“Hoy se recoge lo sembrado por miles de personas“

Entrevista a Ferrándiz, quien desde 2003 investiga las políticas de la memoria en relación con la Guerra Civil
Periódico Diagonal
 
Ferrándiz, quien desde 2003 investiga las políticas de la memoria en relación a la Guerra Civil centrandose en el proceso de exhumación de las fosas comunes, destaca la labor realizada por miles de personas con esfuerzos clandestinos y silenciados.

DIAGONAL: ¿Cuándo empezaron las exhumaciones?

FRANCISCO FERRÁNDIZ: Desde la misma Guerra Civil y sobre todo después de la muerte de Franco hubo muchos esfuerzos para localizar los restos o rescatar su memoria, fundamentalmente de familiares de los represaliados. Pero en el año 2000 arranca el ciclo de las fosas mediáticas, con la exhumación de la Fosa de Priaranza del Bierzo o las siguientes que abrió la Asociación de Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) y otras asociaciones. Éstas son las primeras que saltan a la cara de la sociedad española, al crear un nuevo espacio de debate y aportar información técnica y contexto histórico, social y cultural a la represión. A partir de ahí se reorganiza un movimiento social que ya existía, pero que cobra mayor pujanza. Estas exhumaciones tienen tres características principales que las separan de las anteriores: se están haciendo de forma sistemática con técnicos y especialistas, tienen impacto mediático y se han colocado en el eje de los debates en torno a la Guerra Civil y a la represión franquista.

D.: O sea, que antes ya existía un trabajo de recuperación de la memoria...

F.F.: Sí, lo que se recoge ahora es lo que han sembrado miles de personas con sus esfuerzos clandestinos, silenciados, locales… Además del esfuerzo asociativo hay y hubo multitud de aportaciones importantes: en la historiografía, el activismo político, las iniciativas de los familiares, las artes, el exilio… Hoy en día hay una industria cultural donde libros, películas, teatro, danza, música se refieren y reciclan la memoria de los derrotados de la Guerra Civil. Es un espacio de debate muy importante en la sociedad española. Para los que los hemos seguido su evolución en los últimos años, los medios de comunicación han tenido una importancia capital.

D.: ¿Hasta dónde llega el impacto de los medios de comunicación?

F.F.: La presencia de los medios es crucial e inevitable. La ventaja es que la memoria se ha convertido en un tema de debate nacional que ha llegado al Parlamento, forzando a los políticos a crear legislación y obligando a los jueces a tomar decisiones importantes, pero impone dinámicas de espectacularización y banalización que perjudica un debate sereno y profundo. Además, el proceso de producción, circulación y consumo de memoria tiene lugar en una sociedad de la información bulímica, donde los picos de atención y los valles de desinterés pueden sucederse con rapidez. Al principio las imágenes de fosas tuvieron mucho impacto, eran las primeras que saltaban a la sociedad nacional con mucha crudeza. Pero también hemos visto que la sobreproducción de información e imágenes ha generado saturación de la empatía con las víctimas. Ahora estábamos en una fase de valle y de repente la iniciativa de denunciar las desapariciones ante Garzón y las consecuencias de su auto han producido un repunte.

D.: ¿Hay herramientas para contrarrestar esta bulimia mediática?

F.F.: La mayoría de las exhumaciones las hicieron familiares sin apoyo sistemático de las administraciones. Los medios de comunicación lo que hicieron fue proyectar el trabajo de muchas personas a nivel nacional. La Ley de la Memoria es en cierta manera resultado de la presión de los movimientos sociales hacia el Estado. Los medios tienen su papel, pero esto no es lo más importante del proceso. Internet es fundamental por la posibilidad de crear circuitos de información alternativos a las corporaciones mediáticas, donde se recicla continuamente información gestionada por personas y colectivos que normalmente no pueden transmitir directamente su punto de vista en los medios.

