Los náufragos no eligen puerto

Se habla mucho de los principios éticos que deben regir la acción política y de la obligación moral que debe presidir el ejercicio del poder en su vertiente instrumental para  que la transparencia sea connatural a la gestión pública,...

 

 

 

... pero a la hora de definir  tales normas deontológicas resulta imposible poner  de acuerdo a ideólogos y sociólogos, juristas y filósofos. Es como si el pensamiento y la praxis nunca pudieran coincidir en la misma dirección política. Cualquier ley puede  ser así legítima pero manifiestamente injusta. Cualquier mayoría puede ser tendencialmente ética pero al mismo tiempo imparcial e inmoral, que repugne a nuestras convicciones y nuestra conciencia.

 

Recomendaba Marco Anneo Lucano un distanciamiento prudente del poder porque debe alejarse de los palacios el que quiera ser justo ya que la virtud y el poder no se hermanan bien. Según la catedrática de Ética Victoria Camps, la democracia necesita una sola virtud: la confianza, precisamente porque la ética actual parte de una realidad plural que asume valores diversos y múltiples que merecen respeto desde el más puro formalismo. Nadie puede situarse por encima de la ley, pero la norma está sujeta a crítica y por lo tanto evoluciona adaptándose a la realidad, es legítima hasta que deja de serlo y cambia sin quebrantar  los valores de igualdad  y libertad que nos conducen a la justicia y a la felicidad, entendida esta siempre desde un universo colectivo en el que no caben distingos entre la moral pública y la privada.

 

No obstante, el compromiso con los principios éticos sí que es individual y obliga a cada actor político a rendir cuentas. De aquí la importancia de los valores  que consideramos relevantes frente a los abusos de poder y que podrían venir definidos por el reconocimiento de los derechos universales; el respeto a la vida, la apuesta por el diálogo  y el pacto social, la autonomía y la independencia e identidad de los pueblos, la libertad de conciencia y de expresión, de igualdad de oportunidades y en definitiva, la satisfacción de las necesidades sociales, económicas y culturales de todos los individuos.

 

 

Aquí tenemos algunos  de esos principios éticos que son fundamentales en el sistema democrático, que deben impregnar el modelo económico y productivo y que de una u otra forma han fallado clamorosamente hasta conducirnos a la crisis global. Si tenemos que repensar el sistema y volver a definir algunas de las normas que rijan la acción política y limiten el poder debemos acudir a estos principios (bromeaba Groucho Marx con la provisionalidad y ductilidad manifestando que si no gustaban tenía otros para sustituirlos).

 

Es esta doble moral la que ha entronizado la corrupción y la codicia como categorías políticas que sustituyen a la virtud para sostener el poder. Creemos que tenemos una democracia fuerte e institucionalizada y no somos capaces de apostar por lo público; presumimos de un sistema garantista y nos causa pavor el bien común y el interés general. Sólo nos preocupa lo que nos afecta a nosotros mismos y, en consecuencia, emporcamos la política hasta límites insoportables, arrastrando a nuestra conveniencia los principios éticos hasta desvirtuarlos y degenerarlos.

 

Es preciso regenerar la política desde la responsabilidad porque, en palabras de Gregorio Peces-Barba, uno de los padres de la actual Constitución Española, la democracia o es moral o no es democracia.

Frente a la ética de la responsabilidad está la nueva moral del éxito basada en la economía como antítesis de la ética, en la política como instrumento de poder, las dictaduras públicas y privadas para anular las conciencias y la deslealtad para maltratar al pueblo

 

 

 

 

Resulta paradójico constatar que los líderes mundiales, empeñados en atajar las consecuencias del colapso global, el crac financiero y sus efectos perniciosos, en lugar de analizar y combatir sus causas, se han puesto de acuerdo al reconocer la dimensión humana de la crisis, a la que se refirieron expresamente en el documento final redactado con motivo de aquella cumbre del G20, como si la economía en sí pudiera sustraerse de su humanización o no le fueran propios los principios éticos para el progreso social y el bienestar de los ciudadanos. Es como si intentásemos despojar a la religión de la divinidad. En este sorpresivo descubrimiento radica gran parte del fallo clamoroso de todos los controles que ha posibilitado el hundimiento del sistema, poniendo en solfa un modelo sustentado por la ideología neoliberal y el capitalismo, en el que al final, mire usted por dónde, estaba el hombre y, detrás del hombre, su conciencia y su dignidad. Se equivocan los que pretenden sustituir las finanzas de salón por la economía de rostro humano mientras el escenario siga siendo un casino y la única regla moral el no-va-más-la-banca-gana.

