. Quienes manejan el asunto desde las altas esferas invitan a los distintos medios de difusión a pasar por alto cualquier referencia al tema e incluso recomiendan echar la manta por encima, para que los espectadores se olviden de lo que un día fue actualidad y le permitan continuar con lo suyo. Es sobradamente conocido que quien manda en esto del dinero, y en casi todo lo que se mueve a nivel local y global, no es precisamente el que figura en el escenario, quien no pasa de ser un simple comisionado del gran patrón. De manera que los gobernantes satélites, para curarse en salud, deben procurar estar con el que dirige el espectáculo entre bambalinas —el amo del dinero—y no contrariar sus decisiones, aunque el asunto afecte a algo tan incontrovertido como el respeto a los derechos humanos. En síntesis, así parecen estar las cosas.

Se diga lo que se diga, la realidad está ahí, los derechos de los más desfavorecidos han acabado siendo considerados una mercancía más para los practicantes del capitalismo, ya que puntualmente se suelen utilizar a conveniencia de los distintos monopolios empresariales y sus servidores políticos para vender sus productos y entretener a las masas. Incluso, pese a ser usados abiertamente como moneda de cambio, la intelectualidad afín al sistema suele presentarlos como valores en su sentido más puro, cuando realmente han sido contaminados por el influjo del dinero. Esta suerte de hipocresía que afecta a unos y otros ha cobrado vigor en los últimos tiempos con el propósito de ganarse a las masas de consumidores, fieles crédulos practicantes de la doctrina del consumo y fervientes seguidores de al cultura del espectáculo. Se trata de un buen argumento para ilusionar a las gentes, ablandar corazones sensibles, influir en las mentes ociosas e incluso promover solidaridad con causas justas, tras de las que se encuentra más o menos oculto el negocio de algunos. Y por aquí ronda la problemática de la inmigración.

Pese a la cautela con la que las empresas abordan el tema en esto de los derechos, como en tantas otras cuestiones, a la menor ocasión acaba por verse las verdaderas intenciones. Basta con echar un vistazo al drama de actualidad de quienes buscan una vida mejor en otros países, tratando de escapar de la miseria del propio. La emigración es evidente que requiere complicidades. Por un lado, muchas veces es una situación generada por una serie prolongada en el tiempo de desajustes económicos promovidos por dirigentes políticos incompetentes, que simplemente se dedican a ejercer la autoridad, encogiéndose de hombros ante la problemática de la ciudadanía. No puede pasarse por alto, en el asunto de esa gobernabilidad falta de eficacia para procurar el bienestar de las personas afectadas, a las empresas capitalistas dedicadas a la vulgar explotación sin generar un mínimo de riqueza para los afectados. Unos y otras siguen el juego marcado por el sistema, fomentando el desarrollo de un nuevo modelo de explotación en la época del culto verbal de los derechos humanos.

La segunda parte viene cuando, aprovechando la situación de vulnerabilidad de quienes no disponen de cuotas mínimas de bienestar, los afectados pasan a ser negocio para las empresas. Por una parte, como mano de obra bien dispuesta y barata; por otra, ampliando el mercado de masas con nuevos consumidores. Por tanto, la inmigración es bien recibida por las empresas de los países ricos al ver incrementada la perspectiva de negocio. De ahí que se airee permanentemente el tema de los derechos y la necesidad de protección, porque en este caso vienen bien al negocio. Mientras, los gobernantes receptores no dudan en seguir la corriente tomando en consideración el problema demográfico, la riqueza nacional y su propio poder, cerrando los ojos ante lo que no es más que explotación comercial.

Cuando la asunto se desborda y tropieza con los problemas reales de las poblaciones autóctonas, que pueden desequilibrar el mercado, y a los ejercientes del poder político se les plantea la posibilidad de no seguir gobernando, saltan las alarmas. Hay que encontrar soluciones, ya no sirve la anécdota del muro, las concertinas y las devoluciones en caliente, basta con acudir a algo más expeditivo para encontrar la solución radical al problema, se trata de cortar el generoso grifo del dinero o aportar más fondos con la condición de que les resuelvan otros el problema, descargado así el sentimiento de culpa sobre esos Estados. En este punto sirva de ejemplo el arreglo temporal oficiado entre países capitalistas por excelencia y entre quienes se mueven en situación de inferioridad económica dentro de su órbita, a los que se encarga realizar ese trabajo sucio que afecta a los derechos humanos, agravando todavía más la situación de quienes tratan de escapar de la miseria.

De esa manera, lo que se observa es que el tema de la inmigración parece querer dejar de ser un problema inmediato y, sobre todo, pierde actualidad como noticia. Al final triunfa el interés del dinero sobre los derechos, porque ya apenas se habla de asilo ni de refugio ni de acogida ni de solidaridad, ni casi de humanidad. La protección de los derechos, al considerarse un obstáculo para la buena marcha de los intereses económicos y políticos, ya no es relevante. Salta a la luz que poner en riesgo los negocios del dinero y de la política permite devaluar sensiblemente la verdadera dimensión de los derechos de determinadas personas tanto por aquí como por allá. La realidad es que los tan cacareados derechos humanos han topado con el muro del dinero.

https://kaosenlared.net/dinero-y-derechos/

Top