Arquitectura de la Desigualdad (94)

Viñeta: Malagón

 

"La corporación moderna puede ser entendida como un dispositivo criminógeno y externalizador. Criminógeno porque viola la ley de forma calculada y como parte de su modus operandi. Externalizador porque las corporaciones suelen socializar los costes reales de producción hacia la pérdida de vidas humanas, las muertes prematuras, la transferencia de la riqueza del erario público al balance empresarial o una destrucción medioambiental que pone en peligro la existencia misma del planeta"

Steve Tombs y David White ("La empresa criminal")

En aras a paliar esta gravísima arquitectura de la desigualdad, un objetivo fundamental debería ser acabar con los privilegios, el poder y la influencia de las grandes corporaciones. Gladys Martínez López, periodista del medio digital Diagonal, entrevistó en julio de 2016 a los autores del tratado "La empresa criminal. Por qué las corporaciones deben ser abolidas", artículo que vamos a tomar como referencia a continuación. ¿Cuántos delitos de todo tipo (laborales, medioambientales, etc.) son cometidos al año por las grandes empresas, y cuántos directivos son condenados por ellos? La justicia no tiene la misma vara de medir para estos grandes agentes del capitalismo transnacional, que para el resto de la ciudadanía. Y esto también es un parámetro expresivo de la tremenda desigualdad imperante. Vertidos tóxicos, contaminación del aire por las industrias, muerte masiva de animales, intoxicaciones alimentarias, envenenamientos masivos, acuerdos ilícitos para la manipulación de precios, hipotecas abusivas, accidentes laborales por falta de seguridad, ausencia de representación sindical, apoyo a sangrientas dictaduras, y así un larguísimo etcétera. Los crímenes y delitos cometidos por las corporaciones son extensos, pero gozan de una manga política y judicial muy ancha. Y es que la corporación, como indican los autores del citado texto, nació como mecanismo para asegurar la impunidad ante cualquiera de los daños humanos que cometiera. La antigua empresa colonial, ligada al Estado como una prolongación suya para conseguir sus fines imperiales, ya gozaba de impunidad a pesar de los graves crímenes que cometía. Y a ella le sucedió la moderna corporación. 

 

Reproduzco las palabras de Gladys Martínez: "Cuando a mediados del XIX nació la corporación en su forma moderna, lo hizo con el mecanismo de la responsabilidad limitada de sus propietarios. "El principio de responsabilidad limitada, que se aplica a los inversores vinculando la responsabilidad a la inversión, se aplica también en el ámbito penal, en el de los derechos humanos, para asegurar la impunidad de directivos y gerentes, porque la forma legal otorgada a la corporación busca separar su identidad de las de sus directivos, gerentes e inversores", continúa Whyte. De ahí que "la corporación represente una perfecta estructura para la impunidad de sus propietarios y también para que el Estado eluda sus responsabilidades". Hoy día, esta arquitectura de la desigualdad (y de la impunidad) se complementa con las posibilidades de externalización y deslocalización (luego hablaremos más a fondo de ellas), que nublan aún más las responsabilidades de la empresa matriz. Se va creando una larga cadena de eslabones difíciles de seguir, que al final inciden en ventajas para la corporación y desventajas para los/as trabajadores/as, porque las condiciones de trabajo y de vida que les son impuestas van encaminadas sólo a maximizar el beneficio de la compañía a lo largo de la cadena de suministro, de un proveedor a otro. A veces ocurren "desgracias" masivas como consecuencia de ello. El 24 de marzo de 2013, el edificio Rana Plaza se hundía en Dhaka (Bangladesh), provocando la muerte de 1.138 empleados del textil que trabajaban allí en condiciones inhumanas. Y aunque el propietario del edificio fue condenado por los tribunales, las empresas occidentales para las que producían a un coste irrisorio los/as trabajadores/as que allí murieron salieron airosas del asunto. ¿Pero es que acaso eran menos responsables de la tragedia Benetton, El Corte Inglés, Mango, Inditex, Primark o Carrefour? Nos parece que no. 

 

