Los predicadores del apocalipsis climático, el ecologismo al servicio del capital y la guerra

 

 

¿Cómo se explica que las más poderosas potencias imperialistas que hayan existido nunca, con Estados Unidos a la cabeza, se erijan al mismo tiempo como los mayores defensores de la vida y del medio ambiente teniendo en cuenta que son responsables de la muerte de cientos de miles de personas al año y de la destrucción del planeta a través de su letal estado de guerra permanente, además de que su régimen político condena a la inmensa mayoría de los habitantes del planeta a vivir hacinados como cucarachas en insanos núcleos urbanos, alejados de todo contacto con la naturaleza?

Igual que el feminismo, la naturaleza reformista del ecologismo es ideal para la perpetuación del statu quo existente, tanto a nivel local como internacional [1]. Las políticas reformistas son un engaño que sólo sirven para enmascarar la barbarie de un orden salvaje y destructivo como el capitalismo, lo que provoca que, año tras año, los problemas que dicen combatir tales reformas, en lugar de solucionarse, se agraven cada vez más.

Antiguamente, estás reformas eran utilizadas de un modo sincero con el fin de minimizar los problemas que el desarrollo del capitalismo provocaba, pero en la actual fase decadente y de putrefacción del sistema, dónde éste ya no da más de sí y sólo puede sobrevivir devorándose a sí mismo, el reformismo es utilizado como la única fórmula de seguir extrayendo beneficios. Un ejemplo es el discurso del apocalipsis climático, al que también se le podría denominar ecologismo de guerra.

Con la excusa de paliar el deterioro medioambiental, convertido en una amenaza de magnitudes apocalípticas gracias al poder de sugestión de los medios de comunicación de masas, los estados de los países capitalistas más desarrollados (los llamados estados occidentales) tienen la oportunidad de incrementar los impuestos sobre bienes de primera necesidad (alimentos, ropa, luz, agua, calefacción, combustible, etc.) sin apenas oposición por parte de la mayor parte de la clase explotada, cuando no con su total consentimiento y apoyo. Todo ello hace aún más omnipotente el poder de los estados capitalistas, dándoles la posibilidad de poner totalmente en manos de las grandes corporaciones el medio natural. Además, tales impuestos, con la excusa de proteger la doctrina climática de occidente frente a los países "infieles" a la misma, como China, Rusia o Irán, pueden ser usados también para acelerar la principal fuente de beneficios del capitalismo, la industria militar armamentística. Por lo tanto, estas medidas de nada sirven para frenar el deterioro medioambiental, sino más bien todo lo contrario. De tal modo que, además de no solucionar lo más mínimo el problema, paradójicamente lo agrava aún más.


Un ejemplo muy ilustrativo de todo esta gran farsa es el tándem formado por la tierna, disidente y al mismo tiempo mediática ecologista Greta Thunberg y el genocida Premio Nobel de la Paz Barak Obama, referentes políticos el uno para el otro. Y es que todo el relato en torno a la tierna Greta tiene toda la pinta de haber sido encargado a la factoría Disney: un ridículo cuento de hadas contemporáneo, imposible de ser creído por una persona con un mínimo de capacidad racional. Greta, una adolescente con una leve enfermedad mental (síndrome de Asperger) habría sido capaz de movilizar ella solita a cientos de miles de niños y adolescentes en todo el mundo, una movilización pacífica y supuestamente independiente, los conocidos viernes por el clima, que durante un año habría puesto contra las cuerdas al todopoderoso establishment occidental, a pesar de su brutal maquinaria mediática-propagandística. Ante esto, diferentes líderes políticos, conmovidos por la heroicidad de la joven, como es el caso del genocida Barak Obama, el único presidente de los EEUU que durante sus dos mandatos presidenciales no estuvo ni un sólo día sin guerra, se habrían sumado a la causa y habrían llevado a la ONU las reivindicaciones de la tierna muchacha. Unas reivindicaciones que, curiosamente, serían ideales para garantizar la hegemonía de occidente gracias al aumento de los impuestos antes mencionados (reducir la producción o el consumo en el capitalismo a través de impuestos es una utopía, pues dichos impuestos en nada afectan a la estructura social responsable de la aceleración de los niveles de producción y consumo, por lo que tales impuestos sólo servirán para aumentar el poder del Estado) por un lado, y, por otro, gracias a normativas [2] y sanciones (que podrían incluir letales y contaminantes agresiones militares gracias a los impuestos recaudados) que frenarían el desarrollo industrial de pontecias capitalistas rivales (Rusia y China especialmente).

