Perdón por ser pensionista, Presidente

Zapatero ha entrado a saco en nuestros derechos puestos negro sobre blanco en el Pacto de Toledo

Decir a estas alturas que padecemos una crisis económica sin precedentes, además de una obviedad reiterativa, puede ser una justificación servible para cuando se quiera argumentar sobre la situación del país, sea a favor o en contra.

En cualquiera de las orillas que estemos, pero sí con espíritu de solidaridad, los españoles tenemos que tratar de enjugar el exagerado déficit que presentan las arcas del Estado y por ello nos vemos obligados todos –y recalco lo de todos– a apretarnos un poco más el cinturón.

No obstante, a fuer de sinceros, debemos confesar que habíamos confiado en que el recorte en el gasto público que iniciara Zapatero comenzaría por lo superfluo y no restringiendo lo imprescindible, lo vital para muchos españoles. Y así nos ha pillado al amplio colectivo de jubilados por ser los primeros paganos de esa «desfeita» pues Rodríguez Zapatero, haciendo otra de las suyas, y tirando por el camino más fácil, aun cuando con ello se desdiga descaradamente de toda la política social que viene pregonando ampulosamente desde que entró en la Moncloa hasta ayer mismo, no ha mostrado cambio.

Estoy seguro de que aunque no lo aplaudan, y por supuesto ellos no lo exterioricen, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy se habrán quedado de piedra al contemplar el desaguisado que ha montado ZP como respuesta a la exigencia comunitaria de que España debe acomodar sus cuentas al inexcusable equilibrio presupuestario. Los referidos, la canciller alemana y el presidente francés, saben muy bien que de producirse la quiebra en la economía española provocaría un efecto dominó sobre toda la eurozona, y eso, por diferentes razones, no interesa a ninguno de ellos.

Con total y casi cristiana resignación, los jubilados están soportando la congelación salarial exigida por el Gobierno de Zapatero para reducir el preocupante déficit público. Sí, ciertamente, se ha oído alguna protesta, pero de pocos decibelios. Por eso Zapatero, en menos tiempo que canta un gallo, e improvisando como es su costumbre, arremetió contra la exigua nómina de los pensionistas. ¡Menuda solución, Presidente! Y máxime en este mes de julio, con la subida del IVA y la reciente factura del gas. Pobres e indefensos jubilados.

Qué razón tenía Platón cuando afirmaba aquello de: «¡Teme a la vejez, pues nunca viene sola!», y bien es verdad que a una cierta edad se es proclive a la decadencia física y a tener como cotidiana compañía algunas enfermedades. Y, hasta para mayor desgracia, la ausencia de esperanzas y sueños tan vivamente arraigados estos en tiempos de juventud.

Y como se presumía que íbamos a permanecer callados y sumisos, el Ejecutivo de Zapatero ha entrado a saco en nuestros derechos puestos negro sobre blanco en el Pacto de Toledo, y redujo sin contemplaciones parte de unas prestaciones de vejez que en la inmensa mayoría de los casos son indispensables para llegar un poco menos dificultosamente al día 30 de cada mes.

Los jubilados no tienen capacidad para decidir sobre su ahorro, pues la subida del IVA –y no digamos nada respecto del encarecimiento del gas cuando lleguen los fríos otoñales– representará un nuevo descenso en las pensiones.

Con respeto, sí, pero plenamente convencidos tenemos que decirle, presidente Zapatero, que se ha lucido usted, pues ha hincado el diente en los que menos culpa tienen del desastre económico que tanto parece preocuparlo ahora, y no ha sabido, o no ha querido, abordar debidamente a su tiempo.

En justicia, José Luis, ¿cree usted que los pensionistas se merecen esto? ¿Qué podrá decirles el próximo 5 de septiembre, con pañuelo rojo al cuello, si viene a Rodiezmo?

Lne.es (cartas) José Antonio Gutiérrez González, Piedras Blancas

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