D.: ¿Por qué estudia la memoria desde las exhumaciones?

F.F.: Para ser más preciso, el proceso de las memorias se puede abordar desde el punto de vista de historiadores, de antropólogos, psicólogos, arqueólogos, forenses o periodistas de investigación. A partir de ahí, se puede incidir en distintos puntos o momentos: los museos, homenajes, en el Parlamento, en los cines, siguiendo las producciones artísticas. Yo elegí las exhumaciones porque son espacios de una experiencia muy intensa para los familiares y donde no hay establecidas pautas simbólicas ni de interacción claras para gestionar las emociones, los sentimientos, las relaciones sociales, los aspectos políticos. Cuando hay un fallecimiento en la familia se pone en marcha un protocolo, pero en torno a las exhumaciones no está tan claro cómo proceder. Se han ido generando poco a poco y muchos de ellos son espontáneos e improvisados, utilizando fragmentos de los repertorios sociales, políticos y simbólicos disponibles. La memoria se transforma en el contexto en el que emerge.

D.: ¿Esto es lo que puede aportar la antropología social y cultural a este proceso?

F.F.: La mayoría de los equipos que han trabajado en exhumaciones son de tipo interdisciplinar. Los antropólogos sociales trabajamos sobre el terreno, especializados en el testimonio oral y la acción social y simbólica. Analizamos los discursos que sobre la memoria producen distintos actores sociales. A mí me interesa, por ejemplo, lo que dicen los activistas sociales, cuyo discurso va evolucionando a medida en que se amplía el debate nacional y que se van conociendo los procesos emergentes en otros países. Me interesan también los testimonios de los familiares, que son de distinta naturaleza: hay gente que ha hablado sin muchas cortapisas, aunque sea en entornos familiares, y hay gente que no había hablado jamás de estos hechos. Nosotros analizamos cómo estos discursos se influyen y alimentan mutuamente. La etnografía es una metodología que opera en contextos muy locales, como una exhumación, y cuyo reto es vincular lo que ahí ocurre, con procesos globales. En este caso, analizamos las exhumaciones en el marco de todo el esfuerzo político, simbólico, económico que se está invirtiendo para renegociar la memoria.

D.: La memoria es un proceso emergente, pero ¿y el olvido?

F.F.: Igual. También hay muchos olvidos y modalidades de olvido. Es una forma de relación con el pasado que evoluciona, que tiene importantes repercusiones sociales y políticas y del que hay que analizar su gestión en cada contexto. Para autores como Juliá, lo que pasó en la Transición no fue un olvido pasivo, sino activo. Esto es un ejemplo de que no podemos hablar de olvido o recuerdo en abstracto. Las miradas hacia el pasado siempre son selectivas y polémicas.

D.: Entiendo que el uso de los términos es muy importante...

F.F.: Si queremos entrar en un debate profundo tenemos que cuestionarnos los términos en los que se produce y la forma en la que cristalizan. Nuestra labor es proporcionar conocimiento denso y crítico. Es nuestra forma de estar comprometidos. Es fundamental que esto se haga desde organismos de investigación como el CSIC porque creo que las instituciones públicas tienen la obligación de responder con agilidad ante temas que sean de interés social con un trabajo a fondo, ampliando y enriqueciendo el repertorio del debate.

D.: ¿Qué supone la institucionalización del proceso de la memoria?

F.F.: Las instituciones pueden hacer cosas que no pueden hacer las asociaciones (derogar y promulgar leyes, otorgar subvenciones, centralizar información, crear un funcionariado). Pero polarizan las acciones que se llevan a cabo porque son las que deciden qué es lo financiable y esto imanta las acciones del movimiento asociativo y otros muchos actores sociales. El juez Garzón ha tenido que reaccionar. El 22 de septiembre le entregaron en la Audiencia Nacional más de 140.000 nombres proporcionados por asociaciones, una cifra inmensa que desborda las previsiones sobre la escala de la represión. El problema es que alguno de estos nombres pueden estar repetidos. Y es sensato pensar que haya otros muchos no representados en estas listas. Garzón pidió que en una semana las asociaciones le entregaran un listado único, pero de ello debería ocuparse el Estado.

