Científicos y creyentes

El ridículo criminal de la Iglesia, que tuvo amedrentada a la comunidad científica durante siglos pretende ser lavado ahora con un manifiesto de 300 supuestos científicos de misa dominical Público

Ya alguna vez me referí a esa tragedia (tal como se entendía en el teatro griego, donde el destino humano estaba marcado por los caprichos y designios de los dioses), esa tragedia en la que se debaten los científicos fieles a religiones como la católica. La tragedia de conservar la vitola científica sin parecer tontos de remate por sus creencias.

En estos días, con una sincronización con la Iglesia que no disimula su condición de trabajo hecho por encargo, hemos sabido de un manifiesto suscrito por más de “300 científicos, profesores e intelectuales”, conocido pomposamente como la “Declaración de Madrid”, en favor de las tesis de la Conferencia Episcopal, ya no contra la ampliación de la Ley del aborto, sino de la misma ley ya vigente desde hace dos años y que hasta ahora apenas había merecido la atención de la mayoría de ellos.

El ridículo criminal de la Iglesia, que tuvo amedrentada a toda la comunidad científica durante siglos pretende ser lavado ahora con un manifiesto de 300 supuestos científicos de misa dominical. Las religiones, que antaño, cuando la Tierra era plana y el centro del Universo, suplantaban a la ciencia, porque decían poseer la explicación a todos los fenómenos naturales, una vez destronadas pretenden alianzas imposibles con científicos fieles, para que sus sacerdotes no se queden en el papel incómodo de brujos de la tribu que les ha asignado el progreso.

Los mismos que posiblemente durante la semana se escandalizan por la interrupción del embarazo, por las poluciones de millones de espermatozoides desperdiciados en trabajos manuales, por la inmoralidad del incesto, de las relaciones homosexuales y de la utilización del condón (atención, que ya ha llegado el Papa a África, el gran predicador genocida contra el uso del preservativo)… los que el domingo, como buenos cristianos, rematan la faena de científicos creyentes dando por buena, por ejemplo, la idea delirante de la existencia de unos primeros padres en el Paraíso, cuyos hijos varones tuvieron que fornicar necesariamente o bien con su madre o bien con sus hermanas, y de cuyo incesto monumental descendemos todos los demás.

Esa es la comunidad científica, en la que se encontrará muy cómodo Aquilino Polaino, que en lugar de discutir cuándo un feto es ya viable, y por lo tanto, intocable (en términos científicos), pierde las formas, la razón y el prestigio anteponiendo el concepto de “almita” al de zigoto o proyecto de ser humano.

¿Por qué no le cuentan a su dios lo bruto que ha sido por consentir un incesto tan monumental, y nos dejan en paz de una vez con sus monsergas para beatas?

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