 

 

Básicamente, el discurso ecologista actual no es más que el hipócrita moralismo burgués de siempre destinado a culpabilizar a los individuos aislados sin tener en cuenta el contexto social en el que éstos se desenvuelven y que determina por completo todos y cada uno de sus hábitos de vida (incluidos los más íntimos), de tal modo que el Estado pueda exigir a aquéllos, de un modo parecido a cómo antiguamente lo hacía la iglesia, un aumento en los impuestos que pagan, a modo de penitencia por sus "pecados ambientales", manteniendo intacto el modelo de producción capitalista, verdadero responsable del problema. Vuelvo a repetir: tratar de reducir la producción y el consumismo a base de impuestos en un orden social como el capitalismo, donde todo está montado para producir y consumir cada vez más, es absurdo. Mientras exista el capitalismo, se seguirá produciendo y consumiendo cada vez más, por muchos impuestos que se pongan sobre la producción y el consumo. Por otro lado, el componente apocalíptico de este discurso es ideal para llevar a los individuos a una especie de estado de shock que les incapacite para cuestionar la utilidad de las medidas tomadas. Unas medidas que fortalecerán a los Estados, asegurando así la supervivencia del capitalismo y, con ello, perpetuando el consumismo, el militarismo y el deterioro medioambiental consustancial a todo ello. Y es que las catrastrofistas predicciones que nos auguran los predicadores del apocalipsis climático son muy útiles para ocultar la terrible y devastadora situación a la que hoy ya está condenada la inmensa mayoría de la humanidad, donde los individuos vivimos hacinados en insalubres núcleos urbanos -lo que afecta gravemente tanto a nuestra salud física como mental-, de modo que, por miedo al sombrío futuro que se nos describe, en lugar de tratar de superar la situación actual, la reacción sea la de luchar con todas sus fuerzas por conservarla.

Las granjas escuelas o los huertos urbanos son una pequeña muestra de lo ajeno que es para el ser humano contemporáneo el medio natural, un ser humano que para poder ver alguna vez en su vida pastar a una vaca o cómo crece un tomate no tiene más remedio que recurrir a estos tristes sucedáneos. En semejante estado de confinamiento, ¿qué puede importarle ya a estos individuos el deterioro del medio natural, el cual les es totalmente ajeno? De ahí la necesidad de tener que recurrir al discurso apocalíptico: jugar con la imaginación y los fantasmas de unos individuos que ya no tienen nada que ganar en el capitalismo, para movilizarles en su defensa.

Por último, es importante comprender que los grandes magnates capitalistas ven el planeta como una gran empresa y son los primeros interesados -evidentemente por razones exclusivamente económicas- en mantener éste en un estado medianamente operativo, pues de lo contrario se les acabaría el chollo. No ser capaz de comprender algo tan obvio y dejarse llevar por los delirios de los predicadores del apocalipsis climático, es otra forma de hacerle el juego a los capitalistas, perpetuando la deshumanizante situación actual. La guerra fría es un ejemplo muy ilustrativo de que el resultado de la partida que desde hace tiempo viene jugando el capitalismo con el planeta siempre será el mismo: tablas. Y es que una cosa es ser un criminal y otra un idiota.

La oposición mediática a los predicadores del apocalipsis climático, liderada por la derecha política, es igualmente útil al capitalismo, pues sus críticas a los delirios apocalípticos de los ecologistas, fácilmente ridiculizables, son de gran utilidad para naturalizar la situación de confinamiento y de enajenación con respecto al medio natural a la que hoy se ve condenada la mayor parte de la humanidad. Es decir, la ridiculización de los delirios apocalípticos de los ecologistas sirve a los derechistas para presentar como racional el insano e inhumano modo de vida al que hoy se ve condenado el individuo contemporáneo.
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[1] No en vano el auge del denominado ecofeminismo se debe a su capacidad para englobar las principales demandas del ecologismo y del feminismo en un sólo movimiento, lo que le convierte en una herramienta mucho más útil para el capitalismo que los otros dos por separado debido a su naturaleza doblemente reaccionaria.
[2] Todo el asunto de los bonos o créditos de carbono no es más que un juego de trileros a gran escala destinado a perpetuar la hegemonía de EEUU y de sus aliados y supeditar a sus competidores a sus intereses, y, por supuesto, de nada ha servido desde su aprobación (Protocolo de Kioto, 1997) para reducir los niveles de contaminación, un colosal timo que sólo ha sido posible gracias a la sugestión planetaria creada con el relato del apocalipsis climático.

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