“No olvidadizos, sino olvidadores”

 

“No olvidadizos, sino olvidadores. Ocurre que el pasado es siempre una morada, pero no existe olvido capaz de demolerla”

 

La academia, los medios y la política a los españoles  nos impusieron  la idea de que nuestra Transición de una dictadura a una democracia fue consensuada, pacífica y modélica. De acuerdo con tal discurso cualquiera no conocedor del tema, podría llegar a pensar que nuestra Transición fue como mínimo un acontecimiento de la trascendencia de la Revolución Industrial o la Revolución Rusa. De nuevo los españoles estábamos dando lecciones al mundo. Quiero mostrar mis discrepancias con tal visión recurriendo a autores contrastados en el ámbito de las ciencias sociales y con reflexiones personales. Con esto de los plagios hay que andarse con mucho cuidado.

La Transición no fue consensuada, ya que las fuerzas del régimen anterior se impusieron a las de la oposición democrática. Ignacio Sánchez Cuenca en Atado y mal atado, señala la asimetría antes de las elecciones del 77. Y tras las elecciones también, sobre todo porque los conservadores retenían muchos resortes del poder. Un dato muy clarificador. Según el profesor Xacobe Bastida Freixido, en el transcurso de la discusión de las enmiendas al artículo 2º de nuestra Carta Magna, y cuando Jordi Solé Tura presidía la Ponencia-era rotatoria-, apareció un mensajero con una nota procedente de la Moncloa señalando cómo debía estar redactado tal artículo. La nota era: “La Constitución española se fundamenta en la unidad de España como patria común e indivisible de todos los españoles y reconoce el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que integran la indisoluble unidad de la nación española”. Casi exacta con el actual artículo 2º de la Constitución. Por ello, parece incuestionable que su redacción no fue producto de la actividad parlamentaria y sí de la imposición de fuerzas ajenas a la misma. Tal hecho lo cuenta Jordi Solé Turá, ya en 1985 en su libro Nacionalidades y Nacionalismos en España, de Alianza Editorial, en las páginas 99-102.   Pero quiero insistir más en esta cuestión. En el libro de junio de 2018, del historiador y politólogo de gran solvencia académica a nivel internacional, Josep M. Colomer España: la historia de una frustración, en las páginas 184 y 185, conocemos más y sustanciosos detalles sobre la nota.  Llegó de La Moncloa, el mensajero  Gabriel Cisneros, el cual dijo a los miembros de la Ponencia que el texto contenía las “necesarias licencias” y que no se podía modificar una coma porque había un compromiso entre el presidente del Gobierno y los interlocutores de facto, muy interesados en el tema. Esto hizo que uno de los miembros de la Ponencia, el centrista José Pedro Pérez Llorca, se pusiera firme y levantara el brazo con la mano extendida para hacer el saludo militar. Y que yo sepa nadie ha rectificado tales versiones. Mas, no ha interesado que este dato se conociera. Nunca un constitucionalista, ni siquiera los más prestigiosos lo han mencionado. Ni la mayoría de los políticos ni de los intelectuales españoles. El silencio es sospechoso. 

La presencia de determinados poderes fácticos  explica que en la Constitución, las Fuerzas Armadas están incluidas en el Título Preliminar, que trata de los elementos fundamentales del Estado y la Nación. Se les asigna, entre otras funciones, la “defensa de la integridad territorial” de España. Esto contrasta con la mayoría de las constituciones democráticas, que colocan el ejército en otro título no tan prominente, que se ocupa del gobierno, de la administración y limitan sus funciones a la defensa externa del país. 

Es una obviedad que el estamento militar estuvo controlando todo el proceso político de la Transición. Según  el mismo Josep M. Colomer en el libro ya citado, lo único que el ejército español nunca ha hecho es lo único que se espera de un ejército: defender el país de los ataques extranjeros. Derrotado en el exterior y también en el interior con los franceses en 1808 y 1823, además de controlar y perseguir a los propios españoles se dedicó  a la actividad política. Y como consecuencia de ese papel fundamental de los militares en la política, eso obstaculizó el desarrollo de las instituciones civiles y confirmó la debilidad del Estado. Un círculo vicioso de difícil salida.  

