El descrédito de las universidades

El descrédito de las universidades

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los que solamente saben dar sus clases y trabajar en sus laboratorios y bibliotecas se han quedado sin voz, enseñan e investigan y publican, pero sin tiempo para flirteos ni frivolidades

Hace algo más de un mes, un pequeño grupo de profesores de universidades públicas españolas puso en circulación un «Manifiesto de profesores de universidades públicas españolas contra el borrador del Estatuto del Personal Docente e Investigador». Más de dos mil quinientos profesores e investigadores universitarios han firmado dicho manifiesto. De esos que suscriben el manifiesto, un 38% son profesores titulares o asimilados, un 34% son catedráticos y el resto son investigadores con diverso estatuto y distinto tipo de contratos.

Los impulsores del manifiesto pedimos audiencia con el Ministro para presentarle el texto y las firmas. Se lo debíamos a la cortesía. Nos respondió su silencio. Él no se consideraba en deuda con ella ni con nosotros. Es hora de explicarle en público lo que no quiso oír en privado.

Esa reacción se desencadenó cuando fue dado a conocer el borrador de lo que estaba llamado a ser el Estatuto del PDI universitario, borrador largamente negociado por el Ministerio de Educación y los sindicatos del sector. Las razones del descontento de los redactores del manifiesto y de tantos firmantes podemos sintetizarlas como sigue.

Todos estamos de acuerdo en que cualquier mejora de las retribuciones del personal que en las universidades investiga y enseña no haría más que ponernos a la par de otros países y en condiciones más idóneas para que se pueda captar a los mejores talentos para dichas labores, ya sea dentro de nuestras fronteras o buscándolos fuera. Pero esa competitividad que nuestras universidades han de conseguir tiene que estar unida al rendimiento, a los frutos, a los resultados tangibles y ciertos de esas tareas de docencia e investigación. No basta pagar mejor o dar más adecuadas condiciones de trabajo para que los de aquí se queden o los de fuera vengan, pues si nos quedamos para vegetar, para acomodarnos o para tener tiempo y medios para darnos a asuntos que nos interesen o nos diviertan mejor, mal negocio habrán hecho las instituciones académicas. Y ahí le duele, precisamente ahí. Hace falta pagar bien, sí, pero a quien se lo gane y lo merezca. En las universidades debe hacerse sitio a más docentes e investigadores de calidad; y sobran los que, sin tal condición, ocupan plazas y bloquean el futuro. Ningún estatuto que nos ascienda a todos o que nos iguale hará justicia ni a la institución ni al país; tampoco se la hará a los que se esmeran como es debido y rinden más y mejor.

El borrador de Estatuto que criticamos presenta un nuevo modelo de carrera profesoral y, ligado a él, un nuevo sistema retributivo que se nos quiere vender como generoso, aunque no se dice para cuándo ni con qué dineros. Lo que nos tememos es que esos modelos nuevos, aun cuando estuvieran mejor pagados -que vaya usted a saber, a la hora de la verdad-, no estimulan un rendimiento real más alto ni favorecen a los más esforzados y productivos. Casi al contrario. Veamos por qué.

Tanto para alcanzar el grado de profesor titular o catedrático, como para progresar en la «carrera horizontal» e ir ascendiendo entre los tres o cuatro niveles de cada uno de esos grados, el borrador fija un baremo que es la perfecta síntesis de todos los errores que en la universidad se pueden cometer y que vale para conseguir que medren sobre todo los pillos y huyan los capaces. Pues es posible, por ejemplo, alcanzar la condición de catedrático de Universidad sin tener ni un solo mérito de investigación, ni uno. ¿Y la docencia? Pues a tanto el año, buena o mala, ande o no ande; como hasta ahora. Entonces, ¿qué otras cosas computan o qué se puede sumar para conseguir los más ansiados laureles académicos? Por ejemplo, la antigüedad: a tantos puntos por año. Por ejemplo, la antigüedad en la docencia: a tantos puntos por año y por quinquenio. Por ejemplo, la gestión, cómo no. En estas universidades desnortadas cada vez se valora más ser decano, vicerrector, director de departamento, secretario de algo... Ah, y la actividad sindical también computa a estos efectos. Por ejemplo, el asistir a muchos cursitos de los que organizan los nuevos gurús posmodernos, esa alianza de pedagogos y psicólogos que ha conseguido elevar a ciencia eximia y universitaria esos manuales de autoayuda para dummies que suelen venderse en los quioscos de los aeropuertos.

Un profesor universitario que se concentre sólo en preparar lo mejor posible sus clases y en lograr resultados investigadores reales e importantes lleva todas las de perder. No compensa, la institución lo va a preterir. Lo adelantará uno cualquiera que va siendo viejo, que estuvo bastante tiempo de vicealgo, que organiza convenios y congresos a medias con algún concejal de su pueblo, que perteneció una buena temporada a la junta de personal y que presente certificados de asistencia a veinte o treinta cursitos sobre cómo elegir la vestimenta para ir a clase -los hay de esos- o cómo motivar al alumno que quería ser cantante -poco más o menos, de estos debe de haberlos también.

Si es por ese camino como ha de alcanzarse la tan cacareada excelencia de nuestras universidades, apaga y vámonos. Si es dando acicate a la politiquería, la burocracia, el estéril papeleo y el fingimiento como ha de mejorar la calidad académica, aviados estamos. Si al que no sabe o no quiere investigar le vamos a otorgar un perfil docente -eso hace el borrador- para que cobre lo máximo igual, y si al que no quiere ni investigar ni enseñar lo vamos a compensar reconociéndole méritos equivalentes por buscarse carguetes y variadas encomiendas, aguantarán sólo los pícaros y los arribistas y la competición será por el favor y el chalaneo, no por la verdadera calidad universitaria. En las universidades, sencillamente, no quedará quien haga lo que les da sentido.

¿Cómo hemos llegado a una situación así y cómo se ha ido a parar a un borrador de Estatuto como éste? Por razón de quiénes y para qué vienen mandando en la Universidad y por causa de quiénes han negociado este documento. Para los políticos la Universidad es más estorbo que institución que merezca cuidado, y la usan con afanes puramente propagandísticos y buscando nada más que la estadística resultona y adulterada. ¿Y por parte del profesorado quiénes hablan y negocian? Quienes no nos representan, quienes ya sólo representan a los que se han especializado en hablar y negociar, llámense rectores, llámense representantes sindicales, llámense elegidos digitalmente por tal agencia o cual comité. Aquellos que solamente saben dar sus clases y trabajar en sus laboratorios y bibliotecas se han quedado sin voz, los que atesoran méritos contrastados y objetivos no tienen ya quien se exprese por ellos. Unos enseñan e investigan y publican acá o allá y consiguen proyectos serios y avalan nuevos doctores de valía, etcétera. No les queda tiempo para menesteres distintos ni para flirteos ni frivolidades. Otros sí tienen ese tiempo y lo usan para sí, para su interés: para que también ellos, pronto sólo ellos, alcancen la cátedra y los homenajes. Lo malo es que, a este paso, dentro de nada no habrá nadie más y la Universidad será completamente suya. En ese momento será mucho mejor cerrarla, para que no se convierta, definitivamente y sin vuelta de hoja, en un nido de alegres roedores.

JUAN ANTONIO GARCÍA AMADO CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA DEL DERECHO EN LEÓN. PRIMER FIRMANTE DEL MANIFIESTO. ASTURIANO DE ORIGEN

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