La desintegración del mito fundacional de la Monarquía parlamentaria

Reflexión histórica sobre la crisis política e institucional y su relación con el mito fundacional de "las dos españas" que legimitó la Transición

 

La Haine

 

En las últimas elecciones al parlamento europeo el PSOE ha desplegado una campaña publicitaria que consistía en un enorme cartel dividido en dos colores: rojo, que venía a representar al bloque socialista de tendencia obrera y que se hacía comprensible desde su ubicación en una larga tradición política, y azul, identificado con la tendencia derechista y conservadora del Partido Popular (antes Alianza Popular fundado por el ministro franquista Manuel Fraga), fundamentalmente anti-obrera. En tiempos de crisis económica, este juego de representaciones puede funcionar electoralmente.

 

La división del color pretende evocar tendencias políticas tradicionales de signo antagónico, pero cuya coexistencia pacífica es posible gracias al marco legal -constitucional- en el que se desarrollan. Pero el juego de representaciones simbólicas que implicaba este anuncio ha de ser analizado más en profundidad, ya que en su misma configuración se encontraban elementos de justificación de los poderes fácticos, políticos e institucionales, que arraigan en la complicada historia de España del siglo XX y que tienen su origen, concretamente, en el año 1936.

 

Analizar este anuncio es discernir con claridad las fuerzas morales legitimadoras de los poderes políticos actuales y descubrir así cuáles son sus astucias, sus artimañas. Y también pueden ponerse de manifiesto, en una última reflexión, los motivos -internos a los propios valores morales que justifican dichos poderes- por los que se ha llegado a un claro nihilismo político por culpa del cual cada vez existe una mayor inclinación a ofrecer el aval a tecnócratas capaces de estar más allá de toda ideología política, pragmáticos, eficaces y, por tanto, desligados de lo que consideran prejuicios éticos.

 

Por ese camino, pues, pueden sobrevenir nuevas formas de fascismo basadas en el principio extremo, descarnado, de utilidad y eficacia que en un primer momento, al no evocar formas clásicas de fascismo que han pervivido en la política española hasta la actualidad, pudieran pasar inadvertidas o no ser claramente identificadas. Para encontrarlas es menester comprender la crisis política actual como crisis de valores morales fundacionales, y por tanto, hay que explorar a fondo el mito inaugural en el que arraigan dichos valores. Además, una sociedad fundada en un mito implica un hieratismo de origen que ha obligado a las fuerzas políticas a sostener una dinámica peculiar basada en una dialéctica peligrosa: a la vez que actualizaban el mito por la necesidad de legitimarse a sí mismos, lo vaciaban de contenido moral al tener que reinterpretarlo a la luz de circunstancias nuevas ya muy lejanas en el tiempo del acontecimiento histórico real gracias al cual se forjó dicho mito.

 

Regresando a la configuración del cartel publicitario, podríamos decir que en un primer momento de lo que se trata es de dar la impresión a los votantes de que, aún hoy día, continúan existiendo dos españas en las cuales han de ver reflejados sus intereses y para cuya representación existen también representantes. Por esta idea de las dos españas es donde debe comenzar el análisis del mito fundacional constitucional que nos lleve a comprender la crisis de valores políticos -ideológicos- y la cada vez más rotunda afirmación del principio puramente instrumental de utilidad, muerta la ideología, entendida ya por muchos como rémora. Porque el peligro es la explosiva mezcla de una política que se afirma cada vez más como pura eficacia, pero que a su vez aparece desligada de un nuevo e intensivo discurso social claramente conservador, y que se difunde a través de los mass media, sobre todo, y los productos culturales derivados (cine, telefilm, música o series de televisión) Al aparecer el discurso conservador desligado de la política tecnocrática, es imposible vincular ésta con formas de derecha tradicional que permitan en último término el calificativo de fascismo. Y sin embargo, no por ello dejan de apoyarse mutuamente (política tecnocrática y moral conservadora) en su despegue inicial. Lejos de ser excluyentes, realizan una labor de simbiosis cuyos efectos se dejan sentir en la realidad.

