Vuelve la pena de excomunión

El Presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar, católico de misa diaria
Público

Cuando Carlos Dívar fue elegido presidente del Consejo General del Poder Judicial, sus apologistas destacaron su independencia política. Sus detractores no dejaron pasar por alto que para un católico ultra conservador, como él, de misa diaria, la norma religiosa está por encima, en conciencia, de la legislación civil, y que la independencia es tan sólo un mito.

Para un ateo, la vida es un accidente, tras millones y millones de años de existencia como materia inerte, un cúmulo de agua y minerales en una joint venture de apenas unas decenas de años. Para un religioso, el accidente no es la vida, sino la muerte, y tras ella tiene por delante toda una eternidad. Como reza el frontispicio del cementerio católico de Ourense, “el término de la vida aquí lo veis; el destino del alma, según obréis”.

Todas las iglesias tienen entre sus hijos favoritos a quienes están incrustados en el entramado del poder terrenal, como los jueces. Pero, como éstos sólo administran las leyes cocinadas en los parlamentos (bueno, es un decir), los parlamentarios se convierten en el objetivo principal de su campo de acción.

En Uruguay, la Iglesia ya avisó, a los senadores que discutían sobre la despenalización del aborto, que sobre ellos pende la excomunión automática. Para un ateo como yo, ser excomulgado es una medalla de guerra, un timbre de honor, como dicen los pedantes, pero para un católico “independiente” supone la amenaza de una condena eterna, con el añadido de tortura (el infierno, como Abu Ghraib o Guantánamo, es un centro de reclusión donde no se respetan ni los más elementales derechos humanos; por eso yo nunca podría guardar el menor respeto ni a Bush ni a dios).

La Conferencia Episcopal Española, vocera del Vaticano, amenaza ahora con la excomunión a los parlamentarios españoles que voten “independientemente” a favor de una ampliación de los supuestos para abortar. Una potencia extranjera de un minúsculo Estado intentando inmiscuirse en nuestros asuntos internos. La próxima ampliación de la ley del aborto nacerá acosada y atenazada por la sinrazón, por gente que antepone la fe al debate científico y político, pues, como decía Voltaire, “no hay quien comprenda mejor las verdades de la religión que los que han perdido la facultad de razonar”.

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