Nuestro humanitario ejército

Público

Coincidiendo con la Pascua Militar, el ministerio de Defensa lanzó ayer una campaña para celebrar los veinte años de misiones internacionales de nuestro ejército. Unos bonitos spots donde ciudadanos de países en conflicto dan las gracias a los soldados españoles por haberles devuelto la paz.

Está bien que nos enternezcan ahora que el gobierno piensa duplicar el número de soldados en el exterior, una vez suprimido el límite de 3.000 que operaba en los últimos años. A los ya desplegados en Líbano, Afganistán, Kosovo, Bosnia y Chad, y los observadores y asesores presentes en otros países, se unirán pronto varios cientos de militares en Somalia contra la piratería, y otras misiones en África y el Mediterráneo.

No digo que nuestros soldados no lleven paz y auxilio. Hay zonas donde parece imprescindible su presencia para que los viejos enemigos no vuelvan a darse de leches. El problema es el tipo de solución que esto supone. Una solución que no es tal, pues los conflictos se cronifican sin resolverse, y los soldados extranjeros permanecen durante muchos años (miren Bosnia), asumiendo además unas funciones que los acaban haciendo imprescindibles, creando una dependencia de los protegidos hacia sus protectores.

Los antimilitaristas lo llaman “imperialismo humanitario”: los ejércitos extranjeros se instalan en un país por décadas, como una expresión de poder de quien los envía. Pero sobre todo, nos lleva a un mundo donde las zonas conflictivas se multiplican, cada vez más Estados resultan inviables, y los países ricos consiguen una influencia y un control que encima elogiamos.

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