Sexo y drogas

 
 
Diagonal

De forma progresiva el sexo ha dejado de ser percibido como una cuestión de moral pública en las últimas décadas y, en general, se admite que las personas puedan hacer lo que deseen con sus cuerpos mientras lo hagan de forma consentida y sin perjudicar a terceros.

 

La posibilidad de acceder a información objetiva y sin contenidos moralizantes en relación con el sexo es una realidad, pese a la persistencia de algunas actitudes retrógradas.

 

La percepción social en relación con las drogas en nuestra sociedad es equiparable a la relativa al sexo… con 50 años de retraso. En el siglo XXI se admite que un político, un médico o un juez pueda estar divorciado, ser homosexual o tener relaciones extramatrimoniales. Pero cualquier contacto con las drogas ilegales supone el descrédito y la inhabilitación social absoluta. Por ejemplo, algunos deportistas de élite han sido amonestados o desposeídos de medallas por fumar cannabis en su entorno privado. También es famosa la anécdota del ex presidente norteamericano Bill Clinton, quien se defendió de las acusaciones de haber consumido marihuana en su juventud argumentando que nunca se había tragado el humo.

 

La combinación de ambos factores (sexo y drogas) hace que los discursos se decanten hacia el lado más oscurantista y alarmista. Resulta curioso cómo algunas expertas en asuntos sexuales de periódicos o programas de TV, como Lorena Berdún o Vampirella, pueden explicar con toda naturalidad las prácticas sexuales más exóticas pero únicamente hablan de riesgos o problemas (esterilidad, impotencia, trastornos mentales, toxicidad física…) al hablar de drogas. Sin embargo, muchas personas tienen interés en explorar o experimentar el uso de psicoactivos en el contexto de sus relaciones sexuales. El tema daría para un buen libro.

 

Las drogas, como el sexo, no son únicamente ‘placer’ ni ‘riesgo’ y el resultado final depende en muchas ocasiones de la actitud del usuario. En cuestiones de tipo sexual lo fundamental es el contexto: si el estímulo o la compañía no es el adecuado, no existe psicoactivo que haga aparecer el deseo de la nada.

 

Hay que tener en cuenta el tipo de sustancia, las características de la persona, su experiencia previa con drogas… Algunas sustancias como el popper o el GHB son apreciadas en contextos de actividad sexual, aunque es necesario conocer bien las sustancias (dosificación, efectos adversos, contraindicaciones…) para evitar sustos y problemas. Los alucinógenos (LSD, hongos, mescalina…) suelen considerarse sustancias demasiado perturbadoras para ser utilizadas durante las relaciones sexuales, aunque en dosis bajas y usuarios experimentados pueden aportar experiencias sexodélicas muy gratificantes. La dosis es un factor fundamental. Pequeñas cantidades de estimulantes (cocaína, anfetaminas) o depresores (alcohol) pueden incrementar la euforia, desinhibición o rendimiento sexual, pero a dosis más elevadas imposibilitan la erección en los varones, además de predisponer a efectos adversos o conductas de riesgo, como olvidar el preservativo.

 

En definitiva, consulte con su médico o sexólogo de cabecera o busque información, objetiva y fiable, por su cuenta, en el caso de que su profesional de referencia sólo pueda ofrecerle la moralina de costumbre.

 

Fernando Caudevilla, médico de familia y miembro del colectivo Interzona
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