Deporte femenino, hipocresía burguesa y negocios especulativos

La sociedad capitalista es una sociedad regida por criterios mecanicistas o maquinistas, es decir, es una sociedad donde se valora a los individuos en función de su mayor o menor capacidad para la producción, como si fueran máquinas; es una sociedad donde el ser humano es visto como un medio para un fin, nunca como un fin en sí mismo. El deporte, surgido poco después de la revolución industrial, es un producto cultural de ese tipo de sociedad, y, por lo tanto, está regido por los mismos criterios mecanicistas o maquinistas. Igual que el capitalismo, el deporte selecciona a los individuos según sus capacidades productivas; esto hace que tanto capitalismo como deporte conduzcan inevitablemente a la discriminación, no sólo de las mujeres respecto a los hombres, sino de unas mujeres respecto a otras, de unos hombres respecto a otros o, incluso, de unos hombres respecto a unas mujeres.


Por todo lo anteriormente dicho, es inevitable que el deporte profesional masculino sea  socialmente más valorado que el femenino debido a los criterios mecanicistas que rigen en la sociedad capitalista y en el deporte, y, por lo tanto, que los sueldos de los profesionales del fútbol, baloncesto, tenis, ciclismo, etc. sean infinitamente superiores a los de las mujeres que se dedican a estos deportes.

Hasta hace poco, el prestigio social y los astronómicos sueldos de estos deportistas, cuyo único mérito consistía en demostrar una mayor habilidad o vigor físico para la práctica deportiva que el resto de sus congéneres [1], eran considerados como un insulto para la mayoría de hombres y mujeres que formaban parte de la misma sociedad que dichos deportistas; pero, con el paso del tiempo, la progresiva naturalización del capitalismo y de sus inhumanos criterios mecanicistas, ha terminado por naturalizar totalmente todo esto, viendo como único problema el que las mujeres no puedan tener la posibilidad de enriquecerse del mismo modo, aunque ello suponga que la inmensa mayoría de las mujeres no lo hagan, igual que ocurre en el caso de la mayoría de los hombres con respecto a los deportistas masculinos. Es decir, para el individuo medio de la sociedad capitalista actual, el problema no es tanto que el capitalismo genere desigualdades, sino que éstas no se generen de un modo proporcional en ambos sexos.

 
Este modo de razonar hipócrita es la consecuencia lógica de la hipocresía generalizada de una sociedad que ha normalizado por completo los salvajes e inhumanos criterios del mecanicismo. Es decir, el feminismo deportivo no sería más que una vuelta de tuerca de la hipocresía general. Y es que, para el feminismo, igual que para el resto del hipócrita pensamiento burgués, las desigualdades sociales entre clases no son un problema, tan sólo lo son las desigualdades entre sexos. Por eso, en el caso del deporte, lo único que le preocupa es que las mujeres no tengan las mismas posibilidades de ganar el mismo dinero que los hombres, ya sea moliéndose a patadas con otras mujeres en el fútbol o a puñetazos en el boxeo. La brutal hipocresía social que impera en la sociedad capitalista, provocada por el aburguesamiento general al que inevitablemente conduce el capitalismo (hoy, el sueño de la mayor parte de los miembros de la clase obrera es convertirse en burgueses), es lo que está permitiendo convertir al deporte femenino en un negocio especulativo similar al masculino, a pesar de que no interese prácticamente a nadie excepto a las propias deportistas y a sus familiares.

La gran promoción que las grandes entidades financieras están haciendo del fútbol femenino es un buen ejemplo de todo esto. Esta promoción obliga a la sociedad a hacerse la siguiente pregunta: "Si los hombres pueden llegar a enriquecerse gracias a algo así, ¿por qué las mujeres no? ¿Es que a caso no hemos convertido en unos salvajes?" Precisamente, el hecho de ser incapaces de reconocer el grado de salvajismo alcanzado por nuestra sociedad, por todo lo que ello supondría (renunciar a nuestro estilo de vida burgués), es la baza jugada por las grandes entidades financieras que promocionan el fútbol femenino para extraer del Estado, con un consentimiento social masivo, cuantiosas sumas de dinero en forma de subvenciones (tanto del gobierno central como de los autonómicos o municipales), que servirán para llevar a cabo fichajes millonarios, construir estadios e instalaciones deportivas o proveer de los medios técnicos más sofisticados a los equipos, todo con el fin de "conseguir la igualdad". Una búsqueda de la igualdad que, teniendo en cuenta las astronómicas cifras que se manejan en el fútbol masculino, a poco que se consiga, generará un nuevo mercado especulativo tremendamente lucrativo para dichas entidades financieras, con quienes se endeudará el Estado o los equipos beneficiarios de las ayudas del Estado (de un modo similar a cómo ya lo hacen en el caso del fútbol masculino) para llevar a cabo dichos proyectos en pro de esta particular forma de entender la igualdad. Un mercado especulativo que, además, será eterno debido a la inevitable naturaleza discriminatoria del propio deporte y de la sociedad capitalista.

 
En una sociedad donde se ha naturalizado la barbarie, aparentar ser menos miserable que la mayoría es una forma segura de hacer grandes negocios a través de dicha barbarie. Este comportamiento hipócrita naturaliza cada vez más la barbarie, justificando así los argumentos de quienes más se benefician de ella, los liberales más recalcitrantes [2], lo que perpetuará la discriminación sexual, convirtiendo así la lucha contra este tipo de discriminación en un negocio eterno.

 
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[1] El prestigio social del que gozan los deportistas en las modernas sociedades capitalistas se debe a su papel de representantes y abanderados de uno de los más efectivos aparatos ideológicos del Estado, el deporte, cumpliendo, con su ejemplo, la función de "predicadores" de los valores del capitalismo y de su visión del mundo y de la vida: la percepción del cuerpo humano como una máquina. La progresiva naturalización de los criterios mecanicistas, y la incapacidad para cuestionarlos, hace que sean concebidos por el conjunto de la población como una especie de nuevos "mesías", merecedores de los mayores reconocimientos.
[2] El crecimiento de la conocida como alt-right en EEUU y en buena parte del mundo, cuyos máximos exponentes son Trump y los trumpistas (neoanarcocapitalistas como Vox y todos sus partidarios), se debe a su capacidad para sacar a la luz las contradicciones del movimiento feminista, donde muchas de sus más mediáticas representantes son mulmillonarias que no han tenido ni tienen el menor reparo en lucrarse del mismo sistema que critican. Un caso significativo relacionado con el deporte es Serena Williams, una tenista multimillonaria que es perfecta para justificar los argumentos de estos liberales empedernidos, pues las quejas de una mujer negra que ha conseguido llegar a ser multimillonaria en el capitalismo, les da a aquéllos la ocasión de presentar al capitalismo, no sólo como un paraíso de oportunidades para hombres y mujeres de cualquier raza, religión o cultura, sino también como un sistema cuasifilantrópico que lo hace de forma totalmente desinteresada, sin esperar nada a cambio, soportando incluso las quejas de aquellos a quienes enriquece. Es decir, la descarada hipocresía de estas feministas multimillonarias es muy útil para ocultar la hipocresía de estos liberales, cuyo único interés por vivir en sociedad es la posibilidad que les ofrece de enriquecerse a costa de la mayoría de sus miembros. Todo este juego de hipocresías puede apreciarse con mucha claridad en un vídeo que hizo sobre Serena Williams el influercer trumpista Un Tío Blanco Hetero.
 

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