Flores para Evaristo San Miguel

El 11 de febrero Homenaje a Evaristo San Miguel en conmemoración de la Primera República

 

 

 

 

 

El día 11 de febrero de 1873 se proclamó la I República. Tuvo una corta vida y la mataron entre todos, pero sirvió para que desde ese momento los españoles ya podamos elegir entre ser súbditos o ciudadanos. Los primeros aceptan que la soberanía nacional es propiedad de un solo individuo, el rey, al que una constitución elaborada a base de sobremesas, cafés y chupitos califica como inviolable. Los segundos, sostenemos que el único soberano es el pueblo; por lo tanto todos y cada uno de nosotros, incluyendo al monarca, somos libres para pensar y actuar, y en consecuencia debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos.

 

Lógicamente, los ciudadanos y ciudadanas de este país estamos orgullosos de ser republicanos y nos gusta recordar las dos ocasiones en las que levantamos la cerviz y fuimos libres, porque asumimos sin complejos la herencia de quienes entonces defendieron lo mismo que nosotros defendemos ahora: la igualdad, la fraternidad, el trabajo, el laicismo, la alegría, la paz, la honradez, la justicia, la limpieza en las instituciones y en definitiva la libertad.

 

Por eso vamos a recordar esta fecha ante la efigie de uno de los nuestros: Evaristo San Miguel, el ilustre militar y político gijonés que da nombre a una de las plazas de esta ciudad, esa que los castizos conocen a secas como “la plazuela” y los más despistados suponen que está dedicada a un santo.

 

Pero no. Don Evaristo no fue santo, y tampoco llegó a ser republicano “de facto” ya que, igual que Riego, murió antes de aquella primera proclamación; pero sí lo fue “in péctore”, ya que defendió toda su vida las ideas de progreso, incluso apoyando a Isabel II como mal menor para evitar otra guerra civil en 1854 cuando un grupo de generales conservadores se levantó contra el pueblo. La reina lo nombró entonces Grande de España, aunque no le hacía falta, porque el pueblo ya le reconocía esta dignidad sin necesidad de ninguna ceremonia.

 

Evaristo Fernández San Miguel y Valledor nació en Gijón en 1785 y falleció en Madrid en 1862. Su historial lo define: combatió en la Guerra de la Independencia desde primera hora hasta que cayó prisionero y lo trasladaron a Francia. De allí volvió convertido en un liberal convencido y cuando Riego se sublevó el 1 de enero de 1820 fue nombrado segundo jefe del Estado Mayor del Ejército y secretario de su Junta. Esta fue la época en la que  compuso la letra del himno oficial de la República española para la música que firmó Salvador Gomis, y también cuando se convirtió en un héroe mandando el 7 de julio de 1821 a la milicia nacional que frenó a los batallones de la Guardia Real que se sublevaron en la capital para restablecer el absolutismo.

 

San Miguel fue además presidente del Consejo de Ministros con el gobierno llamado de “los siete patriotas”, que eran a la vez siete destacados masones de ideas liberales. Conspirador incasable, participó desde su exilio en Inglaterra en los intentos de reinstaurar la dignidad del pueblo encabezados por Torrijos y  Mina, y tras la muerte de Fernando VII llegó a ser general en jefe de los Ejércitos del Centro y del Norte enfrentándose al carlismo.

 

Aunque si ahora lo recordamos es por haber sido simplemente un español honesto, como quienes trajeron la I República, igual que quienes establecieron más tarde la II y lo mismo que los hombres y mujeres que inevitablemente proclamarán también la III, porque nadie puede detener la historia ni frenar el progreso de los pueblos.

En homenaje a quienes nos precedieron en esta idea, este domingo 11 de febrero a la doce de la mañana colocaremos unas flores delante del busto de Evaristo San Miguel acompañados por la música del cantautor Iván San Segundo. Seguramente no seremos muchos, pero sí los suficientes para gritar alto que aún quedamos asturianos y asturianas que no nos resignamos a ser súbditos de ninguna familia.

 

Foto de Ernesto Burgos

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