Las diferentes formas de intervencionismo militar en la política fueron en los dos últimos siglos: pronunciamientos, golpes militares y guerras civiles. Desde el primer gobierno postabsolutista en 1834 hasta la muerte de Franco en 1975, de los 141 años en 70, el jefe de Gobierno fue un general. Espartero, Narváez, O´Donnell, Prim, Miguel Primo de Rivera, Berenguer, Aznar, Franco, Carrero Blanco… Durante el régimen de Franco 40 de los 114 ministros fueron militares. Entre 4 y 8 militares como promedio hubo en sus gobiernos. Cerca de 1.000 de los 4.000 procuradores en Cortes durante 25 años fueron militares. Para acabar, llegamos a 1981 con Armada, Tejero, Milans del Bosch… Y esto deja huella en nuestra historia. El estilo militar de tratar los asuntos públicos es el de “ordeno y mando”, muy distante del de una democracia auténtica. Por ello, una de las tareas más complicadas tras la llegada de la democracia fue el de adaptar el ejército al nuevo sistema político, para que, sus miembros, como el resto de los funcionarios, se habituasen a cumplir las órdenes del gobierno de turno. Con ese objetivo hubo algunas reformas del general Manuel Gutiérrez Mellado con el gobierno de Suarez para poner a las FFAA bajo el control civil en 1976. En 1981 Leopoldo Calvo Sotelo en su gobierno nombró al civil Albert Oliart, como ministro de Defensa,  en el primer gabinete en muchas décadas (probablemente el primero), en el que no hubo ningún militar.  Igualmente las reformas de Narcís Serra con Felipe González, como los pases voluntarios a la Reserva, castigos por opiniones políticas, disminución de la edad de jubilación, etc. O la entrada en la OTAN, lo que supuso a los militares españoles el tener que  convivir con los de otros países de una larga historia democrática. O la abolición del servicio militar obligatorio en 2002.  Hago  una pregunta. ¿El ejército español se ha adaptado al sistema democrático? La respuesta la dejo al lector, no sin antes  señalar que es una anomalía democrática el comunicado de un sector del ejército manifestándose en contra de la exhumación de Franco, defendiendo y enalteciendo su figura, y criticando la “campaña infame” de la izquierda memorialista, porque el Mausoleo del Valle de los Caídos, es, según ellos, un “símbolo de reconciliación”.  No puedo pasar la ocasión para  destacar la patética abstención del PP y Cs al Real-Decreto sobre la exhumación de Franco. Ambos argumentan que no están en contra de la medida sino del procedimiento, porque consideran que no hay ninguna urgencia. ¿Cuál sería la forma adecuada para la derecha española? ¿Tras 43 años todavía es apresurada la decisión?  Si han decido abstenerse, será porque la consideran rentable electoralmente. De ser cierta esta valoración, es muy grave que muchos españoles, votantes del PP y Cs, consideren irrelevante o simplemente sean contrarios a la exhumación de la momia de Franco.  Votar algo que moleste  al franquismo sociológico siempre ha sido algo molesto para los populares.  Nada nuevo bajo el sol. Lo más llamativo, solo en apariencia, es que Rivera, el supuesto renovador de la derecha,  que iba a traer aire fresco a la política española, al final,  termine imitando la marca que quiere sustituir. No obstante, supongo que cada vez más la ciudadanía se apercibirá de la inconsistencia y bandazos del Cs, todo un paradigma de política populista.

La Transición no fue pacífica. Como señala Paloma Aguilar en el libro, del que es coautora Leigh A. Payne El resurgir del pasado en España. Fosas de víctimas y confesiones de verdugos, de enero de 2018, en diferentes partes del país hubo una violencia muy intensa, en la que participaron, desde la extrema derecha a la extrema izquierda, pasando por movimientos independentistas (ETA) y por el aparato de seguridad del Estado. Este proceso de democratización, tesis a la que se suma Sánchez Cuenca, fue el más violento de la época; por ejemplo, comparándolo con los de Grecia y Portugal. Sánchez Cuencaen una entrevista señala  que a la hora de calificar como pacífica o violenta nuestra Transición, todo depende del punto de comparación. Si miramos a la Guerra Civil, es evidente que tras la muerte de Franco no hubo una nueva confrontación bélica entre españoles. Aunque entonces los actores políticos no podían saberlo y tenían un gran temor de que pudiera repetirse un enfrentamiento civil, nosotros sí sabemos hoy que la probabilidad de que hubiera habido una Guerra Civil en nuestro país en los años setenta era cercana a cero: cuando los países alcanzan un cierto nivel de desarrollo, las guerras civiles no se producen. Si el punto de comparación no son los años treinta del siglo XX, sino otras experiencias de democratización en países europeos, entonces no queda más remedio que reconocer que los niveles de violencia política y represión estatal que acompañaron a la transición fueron muy elevados. Entre la muerte de Franco y el primer episodio de alternancia democrática en el poder en octubre de 1982, en España perdieron la vida más de 700 personas como consecuencia de la actividad de grupos armados y de las Fuerzas de Seguridad del Estado.

