El Ladrillo de Cristal. Una crítica de la sociedad y de su transformación

Una reflexión pertinente sobre el ensayo El Ladrillo de Cristal. Estudio crítico de la sociedad occidental y de los esfuerzos para transformarla. 

Autogestión, decrecimiento y reformulaciones de las prácticas disidentes en tiempos de crisis.

 

 

A principios de este verano de la COVID,  la joven editorial extremeña Ediciones Revolussia publicaba este contundente ensayo del veterano activista antimilitarista Pablo San José Alonso. El autor, nacido en León en 1968, reside en Elche, participó en el movimiento de insumisión de los 90 y posteriormente en diversas experiencias de vida comunitaria y cooperativismo autogestionario, siendo actualmente el editor de la web antimilitarista www.grupotortuga.com

Así que no estamos ante el enésimo ensayo político de carácter universitario y/o estrictamente teórico, y aunque no le falte rigor intelectual y referencias bibliográficas muy solventes (Arendt, Clastres, Bookchin, Castoriadis, Foucault, el recientemente fallecido Graeber, Tomás Ibáñez, Wallerstein, etc), estamos ante el esfuerzo de reflexión de un activista que no ha dejado nunca de trabajar en los diversos intentos de transformar la realidad en un sentido emancipador y liberador, lo que da como resultado un ensayo muy pegado a los movimientos sociales contemporáneos, “manchado del barro” de las luchas y las vidas de estos tres últimos decenios de búsquedas revolucionarias. Por lo mismo, el discurso y el lenguaje que utiliza se aleja de los clichés elitistas y autorreferenciales de lo universitario, de modo que es asequible para públicos más amplios, para sectores sociales menos privilegiados cultural y educativamente, a los que no se suele dirigir la producción teórica política.

Habitamos en la total ausencia de pensamiento colectivo crítico que cuestione la totalidad totalitaria de este modelo occidental, que se articula en torno al sistema económico capitalista, cuyas lógicas penetran en el imaginario social e individual implantando valores morales anti-emancipadores
 

El Ladrillo de Cristal, título extraído de Historias de Cronopios y Famas de Cortázar, parte de una tesis que la historia, desgraciadamente, no hace más que corroborar: los intentos de transformación de la sociedad han acabado alimentando el control y la dominación, con lo que “si el presente es inquietante, el futuro se presenta más que sombrío”. Y empieza acometiendo una descripción crítica y radical (yendo a las raíces) de la sociedad en que vivimos y cómo se ha conformado ésta históricamente, de modo que el modelo occidental ha desplazado de los imaginarios a cualquier otra forma social, ya sea esta pasada o utópica. El diagnóstico de nuestra situación es desconsolador (y eso que el ensayo está escrito antes de la irrupción de la pandemia con todos sus perversos y tristes efectos biopolíticos): habitamos en la total ausencia de pensamiento colectivo crítico que cuestione la totalidad totalitaria de este modelo occidental que se articula en torno al sistema económico capitalista, cuyas lógicas penetran en el imaginario social e individual implantando valores morales anti-emancipadores, como el materialismo, el individualismo, el egoísmo, la competitividad, la pulsión consumista…

En este mundo, la subjetividad dominante o, dicho de otro modo, el modelo de persona promedio, se caracteriza por “el individualismo de carácter egotista y narcisista, identidad heteronómica, carencia de ética personal, incapacidad de introspección, consumismo compulsivo, eudemonismo, dimensión relacional enfocada a lo virtual, dependencia de la artificialidad..
 

Nunca antes en la historia el divorcio entre naturaleza y sociedad ha sido tan grave y tan dramático, “el tipo de mundo alumbrado por la preeminencia de las máquinas y el paradigma urbano da vértigo contemplado desde cualquier perspectiva” y la pregunta que deberíamos hacernos urgentemente es :“¿puede haber una sociedad habitable, justa y democrática (ecológica, al decir de Murray Bookchin) fundamentada en la habitación urbana y la tecnología industrial?”. En este mundo, la subjetividad dominante o, dicho de otro modo, el modelo de persona promedio, se caracteriza por “el individualismo de carácter egotista y narcisista, identidad heteronómica, materialismo epistemológico y práctico, carencia de ética personal, incapacidad de introspección, consumismo compulsivo, eudemonismo, dimensión relacional enfocada a lo virtual, dependencia de la artificialidad...”; no es fácil pensar cómo, personas así, puedan ser sujetos o agentes de transformación revolucionaria. El tipo de relaciones políticas que se dan en Occidente tienen poco o nada que ver con el concepto de libertad, y menos aún con el democracia, así que hay que reconocer que las posibilidades de cambio social dependen menos de los esfuerzos de los contestatarios que de las propias crisis y contradicciones del sistema, un sistema que contiene la posibilidad del colapso y la disrupción.