 

Hablar de “dos españas” es un reduccionismo que difícilmente puede aplicarse a la realidad española y su enorme complejidad. De hecho, la expresión de “las dos españas” puede considerarse, con todas las de la ley, el mito de producción interna gracias al cual se ha posibilitado la fundación del actual régimen constitucional definido como Monarquía parlamentaria. Con esto dejo claro que no considero la Guerra Civil española un mito en sí mismo, sino el acontecimiento histórico real que ha posibilitado, mediante la interpretación interesada, la producción del mito fundacional de la Monarquía Parlamentaria.

 

Digo “mito” porque no existieron dos españas en ningún momento, sino una sola, una II República legítima instaurada en parte por el fervor popular, en parte por el colapso de la monarquía, República que se vino abajo por cuestiones internas (la traición de los generales del ejército, que establecida la ley de 1878 pasaban del pronunciamiento al Golpe de Estado, asustados no tanto por la república en sí misma, sino porque ésta hubiera posibilitado, vía democrática, la victoria legítima del Frente Popular, donde veían claros indicios de una posible revolución social sobre la que se cernía la sombra del Octubre Rojo) Es cierto que existió desconfianza hacia el orden republicano desde todos los frentes. Analizar los motivos es entender los efectos que una larga tradición de desengaños políticos arraigados en el siglo XIX tuvieron en la psique de los principales agentes involucrados. La historia del liberalismo y el progresismo durante el siglo XIX es la historia de una continua esperanza para las capas populares que viene siempre acompañada de un continuo desengaño. Quizá la película que con más fuerza ha representado este desengaño sea la genial El crimen de cuenca, en la que se aprecia claramente que, en la batalla política, era el pueblo el que siempre salía mal parado.

 

España es el lugar donde las elites que representaban a la izquierda han confiado, en último término, más en el orden que en la revolución social, y este amor por el orden como lo prioritario es lo que las ha aproximado más a los supuestos enemigos conservadores a derrocar, que al pueblo al que pretendían representar. De hecho, la izquierda oficial ha tendido siempre a un cierto aristocratismo. Esta tendencia se ha repetido hasta nuestros días con la victoria en la democracia actual del PSOE de Felípez González y su traición continua a la causa obrera, traición que llevaba aparejada la búsqueda de legitimidad en las raíces de los movimientos obreros revolucionarios que lucharon contra el fascismo. Los que en su día se consideraban verdaderamente de izquierdas también desconfiaban, en este sentido, de una República que bien podía convertirse en el correlato histórico del fracaso liberal y progresista de la España del XIX. Todas estas sospechas y temores debían de estar muy presentes en aquellos hombres que venían, con optimismo, en el triunfo del Frente Popular un primer paso hacia la revolución social. Prueba de que no se equivocaban del todo en su desconfianza hacia la República es que esta, finalmente, tuvo más miedo a la revolución social que al mismísimo fascismo, con el cual compartía los conceptos de orden y jerarquía. Por otra parte, el miedo de los políticos republicanos a la revolución social estaba justificado en la autonciencia de constituir una burguesía débil incapaz de hacerse cargo de la Revolución (tal como en su día hicieron los jacobinos) y que, por tanto, sería tragada por ella. Quizá, lo que tenían en común los políticos moderados de la República, por progresistas que fueran, con los elementos conservadores y golpistas, era el miedo a que en España sucediera lo que en Rusia: una revolución social que, finalmente, nadie pudiera controlar. Manuel Azaña, al llegar a Barcelona, veía con ojos de terror los mismos acontecimientos que George Orwel, en sus descripción de Cataluña, había exaltado: el lugar donde el movimiento obrero revolucionario había conseguido configurar una sociedad de hombres iguales y libres.

 