Ni, por supuesto, modélica, ya que la Transición se basó en la amnistía y en el olvido, en lugar de la justicia y de la verdad. Hubo un olvido deliberado de los acontecimientos traumáticos de la guerra civil, la dictadura, lo que suponía la invisibilidad de las víctimas del franquismo. Tuvo que ser la generación de los “nietos de la guerra civil” y las exhumaciones de las fosas para que la situación cambiara. Hoy han muerto muchas víctimas y sus familiares, pero nunca es tarde para la justicia y reparación pendientes. Al  inicio de la Transición se dijo que era demasiado pronto, y podría impedir el establecimiento de la democracia; y ahora que es demasiado tarde. La democracia ha sido poco generosa y nada empática con los represaliados por la dictadura.  Se ha impuesto y sigue el “pasar página”. Paradigma de la impunidad del poder. Cada vez que el poder reprime y asesina, se apresta veloz a imponer el “pasar página”. A poder ser sin ni siquiera escribirla. No fuera que nos diera por leerla. Como dice David Fernández en su artículo Pasar página de la revista Sin permiso, pasar página se paga siempre muy caro. La última vez que nos obligaron a pasar página, 114.000 personas se quedaron en las cunetas. La única forma razonablemente justa y duradera de pasar página es: pedir perdón, reconocer el daño causado, repararlo en la medida de lo posible y arbitrar garantías de no repetición. Y ninguna de estas condiciones se ha llevado a cabo. 

Gracias al artículo de David Fernández he podido conocer el poema Olvidadores, del libro de Mario Benedetti El olvido está lleno de memoria, que expongo a continuación y que deberían leer los diputados que se acaban de abstener sobre la exhumación de Franco:

“No olvidadizos sino olvidadores/he aquí que también llegan/entre otras herrumbradas circunstancias la degeneración/las taras del olvido, la falsa amnesia de los despiadados/ Es ilusión de estos olvidadores/que los otros las otras los otritos/no sigan recordando su vileza/pero son fantasías sin futuro ni magia/si la sangre de ayer alcanzó a Macbeth/cómo no va a alcanzar a estos verdugos de pacotilla y pesadilla/perdí la compasión en el casino/por eso les auguro y les propongo insomnios/ con plañidos puteadas mutismos/cuerpos yertos desnudos nunca más seductores/ojos empecinadamente abiertos con miradas capaces/ de taladrar cerebro y corazón/no olvidadizos sino olvidadores/ocurre que el pasado es siempre una morada/pero no existe olvido capaz de demolerla”.

Fernando Hernández Sánchez.Profesor de Didáctica de las CCSS, Facultad de Educación UAM, en su artículo Cinco apuntes (y una reflexión inconclusa) para enseñar la Transición,se queja del déficit formativo derivado de una insuficiente transmisión de conocimiento histórico del pasado reciente en el ámbito del sistema educativo básico. Se refiera a la ESO. Aunque también se podría extender al Bachillerato. Lo que yo certifico en mis largos años de experiencia educativa. Si se trata la Transición es siempre de una manera superficial, como consecuencia de estar al final del programa. Y ya no digamos sobre el 15-M, del que ni se habla. ¿Para qué? ¿Cómo van a interesarse nuestros alumnos por la historia?  Debe ser más interesante el desenterrar dinosaurios que conocer el rescate a los bancos, que tanto daño ha causado a la sociedad española. Mas, una democracia madura y auténtica educa a sus jóvenes en el conocimiento de su historia reciente para dotarles de las claves para interpretar el mundo actual.  Por ello, me han parecido muy significativas estas palabras: Alas nuevas generaciones se les debe un relato veraz, no un cuento de hadas. Las libertades no se regalaron con un simbólico apretón de manos en la cumbre, se arrancaron con sacrificio y se pagaron con sangre y dolor.

Creo que ya es hora de sacar la Transición a escena y bajarla de ese pedestal para enseñar sus vergüenzas. Estoy cada vez más convencido de que muchos de los males de nuestra democracia tienen su origen en las carencias de la Transición. Lo honesto sería,  tal como destaca Juan Carlos Monederoen La Transición contada a nuestros padres: Nocturno de la democracia española,afirmar: "Hicimos lo que pudimos, lo que nos dejaron, lo que nos atrevimos". En cambio, no lo es: "Ejecutamos la mayor hazaña democrática de la historia de España". No se trata de reprochar a nadie de haber sido cobarde. Se trata de reprocharle que diga que fue un héroe.

https://www.nuevatribuna.es/opinion/candido-marquesan-millan/olvidadizos-olvidadores/20180914174110155668.html
Top