Desde este análisis realista, sin contemplaciones, del estado de los movimientos y deseos liberadores en los que participamos, el autor señala algunas de las vías de abandono, rendición y reforzamiento del sistema que es necesario evitar: el electoralismo, el reformismo, el priorizar el cambio personal, y también el olvido del cambio personal
 

El autor no ahorra críticas y autocríticas muy pertinentes, y a veces hasta mordaces, a las diversas corrientes del activismo contemporáneo, y su conclusión es que en la sociedad post-industrial, presidida por el Estado de Bienestar como marco de referencia material (y la hegemonía de las clases medias) y por el acto de consumir como paradigma psicológico no hay disidencia real salvo en forma residual y marginal. Pero esa constatación de la actual derrota (o rendición) de los deseos revolucionarios, “esta lectura atroz de la realidad” no se acomete para huir de ella, ni para edulcorarla, ni para tirar la toalla, “la situación exige valentía para saber permanecer en ella sin perder la actitud y el deseo revolucionario”. Y desde este análisis realista, sin contemplaciones, del estado de los movimientos y deseos liberadores en los que participamos, el autor señala algunas de las vías de abandono, rendición y reforzamiento del sistema que es necesario evitar: el electoralismo, el reformismo, el priorizar el cambio personal, y también el olvido del cambio personal. Ya no es sólo que nos cueste iniciar sendas y prácticas revolucionarias, es que apenas ya ni podemos imaginar y soñar un mundo nuevo, mejor, más justo y habitable. Por eso necesitamos, como primer paso para salir de la postración y la alienación, un esfuerzo de imaginación para buscar un plan, una esperanza o un pequeño resquicio para la necesidad antropológica de que el fin del capitalismo no sea el fin de la civilización.

Es una necesidad antropológica revalorizar la agricultura, los trabajos manuales, el trabajo y el cuidado de la materia
 

Pablo San José, reconociendo la dificultad de dar recetas individuales (estas sólo pueden ser colectivas) para salir de este impasse o callejón sin salida, se esfuerza en trazar algunas líneas de fuga de esta subjetividad neoliberal que nos siega la hierba bajo los pies, real y metafóricamente, porque de lo que se trata es de la necesidad imprescriptible e insoslayable de cambiar el mundo y de cambiarnos a nosotras mismas:

Hay que completar el proceso de individuación de modo que podamos alcanzar un modelo de sociedad en que lo individual y lo colectivo estén desarrollados e integrados armónicamente, de no hacerlo “la humanidad se encamina a un incierto futuro distópico y no-humano”.

Necesitamos una alternativa habitacional a escala más reducida. Desurbanizar, rerruralizar.

Tenemos que simplificar: abandonar el desarrollismo industrial tecnológico, desdigitalizar, por ecología y por desalienar el alma humana.

 

Necesitamos otros valores morales que pasen por la frugalidad, la austeridad, el vivir con menos, el decrecimiento material en todos los órdenes de la vida.

“Una de las principales tareas de la persona con vocación revolucionaria no puede ser otra que la auto-transformación interior”, se requiere “nacer de nuevo”, una verdadera áscesis (reglas y prácticas encaminadas a la liberación del espíritu y el logro de la virtud).

El proyecto revolucionario ha de desplegarse simultáneamente en el plano de la estructura social y en el plano individual o interior.

Es imperativo abandonar el consumismo, abandonar la gran ciudad, y buscar alternativas al trabajo asalariado, ensayando prácticas de soberanía económica, energética y cultural, autogestión, cooperativismo, apoyo mutuo.

 

Es una necesidad antropológica revalorizar la agricultura, los trabajos manuales, el trabajo y el cuidado de la materia.

Hay que descartar toda estrategia jacobina, leninista, de la toma del poder por parte de una vanguardia. La revolución no se puede imponer. Sólo se puede y se debe convencer.

“No olvidar a las víctimas que va dejando a su paso el rodillo capital-Estado, señalar la injusticia concreta que se comete en cada día y en cada caso (quizá no acerca la revolución pero es un imperativo ético y una pedagogía del desvelamiento)” .

Pese a todas las dificultades, pese a todos los obstáculos y la incertidumbre de nuestros días, pese al ominoso poder y dominio del capital globalizado y del Estado “perseguir la utopía es pertinente y necesario”
 

Cualquier movimiento socio-político, cualquier acto de protesta ha de ser éticamente irreprochable tanto en los objetivos como en los medios.

Pese a todas las dificultades, pese a todos los obstáculos y la incertidumbre de nuestros días, pese al ominoso poder y dominio del capital globalizado y del Estado “perseguir la utopía es pertinente y necesario”.

En unos momentos tan críticos como los que vivimos se agradecen (y probablemente se necesiten) los trabajos de reflexión honestos, críticos, contundentes y realistas pero no derrotistas, como el que representa, trabajos como El Ladrillo de Cristal; precisamente cuando la distopía se pone en marcha es cuando más necesitamos las utopías, o como se dice en una de las citas de Jesús Ibáñez que jalonan este libro: “Sólo desde la utopía –sueño de carne, ética ideológica– se puede mover la realidad –sueño de hierro, “ética” de la responsabilidad– (para mover la realidad hay que situarse más allá de la realidad, la utopía es el punto de apoyo arquimédico).”

https://www.elsaltodiario.com/movimientos-sociales/el-ladrillo-de-cristal-critica-sociedad-transformacion

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