D.: Unos hablan de genocidio y otros de que la memoria no incluye a todos los muertos. ¿Qué nos puedes aportar ante esta polarización?

F.F.: Hubo represión y violencia en ambos lados, aunque muchos historiadores señalan las asimetrías entre una y otra, y que en el bando franquista fue una política absolutamente sistemática. Luego, durante el Franquismo, desde los primeros momentos, hubo gran cantidad de exhumaciones, muchos actos de homenaje y toda suerte de beneficios otorgados a sus familias cuyas dimensiones conviene recordar. Las víctimas de la represión franquista no han tenido ese trato. La mayoría de los enterrados actualmente en fosas comunes son gentes de izquierdas y simpatizantes, asesinados por agentes franquistas. Lo que se trata es de incorporar a la memoria colectiva una parte del sufrimiento que había quedado bloqueada durante 40 años y que, según muchos, ha sido pésimamente gestionada durante la Transición. Es crucial matizar cada vez más el debate para sacarlo de los lugares comunes. Emilio Silva, presidente de ARMH, habla de la importancia de ‘desaprender’ el Franquismo porque su cultura e ideología hegemónica incitó a varias generaciones a pensar y ver el mundo de una manera, y hoy quedan rastros. Tenemos que buscar nuevas fórmulas. Uno de los retos de los movimientos sociales es resistir la tentación de funcionar con esquemas ‘precocinados’ y construir retóricas y prácticas que contribuyan a que este proceso no se convierta en una ceremonia de la confusión que provoque desilusión y hastío, sino el fotalecimiento de la calidad democrática.


¿Se puede llamar genocidio?

F.F.: Genocidio es una categoría polémica que ha evolucionado dentro de la legislación internacional y depende no sólo de consideraciones jurídicas, sino políticas. Un genocidio es la eliminación sistemática de unos determinados grupos sociales. Es un concepto delicado. Para que tenga una implicación real debe tener repercusiones legales y que se pueda aplicar la legislación internacional, la imprescriptibilidad de los crímenes contra la humanidad. De ahí la importancia de hablar con rigor de los términos y analizar su utilización en los debates actuales. Algo semejante ocurre con desaparecidos’, no se asociaban Franquismo. Pradera, en una reciente, argumentaba incomprensiblemente que le parecía adecuado seguir llamándolos ‘paseados’. que Garzón ha el 16 de octubre en marcha mecanismos jurídicos pero esperar al recurso Fiscalía.


Homenajes

“Un formato muy interesante de reciclaje de la Memoria son los homenajes y otros eventos que se hacen en muchos lugares. Mucha gente que no había tenido espacios legitimados para hablar de su sufrimiento puede hacerlo ahora con libertad, encontrando una audiencia que, frente a la indiferencia de décadas, les muestra atención y empatía. Son actos de gran carga simbólica y política, reparadores en el nivel más íntimo de la experiencia ¿Qué impacto tiene esto? Se está produciendo una ‘rutinización’ de la reevaluación de los trapos sucios de la represión, la sociedad lo está digiriendo poco a poco en su normalidad democrática.


MÁS DE 140.000 DESAPARECIDOS

El 22 de septiembre de 2008, Paqui Maqueda, secretaria de la Plataforma por las Víctimas de Desapariciones Forzadas del Franquismo, entregó al juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón un listado de más de 140.000 de desaparecidos. Una desaparición tiene que ver con la ausencia de un cadáver y con la imposibilidad de conocer su destino. Pero los más de 140.000 nombres que se entregaron en la Audiencia Nacional, ¿son todos desaparecidos? Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre qué se denomina “desaparecido”. Algunos dicen que, técnicamente, los desaparecidos son aquellos de los primeros meses de la guerra, durante el “terror caliente”, cuando se produjeron muchas matanzas que no quedaron registradas. Pero a medida que se fue instaurando la burocracia franquista, muchas ejecuciones sí dejaron rastro en los procesos.


