Darwin o el valor de lo universal

d222222222222222222.jpg Pocas teorías han conseguido tanta admiración de la comunidad científica y tanto rechazo por parte de los sectores ultraconservadores como la Iglesia que ridiculizó la teoría

 

Público

 

Hay muy pocos personajes y obras que perduren a lo largo de la Historia, y aún menos que consigan mantener una atracción constante, sin necesidad de redescubrimientos periódicos. Darwin (1809-1882) es uno de esos personajes, y El origen de las especies, la obra. Ambos representan una revolución intelectual que inauguró una nueva era en la historia de la humanidad.


En los últimos 200 años la teoría darwinista ha resistido cualquier cambio social, fortaleciéndose frente a las críticas conservadoras. El evolucionismo está lleno de futuro, porque ha dado con las claves del hombre en su dimensión biológica pero también ética, política y social.


El viaje de Darwin en el barco científico Beagle es conocido. Comenzó a observar a las aves, ampliando progresivamente su interés al resto de seres que encontraba, ya fueran percebes, tortugas, galápagos o corales. Su capacidad analítica le permitió detectar con claridad las similitudes entre los especímenes aislados en las islas y los ubicados en el continente, y constatar así uno de los más importantes principios biológicos: el origen común, universal, de todos los organismos vivos.


Para proponer esa evolución biológica, el científico inglés acumuló información irrefutable mediante estudios comparativos tanto de seres vivos como de fósiles de organismos extinguidos en diferentes zonas geográficas. Mostró la existencia de eslabones, de especies que funcionaban como conexiones entre las actuales y las existentes en el pasado. Por primera vez, planteó que la diversidad de animales y plantas podía ser explicada mediante un proceso de selección natural. Los individuos compiten entre sí por la supervivencia, y la naturaleza elige a los que muestran mayor capacidad de adaptación al medio.


Pocas teorías han conseguido tanta admiración de la comunidad científica y tanto rechazo por parte de los sectores ultraconservadores. La Iglesia entendió que ese origen común a todas las especies negaba al ser humano la predilección de Dios. Confundió naturaleza y alma y ridiculizó la teoría, insistiendo puerilmente en las grandes diferencias entre el hombre y el mono. Sin embargo, este aspecto nunca fue relevante en la obra de Darwin (tampoco en El origen del hombre, de 1871). El científico sólo deseaba convencer a los escépticos de que el ser humano descendía de los animales, y que adquirió después cualidades que le hacían único dentro de ellos.


En aquellos años se empezaba a intuir que la humanidad avanzaba mediante cambios progresivos, y no a golpe de creación. Se iba abriendo paso el concepto de “desarrollo progresionista”. Thomas Maltus había propuesto que, en un escenario superpoblado, sólo los más preparados sobrevivían a la competencia por los recursos. Charles Lyell explicó la Tierra en términos de progreso; John Lubbock expuso que los modernos sistemas jurídicos derivaban de las prácticas primitivas de grupos familiares patriarcales. La teoría darwiniana constató que existía ese universo material en progresión.


Dice el genetista Theodosius Dobzhansky que nada tiene sentido en biología “excepto bajo el prisma de la evolución”. Pero no es sólo la biología. Darwin está en la raíz misma de nuestra comprensión general de la naturaleza humana: psíquica, ética, cultural, económica y social.


Su labor permitió asumir la nueva visión de que la historia se desarrollaba de manera casual, sin que hubiera meta, propósito o fin último. Además, puso fin a la necesidad de Dios y convirtió la idea de la sabiduría –considerada hasta entonces como un estadio definitivo y alejado– en algo alcanzable y con enorme potencial transformador. En definitiva, cambió la manera de concebir el futuro.


Entre otros efectos, el modelo darwinista indujo a Karl Marx a creer que la revolución era inevitable. En realidad, la teoría del materialismo histórico –que postula que los factores materiales (especialmente los modos de producción) son las fuerzas motoras de todo cambio sociológico– tiene mucho de evolucionista. Ha quedado constancia de que Marx admiró a Darwin. Se desconoce si fue correspondido, pero Max Engels señaló la gran conexión ente los dos: “Así como Darwin descubrió la ley de la evolución de la naturaleza orgánica, Marx descubrió la ley de la evolución de la historia humana”.


Las teorías darwinianas indujeron también a Freud a creer que existía una naturaleza prehumana, el subconsciente. Por qué tienen continuidad las formas sociales (aprender, relacionarse, ser) y cuánto están enraizadas en nuestra naturaleza preocupó desde entonces a muchos grandes pensadores.
Algunas de las mayores críticas a Darwin se refieren a su determinismo. Si los instintos animales permanecen, ¿es inevitable la violencia? ¿Lucha siempre el ser humano por sí mismo o también por el triunfo del grupo? ¿Los que mejor se adaptan y sobreviven son los que lo merecen?


Hay preguntas que seguirán siendo eternas, porque sólo pueden resolverse en la esfera más íntima, la de las propias convicciones. Pero incluso la religión admite la evolución positiva en el hombre al referir su capacidad de arrepentimiento y enmienda, y eso fue lo que Darwin constató. Su teoría se basa en la hermosa consideración de que todos tenemos un origen común y progresamos a partir de él, y eso implica uno de los mayores avances de la ética moderna: hombres y mujeres, blancos y negros, enfermos y sanos merecemos igualdad de trato.


Tenemos un genoma común, y la nueva biología molecular y la ingeniería genética, lejos de desdecir al científico, van rellenando las lagunas propias de una propuesta que fue enunciada en el siglo XIX. Es una mueca irónica, un guiño saludable: la teoría es más que apta, el evolucionismo ha triunfado. Darwin se mantiene vivo y sobrevive a su entorno.

 

Carlos Martínez es Secretario de Estado de Investigación

Ilustración de Mandrake

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