Se alaba el "libre mercado", siempre privado, y se ataca al sector público en todas sus líneas de flotación, pero cuando ese "libre" mercado hace caer a alguna gran corporación (se acaba de ver durante esta crisis con los grandes bancos), siempre acude el Estado en su rescate. Ello nos lleva a pensar que nos inculcan una falacia, que es fácilmente desmontable, porque la verdad es que existe una gran interconexión entre el Estado y las grandes corporaciones, de tal manera que éstas no podrían sobrevivir sin el apoyo constante de aquél. Y así, la inmensa mayoría de las grandes industrias privatizadas basan su actividad en enormes subsidios públicos, delimitando un gigantesco sistema de "bienestar corporativo". Además, muchos nichos de negocio se establecen con el Estado como único cliente, por lo que las corporaciones de esos sectores dependen absolutamente de la contratación pública, y su facturación de los gobiernos. Y como hemos explicado recientemente en otro artículo de este Blog, el corruptor es el capital. Otro hecho desmonta igualmente la falacia del libre mercado: casi todos los sectores clave de la economía están oligopolizados, y la mayoría de estos oligopolios operan con un poder superior al de muchos Estados, así que (en palabras de Steve Tombs) "la idea de libre mercado es empíricamente ridícula". Muchos ejemplos avalan esta conclusión. Por ejemplo, en el mercado de la producción agrícola, cuatro firmas controlan el 58,2% de las semillas, el 61,9% de los agroquímicos y el 24,3% de los fertilizantes. Y cinco compañías controlan el 80% de la producción y el comercio global del plátano. Lo mismo ocurre en el sector farmacéutico, y en muchos otros. No podemos hablar por tanto de un mercado en "libre competencia". No nos dejemos engañar.

 

El pensamiento dominante ejerce también su valor, a través sobre todo de los voceros mediáticos. Lo que se nos presenta en los medios de comunicación dominantes como errores, accidentes, desastres, filtraciones, derrames, etc., son todos ellos crímenes corporativos. El lenguaje eufemístico nos presenta esos terribles hechos como si ocurrieran por casualidad, y de forma ajena a la voluntad de sus responsables. Pero nada más lejos de la realidad. La mayoría de medios de comunicación son hoy día potentes holdings empresariales, y por tanto, no van a querer ofrecer a sus lectores/as una imagen hostil hacia las empresas. Siempre derivarán la responsabilidad hacia otros actores, y usarán hacia ellas un suave lenguaje. Por tanto, si hay que dar una noticia de este tipo, siempre se presentará como una desgracia. Para enfrentarse a los crímenes empresariales, los mecanismos en materia penal existentes hoy día poseen unos efectos muy limitados. Las multas suelen ser ridículas en comparación con el volumen mundial de negocio de estos gigantes, y en caso de que sean elevadas, se acaban trasladando a los consumidores finales, así como a los propios empleados de la corporación. En resumidas cuentas, la corporación, tal como actualmente se nos muestra, no puede ser reformada, por lo que tiene que ser abolida. Y esto significa únicamente que hemos de diseñar los oportunos mecanismos políticos, económicos, jurídicos y sociales para poder desmontar todo el engranaje del que se valen estas megacorporaciones. Según los autores del texto de referencia, debemos ser capaces de imaginar un mundo sin corporaciones. Porque "aunque está en todas partes e infecta cada rincón de nuestra vida desde la infancia hasta la muerte, se trata de un fenómeno históricamente muy joven. Hubo un larguísimo período de la historia humana antes de la corporación, y puede haber un larguísimo período después de ella. Pero nunca llegaremos a ese punto de la historia si no comenzamos a pensar en la posibilidad de un mundo sin corporaciones".

 

Antes hablábamos de las deslocalizaciones. Nos detendremos un momento para exponer este fenómeno con un poco más de calma. Este fenómeno importa la transferencia de una actividad productiva de un país a otro. Por ejemplo, se cierra una fábrica en Francia y se abre otra en China, que fabrica los mismos productos, destinados en parte a ser exportados a Francia. En un sentido más amplio, es también la transferencia de todas o parte de las actividades productivas hacia un país emergente de bajos salarios, mediante la creación de una filial o recurriendo a un subcontratista. Es un proceso por el cual se reducen los costes unitarios de producción. Esta búsqueda por la maximización de las ganancias ha elevado el nivel de desempleo en los países occidentales, sobre todo en Estados Unidos, con lo cual se ha ido generando todo un ejército de reserva de desempleados, que ha vuelto a presionar a la baja los salarios de los trabajadores, los cuales ya habían sido notoriamente mermados y luego congelados en diversas oleadas, en pro de la política de "moderación salarial", para permitir la "competitividad de las empresas". Todos ellos no son más que eufemismos para efectuar continuamente transferencias de rentas desde la clase trabajadora hacia la clase empresarial. Las deslocalizaciones empresariales son un arma de chantaje permanente del gran capital, y una parte fundamental de su terrorismo obrero. De nuevo, un elemento más de desigualdad añadido, permitido y generado por el propio sistema, que mientras maltrata y desangra a la clase trabajadora, no hace más que crear privilegios y alfombras rojas para el capital. Durante los últimos años, miles de empresas a nivel mundial se han deslocalizado, dejando en la calle a cientos de miles de trabajadores/as, pues la deslocalización, hoy día, con las enormes posibilidades que posee una gran empresa, es cuestión de horas. Continuaremos en siguientes entregas.

 

Viñeta: Malagón

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