En su desmoronamiento, la II República arrastró a toda la población civil y a los elementos más combativos del campesinado a una sangrienta guerra contra los golpistas, tras la cual se impusieron cuarenta años de dictadura totalitaria en un régimen que tuvo su impulso en el fascismo de principios de siglo. El mito de la Transición, de Ferrán Gallego, ofrece una visión crítica de la historia ideológica más reciente de España. Demuestra que en el núcleo mismo del mito de la reconciliación de las dos españas antagónicas (que desplaza la culpabilidad de la guerra civil española del 36 a una especie de locura común ilocalizable y por tanto exime de responsabilidad a los verdaderos verdugos) en el núcleo mismo se inscribía la necesidad de entender de la guerra civil como generada desde dos bandos bien definidos (que eliminaba la visión de la traición de los generales golpistas sustituyéndola por la visión de un frente militar independiente en desacuerdo con la República), los cuales, en la actual Monarquía parlamentaria, van a servir de refuerzo ideológico a una forma de parlamentarismo definida por un eterno bipartidismo (cada vez más consolidado) que pretenderá representar por sí solo el papel de lo que en terminología habermasiana se ha llamado “la civilización del conflicto” por su conversión en conflicto dialógico. Su permanencia (la de los dos partidos) ha dependido de reactualizar constantemente, en cada acto electoral, el mito del bando rojo y el azul, de la España eternamente enfrentada que ha de llegar a un acuerdo verbal (parlamentario) antes de coger las armas. Es decir, un mito que, a la vez que mantiene a los políticos en el poder al darles una legitimación histórica que tiene su impulso moral en el año 36, presupone una imagen salvaje del pueblo español, ahora votante.

 

En este sentido, y al tratarse del sistema parlamentario actual, en vez de hablarse de “la civilización del conflicto” mediante el discurso parlamentario, debería hablarse del logro de la Transición por su capacidad a la hora de institucionalizar la “pantomima del conflicto”, que se lleva reproduciendo y representando en el Parlamento durante treinta largos años. Es decir, las fuerzas políticas actuales todavía hoy tienen su legitimación en la lectura interesada que se hizo de un acontecimiento sucedido hace ya casi un siglo. El acontecimiento en cuestión es la Guerra Civil española. Fue tan sangrienta, tan dolorosa para miles de españoles, fue tan significativa para la historia posterior, fue un error tan profundo y una traición tan desmedida, y los abusos cometidos por el gobierno golpista a la luz legitimadora del espíritu del 18 de Julio fueron tan constantes y quedaron tan impunes, que aquel acontecimiento histórico fue capaz de generar un impulso moral tan intenso que sus efectos se han dejado sentir durante casi un siglo. La Guerra Civil española es un volcán que ha irradiado energía todo este tiempo, a cuyo resguardo se ha generado el espectro conceptual (y estético) político más consistente.

 

Otro factor que ha contribuido a que la Guerra Civil del 36 haya constituido un impulso moral e ideológico hasta nuestros días, es, no sólo que se convirtiera en el mito fundacional de la Transición (hecha en gran parte por los mismos elementos franquistas -Adolfo Suárez era uno- para impedir una auténtica evolución democrática), sino la misma censura franquista. Ésta impidió durante cuarenta años que en España se realizar una auténtica y profunda reflexión sobre la guerra civil y sus consecuencias posteriores, y esto contribuyó a que el periodo de libertad que se inauguró tras la Transición venga marcado por un afán de análisis de la España de entonces y de la Guerra Civil que casi ocupó todo el esfuerzo académico o artístico. Es decir, por fin se podía estudiar el caso con sinceridad, hablar de él, y esto condujo a una producción de la Guerra Civil y del franquismo sin precedentes, que, queriendo o sin querer, contribuía a la consolidación del mito fundacional de la Monarquía parlamentaria, al presentar una España libre donde se podía pensar. Se puede objetar que el auténtico refuerzo moral que legitimó el actual sistema se encuentra en la astucia del Rey para aparecer en los medios como salvador de la España de las libertades frente al golpista Tejero, el 23-F. Sin embargo (y con independencia del nivel de implicación de la propia monarquía tanto en el golpe duro como en el golpe blando, consistente en un gobierno de concentración al que se negó Tejero, quien pensaba en una Junta militar) los miedos que suscitó la intentona golpista del 23-F también tenían su origen en la Guerra Civil del 36.

Si el rey aparecía como salvador no era sólo de las libertades civiles recién conquistadas, sino, y sobre todo, por haber librado a los españoles de un segunda guerra civil. Con independencia de que esta fuera posible dadas las circunstancias de entonces, muchos españoles tenían fuertemente arraigado el miedo a la guerra, y esta circunstancia -quizá puramente subjetiva y sin fundamento- aumentó el prestigio de las instituciones democráticas. Como quiera que se mire, se vuelve al mismo acontecimiento. Incluso si se piensa en la legitimidad del actual sistema desde la lucha de los jóvenes universitarios de los años 60 y 70, se vuelve a la Guerra Civil, ya que tal lucha, aunque muchas veces era animada por un rechazo a la reformas que mercantilizaban la universidad o incluso por un rechazo al capitalismo (así comienza el libro de José Ribas Los setenta a Destajo, Ajoblanco y libertad), fue interpretada interesadamente como lucha contra el franquismo.

