La España de Franco fue una España de tebeo

 

La España de Franco es una España de hambre y sopas de ajo, pero también de seiscientos y brillantina, de emigración, pero también de turismo, de censura, pero también de subversión, de falangistas, pero también de tecnócratas, de serial radiofónico, fotonovela y concurso televisivo, pero también de realismo social y de poesía de la experiencia. Los treinta y cinco años de caudillismo dan para mucho y permiten, siempre dentro de una misma ignominia política, significativas alternancias.

Por encima de ellas y, más que reflejándolas, destilando la esencia misma del régimen, la historieta se instaura como medio dominante llegando a convertirse en marca distintiva de la época. La España de Franco es, ante todo, una España de tebeo.

El dibujo ilustra la deformación de la época

La dureza de la posguerra propicia la actitud extrema, el discurso grandilocuente y el gesto exagerado. Y ¿qué mejor medio que la historieta para representarlo? La gran pincelada descriptiva, la estilización o la deformación gráfica permiten plasmar, si no con total realismo, al menos con veracidad la epopeya tragicómica del franquismo.

Además, se trata de un medio perfectamente adaptado a las infraestructuras industriales y a los niveles económicos del país. Ofrece, a cambio de unos céntimos, un vistoso teatrillo de papel que se puede prolongar indefinidamente con nuevas entregas. Para proporcionar una idea del fenómeno, baste decir que en los momentos en los que el mercado alcanza su techo –-mediados de los sesenta– la industria española pone en circulación cerca de seis millones de ejemplares todos los meses.

A finales de los cuarenta y primeros cincuenta las tiradas no alcanzan tales cifras, sin embargo y según estimaciones de las propias editoriales cada tebeo puede pasar por unos veinte lectores, con lo cual el impacto es, de hecho, mayor.

Porque no hay que olvidar que los tebeos se compran, se alquilan, se intercambian, se prestan y mueren, tras accidentados avatares, con la portada cubierta de una sebosa capa de suciedad y las páginas desgarradas. Se comentan sus historias, se especula sobre lo que ocurrirá tras el frustrante “continuará” y se clasifica en bandos a los partidarios de un personaje o de otro.

Se juega imitando las acciones de los héroes preferidos, se les menciona como parangón inalcanzable, se inventan chistes sobre ellos… La lectura de los tebeos moviliza una compleja red de comportamientos que, más allá de la ficción que contienen, incide directamente en la vida cotidiana. Genera vínculos, establece jerarquías y, sobre todo, estimula la fantasía. La historieta cumple así una doble función pues incide tanto en lo individual como en lo colectivo, configurando el imaginario de varias generaciones y determinando sus relaciones sociales.

 

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