La ONU no perdona la ley del ‘77

El pasado 6 de noviembre, el comité de Derechos Humanos de la ONU, reunido en Ginebra para su nonagésima cuarta sesión, recomendó al Gobierno de Rodríguez Zapatero que derogara la Ley de Amnistía de 1977 y que tomara medidas legislativas para garantizar la no aplicación de limitaciones técnicas en los procesos por crímenes contra la humanidad. El comité expuso su deseo de que la ley se aboliera para garantizar así la correcta interpretación del Derecho Penal Internacional, que el Gobierno español ha ratificado con la firma de distintos tratados. Las asociaciones y foros para la recuperación de la memoria histórica reclaman desde hace años la supresión de esta ley que, consideran, ha servido para blindar la impunidad de criminales de guerra que cometieron delitos de lesa humanidad por los que nunca han sido juzgados. Estos grupos consideran que la ley, presentada en su día como un ejemplo de reconciliación entre los “dos bandos” supuso en realidad un cierre en falso del franquismo. La Ley de Amnistía, aprobada el 27 de julio de 1977 ha sido esgrimida repetidamente por el fiscal de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, en el enfrentamiento que mantiene con el juez


Suspendida la apertura de fosas

La sala de lo Penal de la Audiencia Nacional ha detenido cautelarmente las aperturas de fosas llevadas a cabo bajo la supervisión del juzgado número 5 de dicho tribunal. Los magistrados aceptaron el recurso de apelación del fiscal jefe de la Audiencia, Javier Zaragoza. El motivo del conflicto que ha suspendido el proceso de exhumación de cuerpos es la decisión del juez Garzón de declararse competente para juzgar los crímenes contra la humanidad cometidos con motivo del golpe del ‘36. Emilio Silva, presidente de la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), anunció el pasado 8 de noviembre que su grupo piensa mantener su calendario de trabajo y que recurrirá la decisión de dicha Sala. Silva considera que “se han incumplido normas básicas de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que dicen que las partes tienen que estar informadas de los pasos y, en este caso, se nos ha causado indefensión por parte de la Fiscalía al no comunicarnos su petición”. La Federación Estatal de Foros por la Memoria ha exigido a la Audiencia que se pronuncie sin demora sobre la competencia de Garzón para seguir adelante con el proceso abierto en septiembre de este año.


Córdoba: 11.581 asesinados

ARMH El historiador Francisco Moreno Gómez publicó el 5 de noviembre 1936 El genocidio franquista en Córdoba (Crítica). Tras 30 años de trabajo, concluye que Franco planeó una matanza a sangre fría, al estilo de la “solución final” nazi contra la comunidad judía. En este libro estima que fueron 11.581 (y probablemente bastantes más) las personas desaparecidas en Córdoba durante la represión franquista. Sobre todo en 1936, bajo el llamado “Terror de don Bruno”, es decir, del teniente coronel Bruno Ibáñez, enviado “con carta blanca” por el general Queipo de Llano. Moreno Gómez explica que se encarceló a miles de personas en la antigua prisión de Córdoba, en el Alcázar de los Reyes Cristianos, pero que muchos no llegaron a su destino. Unos 4.000 descansan cerca de los cementerios. El resto, unos 750, murieron debido a la insalubridad de las cárceles. A ellos hay que sumar 220 maquis muertos en la sierra y otros 160 aniquilados por servir de enlaces con los republicanos. También hubo 1.600 represaliados en la posguerra, 220 exterminados en los campos del III Reich y otras 4.500 personas que aún reposan en fosas comunes de la provincia.

Top