El análisis crítico de Ferrán Gallego muestra cómo fue, curiosamente, el Partido Comunista de Santiago Carrillo el que también alimentó el mito de las dos españas enfrentadas en lucha fraticida, y lo hizo con un móvil puramente estratégico: el de aceptar las condiciones de la Monarquía restaurada por el dictador Francisco Franco (en un intento de legitimar la dictadura cara a Europa), a cambio de ser incluido como partido legal en el nuevo sistema parlamentario, junto con otras fuerzas políticas.

De hecho, puede considerarse que gracias a este mito de la Transición, el franquismo logró lo increíble: un franquismo sin franco, una cuarta mutación en la que se jugaba su supervivencia, su paso de una monarquía imaginaria, con sus reyes en una especie de limbo mientras permanecía Franco en el poder, a una Monarquía Parlamentaria legítima, mutación que regeneró cara al público a las antiguas fuerzas franquistas, disfrazándolas de demócratas, y gracias a la cual lograron la permanencia en el poder todos aquellos elementos que se habían hecho fuertes durante el régimen dictatorial, desde políticos hasta banqueros, pasando por empresarios, funcionarios... Es decir, una Transición que hizo posible el que España continuara siendo lo que había sido siempre: un país de aristocracias. El mito de la reconciliación, al final, posibilitó lo inconcebible: el reconocimiento de la culpa de los franquistas (según el mito fundacional sería de una parte de la culpa, según la reproducción de los dos bandos enloquecidos) y, a la vez, su absolución y perdón, permitiéndoles, no sólo no comparecer en un tribunal por crímenes contra la Humanidad, sino continuar sus funciones al frente de las mismas posiciones (de gobierno, de defensa, de economía...) que ocupaban.

 

Pero el mito de las dos españas, que arraiga en la Guerra Civil, va perdiendo fuerza, está en crisis, y esto se debe a varios motivos: de una parte, la guerra ha sido empleada por toda suerte de fuerzas políticas para buscar legitimación. Su manipulación ha permitido encontrar un hueco en el panorama político español a agrupaciones políticas que continuamente traicionan su espíritu, pues lo utilizan para llevar adelante su propia noción de política social y económica, o incluso sus intereses de partido y, a veces, intereses meramente personales, una carrera por el éxito social y económico.

 

De otra parte, si bien buscaban el mito para hallar hueco, este mismo mito, con su fuerza moral propia, ha impuesto sus límites a la actuación política, obligándola a adaptarse a él o a poder ser interpretada como una contribución a su gloria. Por ejemplo, que un partido socialdemócrata que no tiene sus intereses concretos y reales en el año 36, sino en este 2009, deba, para todas las acciones políticas que caen dentro del sistema actual, demostrar que de algún modo éstas están en sintonía con su propio espíritu fundacional de partido que a su vez arraiga en el mito de las dos españas y la reconciliación durante el periodo de Transición, que deba demostrar esto significa, no sólo que dicho mito es también reinterpretado a la vez que se interpretan las acciones políticas en sí, sino que, dicho mito tiene la fuerza suficiente como para imponer una limitación, a la cual, por su naturaleza hierática, se le busca la vuelta mediante esta continua labor interpretativa, que es, en el fondo, casi como la interpretación de las Sagradas Escrituras que haría una Casta Sacerdotal encargada históricamente de mantener intacta la palabra de Dios, pues es de naturaleza eterna, como todo mito, pero que, a la vez, ha de ser dinamizada por motivos de una realidad cambiante en sí misma que no permite el hieratismo característico del mito.