 

Ya lo apuntó el poeta Arturo Graf al señalar que la vida es un negocio en el que no se obtiene una ganancia que no vaya acompañada de una pérdida. La conciencia es al hombre y a su libertad lo que la ética a la economía, por más que  nos empeñemos en maquillar un proceso de destrucción cuyo talón de Aquiles es precisamente la idea del triunfo, el mito del éxito social construido no sobre los principios de igualdad, solidaridad y justicia, sino sobre la irresponsabilidad,  la codicia y la corrupción. Con todo, en palabras del economista y filósofo John Stuart Mill, el hombre no puede ejercitar su libertad para destruirla. Es verdad que cada mito tiene su antagonista y los ídolos que adoramos esconden los pies de barro. Por eso, frente al destino ineluctable del hombre, hay que oponer la conciencia que nos hace libres. Nunca queremos ver la ausencia de virtud en nosotros mismos en la falsa creencia de que el mal está en los otros.

 

 

Hemos encumbrado y enriquecido a todos los farsantes que han dado alas a la mediocridad y alzado el vuelo impulsados por las dictaduras públicas y privadas y lo hemos hecho de una forma aparentemente legal, al amparo de las normas que libre y democráticamente nos otorgamos, pero en este empeño quebramos el principio de legitimidad y nos hemos dejado arrastrar por la vileza. Hemos elevado a la categoría de necesario lo que sólo era accesorio y contingente, concediendo más importancia a los problemas que a sus posibles soluciones. Jamás una corriente de pensamiento pudo albergar tantas contradicciones. Sin renunciar a un mercado salvaje y asilvestrado, que profundiza en la desigualdad y la exclusión, pretendemos un Estado fuerte, que ejerza de regulador allí donde falló la ética arrastrando a la economía. Pura cosmética. Menuda paradoja: un socialismo de Estado exclusivo para los más poderosos, los más ricos; una revolución de las conciencias para reformular el pensamiento único. La brecha es cada vez mayor, como la agitación social y la movilización de las masas descontentas. Repito que frente a la ética de la responsabilidad está la nueva moral del éxito basada en la economía como antítesis de la ética, en la política como instrumento estratégico  del poder, en el autoritarismo  como medio para anular la conciencia.

 

Hay que volver a Séneca y admitir que en la adversidad conviene muchas veces tomar el camino atrevido.

A los poderosos no les importa la corrupción, la mentira y la precariedad democrática, que desemboca en la falta de libertad que anula la conciencia y la dignidad de la condición humana, ese ser del hombre por el que se hace a sí mismo y se trasciende la dimensión metafísica de la existencia

 

 

La voz poética del pueblo proclamaba, en versos de Gabriel Celaya, que había que maldecir el empeño de los neutrales de concebir la cultura como un lujo. Se refería a todos aquellos a los que la mediocridad y la codicia les impele lavarse las manos, desentenderse y evadirse. Es preciso tomar partido y hacerlo en el sentido clásico: elevar la dignidad y la conciencia como claves del proceso político no para perseguir el éxito, que según Maquiavelo sería la virtud a cualquier precio, sino para que la voluntad popular no sufra menoscabo al confrontarse a la libertad, la justicia, la igualdad o los derechos universalmente reconocidos. Para los que creemos que otro mundo es posible.

 

Democracia y libertad ganan terreno a la corrupción. Necesitamos líderes  honestos que asuman la revolución de las conciencias con razón, sin miedo, con la voz del hombre pueblo.

 

Einstein, para quien la vida era ciertamente relativa y muy peligrosa, no por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa, estaba convencido de que en tiempos de crisis nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias porque quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar superado. Para él la verdadera crisis, la única, es la crisis de la incompetencia, la de no querer luchar, la de claudicar. Se trata de construir, no de reconstruir; de arrostrar el futuro con decisión, con valentía, sin complejos, a sabiendas, como señalaba Arturo Graf, de que hay algunos obsesos de la prudencia que, a fuerza de querer evitar todos los pequeños errores, hacen de su vida entera un solo error. Larra, maestro de periodistas, solía decir que el pueblo no es verdaderamente libre mientras que la libertad no esté arraigada en sus costumbres e identificada con ellas.