 

Pero que la Guerra Civil haya funcionado como un límite también ha contribuido a que pierda cada vez más intensidad como fuerza moral fundacional. Que los partidos políticos, para llevar adelante sus propios proyectos tantas veces contrarios a los colores que decían representar históricamente, hayan tenido que ajustarse al mito mediante una interpretación interesada que lo tergiversaba (incluso a veces contradecía), ha producido un continuo desgaste, un efecto de erosión debido al cual muchos miembros de una nueva generación miran con desconfianza todo lo que suena a Guerra Civil española del 36, pues parecen seguros de estar frente, no a un recuerdo histórico merecido, sino expuestos a la manipulación de las fuerzas políticas en curso. Cierto que a fuerza de bordear el límite moral de la Guerra, tal límite ha terminado socavándose.

 

El peligro: la máscara ideológica de los Partidos les ha permitido llevar adelante sus propios proyectos. Pero las máscaras pesan y han debido cargar con ellas. También el mito ha tenido un efecto regulador, gracias al cual podían identificarse claramente los peligros por los que la sociedad española podía pasar, y adelantarse a ellos. Las aspiraciones imperialistas o napoleónicas de cualquier dirigente de la derecha tradicional (y me estoy refiriendo a José María Aznar durante sus últimos cuatro años de gobierno) podían sacarse a la luz con gran facilidad con sólo una alusión a los fascismos del siglo XX, o comparándolas con las aspiraciones totalitarias de los caudillos militares. No era difícil, por declaraciones hechas a la prensa, ver en Ana Botella la herencia de Carmen Polo, alusiones y comparaciones que, más o menos serias (a veces en clave de humor), más o menos fundamentadas, actuaban como un límite. Tales alusiones las hacían grupos mediáticos no por amor a la libertad, sino por tener sus intereses materiales más cercanos a la oposición. Pero fuera como fuera, el arsenal de imágenes y símbolos que ofrecía la historia española, entrelazada por la tradición, contribuía a la identificación de los peligrosos fascismos de corte más rancio.

 

Sin embargo, ahora que la sociedad atraviesa una crisis, no sólo económica, sino política, ahora que la confianza en las fuerzas políticas tradicionales se va rompiendo, pues cada vez resulta más evidente que ninguna representa en realidad a aquellos sectores de la sociedad e ideas que dicen representar, ahora sí que puede emerger de entre el espesor y el desconcierto (y el descontento) una agrupación política que no sólo esté más allá de la ideología, sino que, además, pueda jactarse de ello apelando tanto a la inteligencia como a la necesidad de renovación y superación de las viejas fórmulas, a la vista que fracasadas. Una fuerza política que mire con desdén los viejos antagonismos, como rémoras que impiden el verdadero desarrollo de las fuerzas nacionales necesarias para salir de la crisis.

 

En definitiva, una fuerza política apoyada sólo en principios de eficacia cuyas aberraciones puedan ser toleradas gracias al giro conservador que ha dado la sociedad mediante la intensiva labor de los medios de comunicación. Si las máscaras ideológicas pesan, pues someten al hieratismo del mito inaugural, tal agrupación política no tendría que aguantar el peso de la tradición. Además tal grupo político podría aprovechar la coyuntura de esta crisis institucional y política, garantizando mediante su permanencia en el poder la permanencia de las instituciones. Y ello jurando lealtad a una serie de principios que fácilmente podrían ser traicionados posteriormente por un grupo que, a su vez, pretende desenvolverse sin arrastrar el peso de la ideología, ligada a dichos principios por su origen histórico.

 

Existen ya agrupaciones de este signo, y no son precisamente aquellas cuya siglas recuerdan los años de franquismo, pues estos son partidos que si bien pueden representar un peligro para las libertades, y que en tiempos de crisis también proliferan, están vinculado inexorablemente al mito fundacional de la Transición, en el que laten todavía las aberraciones de la Guerra Civil del 36 producidas por los nacionalismos exacerbados característicos de los albores del siglo XX. En España, por la confluencia de intereses puramente elitistas que se ha dado continuamente a lo largo de la Historia, por las guerras intestinas de poder, los mitos fundacionales no tienen la misma fuerza que en otros países, donde aguantan siglos y son capaces de generar una auténtica comunidad social y política. Por eso, cada cierto tiempo los mitos se descomponen, y esto mismo le sucede al mito de la Transición dada la irresponsabilidad de los políticos en su lucha encarnizada por el poder y sus alianzas integradas en la ideología que dicen representar por una interpretación ad hoc.

 

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