 

 

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Es el público que ha sustituido al pueblo, anulando su capacidad actora y potenciando su condición de audiencia, espectadores sin voz ni voto, sometidos al entretenimiento atroz. El que no tiene dudas, ha dicho Caballero Bonald, el que está seguro de todo, es lo más parecido que hay a un imbécil. No les preocupa a la mayoría de los poderosos el deterioro de los derechos universales o la inobservancia de los principios éticos y morales, el fin de la ideología y de la praxis política, del bien común y de lo público.

 

Tampoco les importa la corrupción, la mentira y la precariedad democrática, que desemboca en la falta de libertad que anula la conciencia y la dignidad de la condición humana, ese ser del hombre por el que se hace a sí mismo y se trasciende la dimensión metafísica de la existencia. No sólo peligra la democracia sino el hombre mismo como ente transformador de la realidad y, por lo tanto, motor del cambio. Sartre estableció que el hombre es una pasión inútil y Camus, en su desesperación, comprendió que el mundo carece de sentido porque el hombre es el ser por el que existen todos los valores, su mismo fundamento: “No camines delante mía, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina a mi lado y sé mi amigo”.

 

La codicia no entiende de clases sociales. La perversión y depravación del poder y del dinero conducen generalmente y con pocas excepciones a la injusticia y la desigualdad

 

 

 

El poder, como el futuro, debe ser imperfecto, parcial y contingente y, en consecuencia, posible y relativo, porque sólo así puede garantizar la dimensión filosófica y aun poética de la política desde una perspectiva simbólica como medio para lograr la utopía e instrumento para el cambio, es decir la transformación de la sociedad a través de las ideas, la consecución de la revolución de las conciencias mediante la libertad y la razón y frente al totalitarismo político e intelectual y al fundamentalismo.

 

El mito revolucionario frente al poder absoluto. La tozuda realidad de los hechos desmiente la inevitabilidad de la historia. Un acercamiento sociológico a la crisis global evidencia el agotamiento de un modelo y la fragilidad de los paradigmas que consideramos inamovibles desde el liberalismo ideológico y el capitalismo económico. Resulta así comprensible, aunque no justificable, que la búsqueda de un nuevo sistema que implique un nuevo orden genere miedo porque el temor es igual de consistente que el poder, a quien sirve desde la corrupción y la exclusión. Sin embargo, los principios morales y éticos que impulsan el cambio rechazan la degeneración del poder porque entienden la acción política desde la legitimidad y la representación.

 

La alternativa no puede estar nunca comprendida en el sistema de la misma manera que la solución no puede formar parte del problema. Se dice que el dinero es más democrático que el poder porque la economía de mercado se concreta en múltiples voluntades que deciden y el poder tiende a concentrarse.

 

 

La codicia no entiende de clases sociales. Creo más bien que la perversión y depravación del poder y del dinero conducen generalmente y con pocas excepciones a la injusticia y la desigualdad. No se trata de poner límites a las desviaciones sino de acabar con ellas. Claro que el sistema tiene fallos. En realidad son estas disfunciones las que originan el error. Para Gandhi nadie puede hacer el bien en un espacio de su vida mientras hace daño en otro porque la vida es un todo indisoluble.

 

Porque para el Pueblo el único marketing político son los hechos prometidos desde la conciencia social, desde la verdad y desde la razón del cambio sin miedo.

 

Es posible que sea el mismo modelo social el que esté caduco y que haya que repensar el sistema y su estructura de poder para que sea imperfecto, como lo es la realidad y la condición humana; contingente, porque puede corromperse, y parcial, porque el progreso social implica conquistas y avances. Y yo añadiría que incluso poético para que no dé cobijo a la perversidad, la frustración y la mediocridad o, en palabras de Horacio, mediocribus esse poetis non dii, non homines, non concessere columnae, que en una traducción libre y precipitada desvela que ni los dioses ni los hombres ni las columnas le consienten a los poetas ser mediocres.

 

Frente a la indignidad, Jacinto Benavente se mostró siempre convencido de que sin la seguridad de lo necesario para la vida nadie puede responder ni de su misma vida, ni de su honradez, ni de sus afectos más íntimos; los náufragos no eligen puerto.

 

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